Consideraciones filosóficas

Las principales objeciones a la naturaleza humana compuesta son filosóficas. Son básicamente afirmaciones que surgen como el resultado del hecho de que el dualismo es simplemente insostenible. Han aparecido gran variedad de argumentos que se pueden clasificar en cinco grupos.

1. Referirse a una “persona” sin tener en cuenta su cuerpo es un lenguaje extraño; es bastante diferente de lo que se entiende por “persona” en el lenguaje ordinario. Anthony Flew señala que palabras como “tú,” “yo,” “persona,” “gente,” “mujer” y “hombre” se utilizan para referirse a objetos que se pueden ver, señalar, tocar, oír y hablar con ellos. Utilizar la palabra persona, o cualquier otra de estas, en un sentido diferente al de “persona encarnada” es cambiar el significado hasta tal punto que se pierden las implicaciones cruciales.

Bruce Reichenbach observa que considerar al hombre como un compuesto de alma y cuerpo también cambia drásticamente la idea de la muerte. Si creemos en la inmortalidad del alma, tendremos que expresar de otra manera la frase: “mi tío murió a los ochenta” porque su alma todavía vive. Tendremos que decir en su lugar: “el corazón, los pulmones y el cerebro de mi tío dejaron de funcionar a los ochenta, pero (como persona) sigue viviendo.” Pero esto significará determinar la muerte (el cese de la vida) mediante un criterio bastante distinto del utilizado ya que la terminación del funcionamiento del corazón, los pulmones y el cerebro es el criterio que se acepta normalmente para la muerte. De hecho, esto haría inaplicable el término muerte a los humanos.

Aquí hay problemas especiales para el dualista cristiano, ya que las Escrituras hablan de que el hombre muere: “de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez” (He. 9:27); “Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos o que muramos, del Señor somos” (Ro. 14:8); “Así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Co. 15:22). Estos versículos hablan de que el individuo, la persona, muere; no dicen que el cuerpo muere y que la persona de alguna manera sigue viviendo. Nunca se habla de la resurrección como una resurrección sólo del cuerpo, sino de la persona. Consideremos también la muerte expiatoria de Jesús. Las Escrituras dicen llanamente “Cristo murió por nuestros pecados;” no dice únicamente que las funciones de su cuerpo cesaran.

2. El conocimiento humano depende del organismo físico y en especial del cerebro. Reichenbach enumera varias otras evidencias de una relación radical entre lo psíquico y lo físico: la herencia de las habilidades mentales; el efecto del daño cerebral en el conocimiento, la memoria y la habilidad conceptual; causas físicas de debilidad mental, que es una condición del intelecto; la centralización de ciertos estados sensoriales en áreas específicas del cerebro. Todo esto argumenta en contra de una parte psíquica separable del ser humano.

3. La identidad personal depende en última instancia del cuerpo. Este argumento se ha presentado de diversas maneras. Una de las presentaciones más convincentes es la de Terence Penelhum: nuestro único criterio de identidad personal son el cuerpo físico y la memoria. Sin embargo, el primero ya queda excluido si hablamos de un alma sin cuerpo. Y el segundo no es una función independiente, sino que depende del cuerpo. Por lo tanto no hay principio de identidad para un alma o espíritu sin cuerpo, y al final el concepto carece de sentido.

Penelhum hace grandes esfuerzos para rechazar la idea de que el recuerdo de un suceso es un criterio adecuado de identidad personal. Presenta el caso hipotético de una persona sin cuerpo que haya experimentado E2 y el recuerdo de la experiencia E1. Ahora si E2 y el recuerdo de E1 son eventos sucesivos, está la cuestión de si el mismo sujeto tuvo estas dos experiencias. Esto no se puede establecer si no es mediante la continuidad de un cuerpo físico, y así no queda probada la identidad. Si, por otra parte, E2 y la memoria de E1 son sucesos simultáneos, sigue sin haber manera de decir si fueron experimentados por dos personas diferentes o por la misma persona porque cada una de estas ideas presupone que “se entiende lo que individualiza a una persona de otra; lo cual está ausente en el caso en el que no hay cuerpo.”

4. Probablemente la objeción más enfática al dualismo sea la de que el concepto simplemente no tiene sentido. Esta valoración es una aplicación del principio de la verificabilidad del positivismo lógico: una proposición tiene sentido sólo cuando se pueden especificar un conjunto de datos apreciables por los sentidos que la puedan verificar (o negar). Sobre esta base, A. J. Ayer concluyó que la idea de que una persona sobreviva a la aniquilación de su cuerpo es contradictoria en sí misma: “Porque lo que se supone que tiene que sobrevivir... no es el ser empírico (que es inconcebible sin el cuerpo), sino la entidad metafísica: el alma. Y esta entidad metafísica, sobre la cual no se puede formular ninguna hipótesis genuina, no tiene conexión lógica alguna con el ser.” De forma similar, Ludwig Wittgenstein afirmaba que las ideas de una existencia sin cuerpo y de la muerte como separación del alma y el cuerpo carecían de sentido porque no podemos especificar un conjunto de datos empíricos que se extraigan de ninguna de ellas.

