Unidad condicional: un modelo alternativo

Hemos examinado las objeciones filosóficas a la idea de que en la persona humana hay cierta clase de complejidad que hace posible una existencia sin cuerpo, y parece que ninguna de ellas son persuasivas. Es digno de mención que los que rechazan la noción de complejidad, argumentando en su lugar a favor de la unidad absoluta de la persona humana, pocas veces plantean la pregunta de la naturaleza de este único componente que nos hace humanos. ¿Es material o inmaterial (espiritual)? ¿O quizá es una mezcla o composición de ambas cosas? Mucha de la literatura sobre el tema es materialista al menos de forma incipiente, y las suposiciones que subyacen incluso en algunos escritos teológicos cristianos a menudo parecen ser las de los behavioristas. Si el ser persona está unido inseparablemente a la existencia corporal, se debe pensar cuidadosamente en las implicaciones.

Deberíamos señalar que se han hecho esfuerzos para encontrar un punto intermedio entre el dualismo y el monismo absoluto (materialismo). Un ejemplo destacado es la idea de Henri Bergson sobre la evolución creativa. Además de la materia, en el hombre hay lo que Bergson denomina un élan vital, una fuerza espiritual interior de carácter deliberado y creativo. 

Ahora debemos intentar reunir algunas conclusiones y formar un modelo factible. Hemos señalado que en el Antiguo Testamento, al hombre se le consideraba como una unidad. En el Nuevo Testamento, aparece la terminología cuerpo-alma, pero no se puede relacionar con precisión con la idea de la existencia corporal y no corporal. Aunque el cuerpo y el alma a veces están en contraste (como en las palabras de Jesús en Mt. 10:28), no siempre se las distingue con tanta claridad. Es más, las imágenes de los humanos en las Escrituras parecen considerarlas la mayoría de las veces como realidades unitarias. Rara vez se trata una naturaleza espiritual de forma independiente o sin el cuerpo.

Sin embargo, una vez dicho esto, debemos también recordar los pasajes citados anteriormente que apuntaban hacia un aspecto inmaterial del hombre que es inseparable de la existencia material. Las Escrituras indican que hay un estado intermedio de existencia personal consciente entre la muerte y la resurrección. Este concepto de estado intermedio no es incoherente con la doctrina de la resurrección. Ya que el estado intermedio (inmaterial o sin cuerpo) es claramente incompleto o anormal (2 Co. 5:2-4). En la resurrección que ha de llegar (1 Co. 15) la persona recibirá un cuerpo nuevo o perfeccionado.

La amplia gama de datos bíblicos se pueden acomodar mejor con la idea de lo que denominamos “unidad condicional.” Según esta idea, el estado normal del hombre es un ser unitario materializado. Así se considera y trata a los humanos en las Escrituras. No se les presiona para que huyan o dejen el cuerpo, como si fuera algo inherentemente malo. Sin embargo, esta condición monista se puede romper y eso es lo que pasa con la muerte, de manera que el aspecto inmaterial del hombre sigue viviendo incluso cuando el material se descompone. No obstante, en la resurrección se producirá un regreso a la condición material o corporal. La persona asumirá un cuerpo que tiene algunos puntos de continuidad con el cuerpo antiguo, pero también será un cuerpo nuevo, reconstituido o espiritual. La solución a la variedad de datos en el testimonio bíblico no es, pues, seguir el curso de la neoortodoxia de abandonar la idea de la naturaleza humana compuesta, y así eliminar cualquier posibilidad de que algún aspecto humano persista tras la muerte. Ni se trata de distinguir de forma marcada los componentes de un humano, como hicieron algunas variantes de liberalismo, para acabar enseñando que el alma inmortal sobrevive y en consecuencia no es necesario una resurrección en el futuro. No es la inmortalidad del alma o la resurrección del cuerpo. Manteniendo lo que ha sido la tradición ortodoxa de la iglesia, es ambas.

¿Qué tipo de analogía podemos emplear para ayudarnos a entender esta idea o conjunto de ideas? Una que se suele utilizar es la del compuesto químico en contraste con la mezcla de elementos. En una mezcla, los átomos de cada elemento retienen sus características distintivas porque retienen sus identidades separadas. Si la naturaleza de los humanos fuera una mezcla, las cualidades espirituales y físicas de alguna manera se podrían distinguir, y la persona podría actuar como un ser espiritual o como un ser físico. Por otra parte, en un compuesto, los átomos de todos los elementos implicados se combinan formando nuevas moléculas. Estas moléculas tienen características o cualidades que no se parecen a ninguno de los elementos de los cuales se componen. En el caso de un simple grano de sal (el compuesto de cloruro sódico), por ejemplo, no podemos detectar las cualidades ni del sodio ni del cloruro. Sin embargo, es posible romper el compuesto, con lo cual se vuelven a tener los elementos originales con sus características distintivas. Estas características incluirían la naturaleza venenosa del cloruro, mientras que el producto compuesto no es venenoso.

