La objeción religiosa

Otro problema al cual Hume apunta es que los relatos de los milagros de las diferentes religiones se cancelan mutuamente, ya que cada religión tiene afirmaciones similares. Hume señala:

"Todo milagro busca establecer el sistema particular al que se atribuye, por tanto, tiene la misma fuerza (...) para desautorizar a los demás sistemas. Al destruir un sistema rival, igualmente destruye el crédito de los milagros sobre los que este sistema se estableció, de modo que los prodigios de las distintas religiones han de considerarse como hechos contrarios".

Por cierto, muchos supuestos prodigios se pueden atribuir a engaños, trucos, fenómenos psicosomáticos, ilusiones, la superstición de la gente o a la manipulación de fuerzas espirituales. Pero la argumentación de Hume nuevamente muestra varias debilidades en sus generalizaciones. C.S. Lewis observa, por un lado, que las narraciones de milagros provenientes de otras religiones no falsean al cristianismo, ya que Dios en ocasiones pudiera haber obrado milagros por compasión a favor de los “paganos”. Pero esta ocurrencia de milagros auténticos fuera de la tradición cristiana debería considerarse como algo aislado que no establece la veracidad de otro sistema religioso.

Por otro lado, no todas las religiones igualmente requieren de milagros para apoyar sus doctrinas. En el Hinduismo, por su cosmovisión panteísta (Dios es todo), la distinción entre lo sobrenatural y lo natural no es válida. Dios es idéntico al orden natural y sus leyes, lo que teológicamente invalida la ocurrencia de milagros. Por otro lado, ya que toda la realidad emana de un principio divino único, toda la realidad con su diversidad y sus milagros son una ficción de nuestra mente.

El Budismo clásico tampoco requería de los milagros. Su fundador, Siddharta Gautama (aprox. 563-483 a.Cr.), conocido también como Budano conocía un Dios creador como el que enseña la Biblia. Consecuentemente, el budismo clásico como religión atea, a diferencia del judaísmo y cristianismo, tampoco esperaba la ocurrencia de prodigios excepcionales. Buda además desalentó a sus seguidores a buscar prodigios poderosos. Él los consideró un obstáculo en el camino a la iluminación. Buda tampoco buscó una confirmación sobrenatural de sus enseñanzas. Sin embargo, después de varias generaciones surgieron historias que adscriben a Buda poderes sobrenaturales. Por la contradicción con el mismo Buda, estas historias probablemente tienen un origen supersticioso.

A diferencia de esto, Mahoma (aprox. 570-632), el fundador del Islam, reconoce que profetas anteriores a él como Moisés y Jesús obraron milagros (Sura 3:184, 17:102 y 23:45).107 No obstante, para el Islam el milagro más importante es el origen sobrenatural del Corán. Pero Mahoma mismo rechazó la petición de hacer milagros, diciendo: “¡Glorificado sea mi Señor! ¿Acaso no soy sino un ser humano enviado como Mensajero?” (Sura 17:93). Para muchos musulmanes, los milagros son más bien una señal que busca la aprobación de las personas, en vez de la de Dios. De nuevo, la religiosidad popular del Islam, después de varias generaciones, le adscribió varios milagros a Mahoma, aunque la mayoría de los teólogos musulmanes le restan autenticidad.

En el caso del Budismo e Islam constatamos, por lo tanto, que los supuestos milagros de sus fundadores están en discontinuidad con las intenciones de los mismos. Esta incongruencia teológica cuestiona la autenticidad de estos prodigios. Además, ya que estas historias, como en el caso de Buda y Mahoma, surgieron generaciones después, podemos dudar de la confiabilidad de los testigos. A diferencia de esto, los milagros del AT y NT corresponden con el concepto de un Dios monoteísta, que está más allá del universo que Él mismo creó y ama, por lo que el cristianismo espera las intervenciones milagrosas. Lewis, por lo tanto, observa adecuadamente que “los milagros cristianos tienen mucha más probabilidad intrínseca, en virtud de su conexión orgánica, entre sí y con la contextura total de la religión que presentan.”

Por estas razones y por la alta confiabilidad de los testigos y escritos bíblicos, Gary Habermas observa que los milagros de la Biblia están en una categoría superior a los milagros de otras tradiciones religiosas. Los críticos colocan ilegítimamente los prodigios bíblicos al lado de otros relatos milagrosos. Así pues, los milagros de la Biblia están en una posición privilegiada para establecer la veracidad única de las doctrinas cristianas.

 

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