5. Otra objeción a la idea de que el hombre es un dualismo cuerpo – alma proviene de la psicología behaviorista. El behaviorismo, cuyo impulsor fue John Watson, es en cierto sentido a la psicología lo que el positivismo lógico con sus principios es a la filosofía. Los behavioristas están decididos a hacer que la psicología sea una ciencia en lugar de la materia introspectiva y subjetiva que fue una vez. Por lo tanto restringen sus datos al comportamiento observable de los seres humanos y al resultado de los experimentos, la mayoría de los cuales se llevan a cabo con animales. Hay un viejo chiste sobre dos behavioristas que se encuentran en la calle. Uno observa al otro detenidamente y luego dice: “Estás bien. ¿Qué tal estoy yo?”

Dada la restricción de datos al comportamiento observable y de resultados de experimentos, no sólo los pensamientos y los sentimientos, sino también entidades como el alma quedan excluidas de la consideración de la psicología. Pensar y sentir no se consideran actividades de la mente o del alma. Son actividades del comportamiento. Representan reacciones físicas, principalmente de los sistemas muscular, visceral y glandular. Este es claramente un punto de vista monista, y bastante materialista por cierto.

Una versión algo modificada de este enfoque es la teoría materialista que se enfoca en el estado central de la mente. Esta teoría toma más en serio los estados mentales y las sensaciones que el behaviorismo, tratándolas como condiciones reales del cerebro o procesos dentro del sistema nervioso central. Los estados mentales y las sensaciones juegan un papel causal genuino en la vida del individuo. Sin embargo, no son únicamente de naturaleza psíquica, ya que son los mismos procesos que se encontraría un neurólogo. Cada suceso mental puede caracterizarse (al menos) de dos maneras. Una imagen que se utiliza con frecuencia es la del rayo. El físico habla de una descarga eléctrica concentrada en un momento y lugar; un observador normal ve un destello de luz. Los dos están hablando del mismo suceso, sin embargo sus relatos son diferentes. Así también el neurólogo habla de cargas electromagnéticas en el cerebro y el sujeto habla de un pensamiento particular que tiene en ese momento. Los sucesos mentales se dan por hecho, pero se acaban explicando mediante factores psicológicos.

¿Estos problemas y objeciones filosóficas son insuperables? Replicaremos a cada una de ellos de forma individual:

1. Es verdad que resulta peculiar pensar en un ser humano sin su cuerpo y utilizar la palabra persona, o un término similar, para referirse a un aspecto inmaterial del hombre. Si se compara con el uso acostumbrado, el lenguaje cuando trata de temas religiosos necesariamente resulta bastante raro porque tiene una naturaleza especial. Trata de conseguir un discernimiento especial que vaya más allá de la referencia empírica para llegar al significado que no resulta tan aparente. En algunos casos, se emplean calificadores lógicamente extraños para ayudarnos a entender ese significado más profundo.

“Muerte” es uno de esos términos que, en un contexto religioso, resulta ambiguo. Hay un referente empírico y un significado más profundo que requieren especial discernimiento. La muerte M1 hace referencia a la terminación de la vida física, o cese del funcionamiento del organismo físico. La muerte M2 se refiere a la terminación total de la existencia de toda la entidad. El asunto aquí es si existe la posibilidad de que una parte de la persona pueda sobrevivir a la muerte física, y si hay otro tipo de muerte además de la muerte física. La respuesta es no si asumimos que la existencia humana es equivalente a la existencia del cuerpo. Pero la Biblia utiliza la palabra muerte con diferentes sentidos; reconoce más de un tipo de muerte. Jesús dijo: “No temáis a los que matan el cuerpo pero el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mt. 10:28). Y en Apocalipsis 20:6 Juan habla de una “segunda muerte,” aparentemente distinguiéndola de la primera muerte (lo que normalmente entendemos por muerte).

2. Se tiene que dar por hecho que el organismo físico y específicamente el cerebro está relacionado estrechamente con la conciencia humana. Pero ¿debemos concluir de esto necesariamente que no hay posibilidad alguna de que haya un aspecto inmaterial separable en la naturaleza humana? Cualquiera que haya llevado un remolque sabe que su presencia afecta a la conducción de muchas maneras, pero una vez que quitamos el remolque, el coche vuelve a funcionar normalmente otra vez. Además, el hecho de que las habilidades mentales se hereden físicamente nos habla de su medio de transmisión, no de su naturaleza.

