Apologética evidencialista
El evidencialismo intenta comprobar, en la medida de lo posible, las afirmaciones fundamentales del cristianismo. En el examen de tales evidencias, como los milagros de Jesús y de los apóstoles, suelen emplearse las leyes naturales, la lógica y ciertas disciplinas científicas como la arqueología, antropología, geografía, historia, lingüística, etc. Se procura enfocar las distintas afirmaciones o acontecimientos relatados en la Biblia como si fueran casos legales y, por tanto, se les trata desde la perspectiva jurídica. Es decir, aplicando criterios procesales con el fin de examinar los hechos disponibles. Esto significa que se le concede mucha importancia a la probabilidad ya que, entre todas las opciones o resultados posibles, se elige el que mejor concuerda con la evidencia disponible. En este sentido, un destacado apologista evidencialista, el teólogo luterano, John W. Montgomery, escribe las siguientes palabras:
"Los historiadores deben tomar decisiones permanentemente –y por cierto, todos nosotros también– y el único camino adecuado es guiarse por la probabilidad, puesto que la certeza absoluta solo existe en el campo de las matemáticas y la lógica pura, donde, por definición, uno no encuentra realidades de hecho. (...) Si resulta que en la probabilidad encontramos sustento para estas afirmaciones (...), entonces debemos actuar a favor de tales afirmaciones".
La diferencia entre la apologética clásica y la evidencialista estriba en cómo entiende cada una de ellas la teología natural o racional. Esta última se define como el método de encontrar evidencias de Dios sin necesidad de recurrir a la revelación sobrenatural. Por tanto, la apologética clásica afirma que la existencia de Dios y de los milagros deben ser demostradas primero, por medio de la teología natural, para que tales acciones sobrenaturales se interpreten como signos de la revelación. Mientras que el evidencialismo, por el contrario, mantiene que el estudio de las pruebas del cristianismo no presupone la teología natural. Son los propios milagros de Jesucristo, en especial su resurrección, los que constituyen evidencias o pruebas de que Dios existe.
La apologética evidencialista hunde sus raíces en la Alta Edad Media, pero es durante los siglos XIX y XX cuando aparecen los principales representantes, como el profesor de teología del Seminario de Princeton (en New Jersey), Benjamin B. Warfield (1851-1921) y el teólogo protestante alemán, Wolfhart Pannenberg (1928-2014). El físico teórico estadounidense, Frank J. Tipler, escribió refiriéndose a este último: “Pannenberg es un caso aislado entre los teólogos del siglo XX: fundamenta la teología en la escatología; para él, la palabra ‘Cielo’ no es solo una metáfora, sino algo que realmente existirá en el futuro. Por tanto, se trata de uno de los pocos teólogos contemporáneos que creen realmente que la física debe de mezclarse con la teología; se toma verdaderamente la molestia de comprender la ciencia actual”. Entre los teólogos evangélicos evidencialistas contemporáneos cabe citar también a Clark Pinnock, R. Douglas Geivett y Gary Habermas. Entre las obras de Habermas, destaca In Defense of Miracles.
Otro de los evidencialistas evangélicos más populares es Josh McDowell, quien se hizo famoso en la década de los 80 gracias a su libro titulado precisamente así: "Evidencia que exige un veredicto". En dicho texto se refería a temas fundamentales de la apologética cristiana como la singularidad y credibilidad de la Biblia, la persona humana y divina de Jesucristo, su resurrección, así como a las profecías del Antiguo Testamento cumplidas en el Nuevo. En todos estos asuntos, apela continuamente a los hallazgos arqueológicos realizados en la región del Mediterráneo oriental y en el Próximo Oriente, tales como manuscritos antiguos, inscripciones en roca y arcilla, así como también ciudades o lugares geográficos mencionados en la Biblia, a los que los escépticos no dieron credibilidad hasta que fueron descubiertos.
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