Los ancianos

La Biblia también ha dejado claro que todas las edades, incluidas las personas muy mayores, son completamente humanas y tienen valor para Dios. En nuestros días, especialmente en las culturas occidentales, los mayores a veces son menospreciados. En parte esto se debe al culto a la juventud; se exalta la juventud como expresión más completa de humanidad. Esto es así con respecto a las capacidades físicas, porque conseguimos nuestras cotas más altas en la juventud. Después se inicia un declive y un deterioro; pero en otros aspectos, la maduración no llega hasta más tarde. En parte la discriminación contra los ancianos se basa en el enfoque utilitario o pragmático de la evaluación de lo que vale una persona. Se considera que el anciano tiene poco valor para la sociedad ya que no puede contribuir mucho a ella, e incluso puede añadir cierta carga sobre la misma.

La actitud bíblica hacia los mayores es muy diferente. En común con los orientales por lo general los hebreos honraban la edad. Se pedía respeto por los mayores: “Delante de las canas te levantarás y honrarás el rostro del anciano. De tu Dios tendrás temor. Yo, Jehová” (Lv. 19:32). Un signo de la degradación de Israel en los tiempos de Jeremías era su desprecio por los ancianos “no respetaron el rostro de los viejos” (Lam. 5:12).

En la época del Antiguo Testamento no se temía ni se despreciaba el ser mayor, sino que se deseaba serlo porque la edad se considerada signo de bendición divina. El libro de los Proverbios contrasta favorablemente las cualidades del hombre anciano y del joven: “La gloria de los jóvenes es su fuerza; la belleza de los ancianos, su vejez” (Prov. 20:29). Ser anciano se consideraba un don de Dios, una oportunidad adicional de servirle: “Lo saciaré de larga vida y le mostraré mi salvación” (Sal. 91:16). Al creyente se le asegura que contará con la presencia de Dios cuando sea anciano: “Hasta vuestra vejez yo seré el mismo y hasta vuestras canas os sostendré” (Is. 46:4). La promesa de longevidad para los que honran a sus padres se puede encontrar tanto en el Antiguo Testamento (Éx. 20:12) como en el Nuevo Testamento (Ef. 6:1-3).

Una razón para el alto estatus otorgado a las personas mayores era la creencia de que la edad viene acompañada de sabiduría. Esta creencia se ve reflejada en Job 12:20; “[Dios] quita la palabra a los que hablan con seguridad y priva de discernimiento a los ancianos.” Como se pensaba que ser anciano traía consigo el ser sabio, a los ancianos se les ofrecían puestos de autoridad. Fijémonos en el uso de la palabra anciano para los líderes de Israel, una palabra que luego se aplicó a los líderes de las asambleas o congregaciones cristianas locales. El declive de la fuerza física que había hecho útiles a los hombres para la comunidad se compensaba con un incremento de sabiduría que suponía otro tipo de valor. Por esta razón Pedro aconseja: “Igualmente, jóvenes, estad sujetos a los ancianos” (1 P. 5:5).

Sin embargo, el mayor impulso para la estima de los ancianos procedía de un conjunto de valores religiosos; los individuos no se evalúan sólo por lo que puedan hacer por otra persona. Dios no nos ama sólo por lo que podamos hacer por él, sino también por lo que él pueda hacer por nosotros, por el cuidado que pueda proporcionarnos. Y como Dios ha tenido esa relación con las personas mayores durante mucho tiempo, en cierto sentido las valora más. En un contexto genuinamente cristiano, aunque por supuesto habrá preocupación por la gente joven y su potencial, la gente mayor no será menospreciada ni descartada. Su contribución será bien recibida y su bienestar será muy apreciado.

 

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