El origen de la inspiración
A lo largo de las Escrituras encontramos la afirmación o incluso la suposición de su origen divino, o de su equivalencia con las palabras reales del Señor. Este punto a veces es rechazado por ser considerado un razonamiento circular. Cualquier teología (o de hecho cualquier otro sistema de pensamiento) se enfrenta a un dilema cuando trata de su autoridad básica. O basa su punto de partida en sí misma, en cuyo caso es culpable de circularidad, o se basa en un fundamento distinto al de sus otros artículos, en cuyo caso es culpable de incoherencia. Sin embargo, debemos darnos cuenta de que nosotros somos culpables de circularidad sólo si se considera que el testimonio de las Escrituras tiene carácter probatorio. Pero seguramente la propia afirmación del autor de las Escrituras debería tenerse en consideración como parte de un proceso de formulación de nuestra hipótesis de la naturaleza de las Escrituras. Por supuesto se tendrán en cuenta otras consideraciones como medio para evaluar la hipótesis. Lo que tenemos aquí es como un juicio. Al acusado le está permitido testificar en su favor. Sin embargo, este testimonio no tendrá carácter probatorio, esto es: después de escuchar la confesión de “no culpable,” el juez no dirá inmediatamente: “Encuentro al acusado inocente.” Es necesario evaluar testimonios adicionales para determinar la credibilidad del testimonio del acusado. Pero se admite su testimonio.
Para responder al cargo de circularidad es necesario observar otro tema. Consultando la Biblia para determinar el punto de vista del autor sobre las Escrituras, no se está presuponiendo necesariamente su inspiración. Se puede consultar meramente como un documento histórico que nos informa de que sus autores creían que era la Palabra inspirada de Dios. En este caso no se está viendo la Biblia como su propio punto de partida. Esto es circularidad sólo si se empieza con la suposición de la inspiración de la Biblia y después se usa esa suposición como garantía de que es verdad la afirmación de la Biblia de haber sido inspirada. Una persona que no presenta la afirmación de los autores de las Escrituras como prueba final sobre este asunto no es culpable de circularidad. Es permisible utilizar la Biblia como documento histórico y permitir que alegue su propio caso.
La Biblia atestigua su origen divino de diversas maneras. Una de ellas es la teoría de los autores del Nuevo Testamento en lo que se refiere a las Escrituras de su día, que hoy denominaríamos Antiguo Testamento. 2 Pedro 1:20-21 es un ejemplo destacado: “Pero ante todo entended que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron inspirados por el Espíritu Santo.” Aquí Pedro afirma que las profecías del Antiguo Testamento no tenían origen humano. No fueron producidas por voluntad o decisión humana. Más bien fueron impulsadas o llevadas por el Espíritu de Dios. El impulso que condujo a escribir provino del Espíritu Santo. Por esta razón, los lectores de Pedro tienen que prestar atención a la palabra profética, ya que no es simplemente la palabra de los humanos, sino la palabra de Dios.
Una segunda referencia es la que hace Pablo en 2 Timoteo 3:16: “Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia.” En este pasaje Pablo está exhortando a Timoteo a continuar con las enseñanzas que ha recibido. Pablo asume que Timoteo está familiarizado con las “sagradas Escrituras” (v. 15) y le insta a continuar en ellas ya que están inspiradas divinamente (o mejor dicho “inspiradas por Dios”). La impresión que tenemos aquí es que se han producido de forma divina, como cuando sopló el aliento de vida en el ser humano (Gn. 2:7). Por lo tanto tienen el valor que da madurez al creyente para que esté “enteramente preparado para toda buena obra” (2 Ti. 3:17). No se dice nada de la autoridad o la falta de autoridad de las Escrituras para otros asuntos que no sean estas preocupaciones espirituales prácticas, como su fiabilidad con respecto a temas históricos y científicos, pero esta omisión no es significativa dado el contexto.
Cuando consideramos la predicación en la iglesia primitiva, encontramos un entendimiento similar del Antiguo Testamento. En Hechos 1:16 Pedro dice: “Hermanos, era necesario que se cumpliera la Escritura que el Espíritu Santo, por boca de David había anunciado...” y después continúa citando los Salmos 69:25 y 109:8 sobre el destino de Judas. Hay que señalar aquí que Pedro no sólo considera las palabras de David como autoridad, sino que realmente afirma que Dios habló por boca de David. David fue la “voz” que Dios utilizó para hablar. La misma idea, que Dios habló por boca de los profetas, se encuentra en Hechos 3:18, 21, y 4:25. El kerygma, pues, identifica “está escrito en la escritura” con “Dios lo ha dicho.”
Esto concuerda con el propio testimonio de los profetas. Una y otra vez declaran: “Esto dice el Señor.” Miqueas escribió: “Se sentará cada uno debajo de su vid y debajo de su higuera, y no habrá quien les infunda temor. ¡La boca de Jehová de los ejércitos ha hablado!” (4:4). Jeremías dijo: “Estas, pues, son las palabras que habló Jehová acerca de Israel y de Judá” (30:4). Isaías afirmó: “Porque Jehová me habló... y me advirtió” (8:11). Amós declaró: “Oíd esta palabra que ha hablado Jehová contra vosotros, hijos de Israel” (3:1). Y David dijo: “El espíritu de Jehová habla por mí, su palabra está en mi lengua”(2 S. 23:2). Afirmaciones como estas, que aparecen una y otra vez en los profetas, indican que eran conscientes de estar “siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 P. 1:21).
Finalmente, apuntamos la posición que mantuvo nuestro Señor mismo en lo que se refiere a los escritos del Antiguo Testamento. En parte, podemos deducir esto de la manera en que él se relacionó con el punto de vista sobre la Biblia que mantuvieron sus oponentes dialógicos, los fariseos. Él nunca dudó a la hora de corregir sus equivocaciones y malas interpretaciones de la Biblia, pero nunca se opuso o corrigió su punto de vista sobre la naturaleza de las Escrituras. Únicamente estaba en desacuerdo con su interpretación de la Biblia, o de las tradiciones que habían añadido al contenido mismo de las Escrituras. En sus discusiones y disputas con sus oponentes, repetidamente citaba las Escrituras. En sus tres tentaciones, respondió a Satanás con una cita del Antiguo Testamento. Habló de la autoridad y permanencia de las Escrituras: “La Escritura no puede ser quebrantada” (Jn. 10:35); “Porque de cierto os digo que antes que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la Ley, hasta que todo se haya cumplido” (Mt. 5:18). Dos objetos se consideraban sagrados en el Israel de los tiempos de Jesús: el templo y las Escrituras. Él no dudó en apuntar la transitoriedad del primero, porque no quedaría piedra sobre piedra que no fuera a ser derribada (Mt. 24:2). Por lo tanto, hay un marcado contraste entre su actitud hacia las Escrituras y su actitud hacia el templo.
Podemos concluir de lo anterior que el testimonio uniforme de los autores de las Escrituras es que la Biblia tiene su origen en Dios y es su mensaje a la raza humana.
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