Podríamos pensar en un hombre como una unidad compuesta de un elemento material y uno inmaterial. Los elementos espirituales y físicos no siempre se pueden distinguir, ya que el hombre es un ser unitario; no existe conflicto entre la naturaleza material e inmaterial. Sin embargo, el compuesto se puede disolver; la disolución se produce con la muerte. En la resurrección el compuesto se vuelve a formar, con el alma (si escogemos llamarla así) estando de nuevo unida inseparablemente al cuerpo.

Bruce Reichenbach ha propuesto otra analogía. Sugiriendo que se piense en el cuerpo como en un ordenador muy complejo, dice que es posible construir dos ordenadores iguales, programarlos de forma idéntica, e introducirles los mismos datos. En el momento de la resurrección, el cuerpo será recreado físicamente y el cerebro programado con los mismos datos que se tenía mientras se vivía en la tierra. Esta analogía, sin embargo, no explica las imágenes bíblicas del estado intermedio: un programa y unos datos sin un ordenador no constituye una unidad funcional. Por tanto, por intrigante que sea la sugerencia, fracasa en un punto bastante importante.

Una analogía alternativa, procedente del mundo de la física, tiene que ver con el concepto de los estados de alternancia. Aunque una vez creímos que la materia y la energía eran dos tipos diferentes de realidad, por la obra de Albert Einstein ahora sabemos que son intercambiables. Son simplemente dos estados de una misma entidad. Una explosión nuclear, con su tremenda liberación de energía, es una espectacular demostración de la fórmula de Einstein E=mc2. De forma similar se puede pensar que los humanos pueden existir en dos estados, uno material y otro inmaterial. El estado normal de los humanos es el material, en el cual el ser se puede sustanciar en forma física y perceptible. Sin embargo, se puede producir un cambio a un estado inmaterial con la muerte. La muerte no es tanto la separación de dos partes como que el ser asume una condición diferente. Puede haber y habrá un cambio final a un estado material. En el momento de la resurrección la condición corporal quedará reconstituida.

Desafortunadamente, hay varios problemas con esta analogía. Primero, no encaja bien porque la energía de Einstein sigue siendo energía física. Segundo, la analogía podría llevar a entender a Dios como pura energía, lo cual no sería aceptable. Tercero, ¿qué pasa con el cadáver? En un estado de alteración, se podría esperar algo bastante equivalente a una vaporización. Quizá el cadáver es simplemente un desecho, un residuo del cambio de estado. O mejor, como el vehículo original o el órgano o el locus del estado corporeo que se utilizará en el futuro en la rematerialización de la persona. Finalmente, el principal énfasis de la analogía está en el ser en su conjunto o el sujeto en lugar de en las partes de la naturaleza humana.

 

Implicaciones de la unidad condicional

¿Cuáles son las implicaciones del monismo contingente, o sea, de la idea de que la naturaleza humana es una unidad condicional?

1. Hay que tratar a los humanos como unidades. Su condición espiritual no se puede tratar con independencia de su condición física o psicológica y viceversa. La medicina psicosomática es adecuada. También lo es el ministerio psicosomático (¿o deberíamos llamarlo ministerio pneumopsicosomático?). El cristiano que desea ser sano espiritualmente prestará atención a cosas como la dieta, el descanso y el ejercicio. Cualquier intento de tratar la condición espiritual de la gente sin tener en cuenta su condición física y su estado mental y emocional sólo tendrá éxito en parte, como ocurrirá con cualquier intento de tratar las emociones humanas aislándolas de la relación con Dios.

2. Un humano es un ser complejo, cuya naturaleza no se puede reducir a un único principio.

3. Todos los diferentes aspectos de la naturaleza humana tienen que ser atendidos y respetados. No hay que menospreciar el cuerpo, las emociones o la inteligencia. El evangelio apela a la persona en su conjunto. Es significativo que Jesús en su encarnación se hiciese completamente humano, porque vino a redimir todo lo que somos.

4. El desarrollo o la madurez religiosa no consiste en sojuzgar una parte de la naturaleza humana frente a otra. Ninguna parte de la composición humana es mala en sí misma. La depravación total significa que el pecado infecta todo lo que es un hombre, no solo el cuerpo, la mente o las emociones. Por lo tanto, el cristiano no intenta poner el cuerpo (que muchos consideran erróneamente como la única parte mala de la naturaleza humana) bajo el control del alma. De forma parecida, no hay que pensar que la santificación sólo afecta a una parte de la naturaleza humana, porque no hay una sola parte de la persona que sea el lugar exclusivo de la bondad y la rectitud. Dios está obrando para renovar todo lo que somos. En consecuencia, el ascetismo, en el sentido de negar las necesidades naturales del cuerpo sólo porque sí, no debe practicarse.

5. La naturaleza humana no es incoherente con la enseñanza de las Escrituras de que hay una existencia personal consciente entre la muerte y la resurrección. Examinamos esta doctrina de manera más extensa en nuestro apartado sobre escatología.

 

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