3. Paul Helm ha contestado a la crítica de Penelhum que la identidad personal depende en última instancia del cuerpo. Aunque el argumento de Helm de que la memoria en sí misma es un criterio adecuado de identidad personal es demasiado complejo como para hablar de él aquí de forma exhaustiva, se pueden mencionar algunos de sus puntos más destacados. Afrontando la cuestión de que E2 y el recuerdo de E1, si ocurren sucesivamente, son experiencias del mismo sujeto, Helm señala que la respuesta puede depender del tipo de experiencias que sean. Si forman parte de una cadena de razonamiento, es lógico asumir que son las experiencias de una misma persona. Si no fuera ese el caso, no se podría llegar a una conclusión, porque se dependería de premisas anteriores. Si, por otra parte, fuéramos a decir que un segundo individuo experimentó E2 alguien que fue creado con las experiencias y recuerdos de la persona que pasó por E1 ¿no estaríamos proponiendo una declaración sin sentido, e innecesariamente más complicada que la proposición en la que sólo una persona está implicada?

Helm lleva su respuesta a Penelhum un pasó más allá. Si E2 y el recuerdo de E1 son simultáneos, lo que distingue a una persona sin cuerpo de otra es el mismo principio que distingue a cualquier cosa de otra: o sus propiedades son distintas o tienen dos esencias individuales distintas. Argumentar que puede haber dos individuos que tienen las mismas propiedades y la misma esencia volvería a hacer que el lenguaje resultase sin sentido. Lo que Penelhum parece requerir es una confirmación independiente, un observador externo que diga que el mismo individuo está implicado en los dos sucesos. Pero ¿no se podría aplicar el problema de lo inadecuado de la memoria como criterio de identidad personal al observador también? No hay seguridad de que la persona que observó E1 sea la misma persona que observó E2. Además existe la posibilidad de que el observador tenga una percepción equivocada. Helm argumenta en su lugar que el concepto de “persona mínima,” esto es, una persona que ya no posee un cuerpo pero que recuerda cosas sobre su pasado, es inteligible y razonable.

4. Objeciones que surgen del principio de la verificabilidad también están sujetas a las mismas dificultades asociadas al principio mismo. A. J. Ayer dice que es contradictorio que un hombre sobreviva a la aniquilación de su cuerpo, ya que la entidad metafísica, el alma, que se supone que sobrevive a la muerte, no tiene conexión lógica con el ser. Sin embargo, esta línea de razonamiento hace la suposición injustificada de que el ser es idéntico al cuerpo. Wittgenstein afirma que no podemos señalar un conjunto de consecuencias empíricas que se desprenderían de la existencia sin un cuerpo o de la separación del alma y el cuerpo. Por lo tanto estas ideas no tienen sentido. Pero él está asumiendo esa misma idea bastante restringida (o sea , la de que una idea sólo tiene sentido si es verificable por datos observables con nuestros sentidos) lo cual hemos visto que es inadecuado. De hecho, hemos ofrecido modelos según los cuales los conceptos religiosos como la existencia sin cuerpo, aunque no se presten para el análisis científico, se puede considerar que tienen un significado cognitivo.

5. La concepción behaviorista de la humanidad debe ser criticada por su incapacidad para representar a los humanos tal como nosotros los vemos. Su desprecio al elemento introspectivo en los seres humanos y la restricción del conocimiento válido a lo meramente observable truncan nuestra experiencia de nosotros mismos y de la vida. Desde este punto de vista el hombre es poco más que un animal muy desarrollado. Pero ¿qué behaviorista cuando nace su primer hijo considera este evento únicamente el nacimiento de un mamífero o se aleja de sus sentimientos internos en esa ocasión con la excusa de que no forman parte del ser esencial?

La modificación de esta perspectiva, la teoría materialista que se enfoca en el estado central de la mente, evita estas dificultades obvias, permitiendo que las experiencias subjetivas sean reales, pero manteniendo que también se puedan describir en términos neurológicos como descargas electromagnéticas en el cerebro. No hay un problema inherente en caracterizar un evento de las dos maneras. Pero asumir que el relato neurológico es la única o la última palabra en la materia es cometer falacia genética. Además, no tenemos seguridad de que todas las experiencias subjetivas se puedan describir en términos neurológicos. Éste muy bien podría ser el caso, pero no se puede probar por ningún método conocido hoy en día y es bastante probable que nunca se pueda llegar a hacer.