Las enseñanzas del Nuevo Testamento sobre el plan de Dios

El plan y el propósito de Dios también se destacan en el Nuevo Testamento. Jesús vio los sucesos de su vida y los sucesos futuros como algo que tenía que suceder debido al plan de Dios. Jesús afirmó que Dios había planeado no sólo los eventos grandes y complejos como la caída y destrucción de Jerusalén (Lc. 21:20-22), sino detalles como la deserción y traición de Judas, y la fidelidad de los demás discípulos (Mt. 26:24; Mr. 14:21; Lc. 22:22; Jn. 17:12; 18:9). El cumplimiento del plan de Dios y la profecía del Antiguo Testamento es un tema destacado en los escritos de Mateo (1:22; 2:15, 23; 4:14; 8:17; 12:17; 13:35; 21:4; 26:56) y Juan (12:38; 19:24, 28, 36). Aunque los críticos pueden objetar que algunas de estas profecías fueron cumplidas por gente que las conocía y que podía tener interés personal en verlas cumplidas (por ejemplo, Jesús cumplió Sal. 69:21 diciendo “Tengo sed” [Jn. 19:28]), es de destacar que otras profecías fueran cumplidas por personas que no tenían ningún deseo de cumplirlas y que probablemente no las conocían, como los soldados romanos que echaron a suertes las prendas de Jesús o no rompieron ninguno de sus huesos.

Incluso donde no había profecías específicas que cumplir, Jesús transmitió un sentido de necesidad referente a eventos futuros. Por ejemplo, les dijo a sus discípulos: “Pero cuando oigáis de guerras y de rumores de guerras, no os turbéis, porque es necesario que así suceda; pero aún no es el fin... y es necesario que el evangelio sea predicado antes a todas las naciones” (Mr. 13:7, 10). Él también tenía un profundo sentido de necesidad de lo que debía hacer; el plan del Padre debía ser completado. Por lo tanto, dijo: “Es necesario que también a otras ciudades anuncie el evangelio del reino de Dios, porque para esto he sido enviado” (Lc. 4:43), y “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Jn. 3:14-15). Sabemos que tenía conciencia de esto ya a los doce años, porque cuando sus preocupados padres le encontraron en el templo, él respondió: “¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” (otra posible traducción sería: “Tengo que estar en la casa de mi Padre” – Lc. 2:49).

Los apóstoles también enfatizaron el propósito divino. Pedro dijo en su discurso en Pentecostés: “A este, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándolo” (Hch. 2:23). Después de que Pedro y Juan fueran liberados por el Sanedrín, los discípulos alzaron sus voces a Dios, señalando que Herodes y Poncio Pilato junto con los gentiles y el pueblo de Israel, se habían reunido en Jerusalén: “[contra Jesús] para hacer cuanto tu mano o tu consejo habían antes determinado que sucediera” (Hch. 4:27-28). Pedro también señaló que varias cosas que sucedieron fueron el cumplimiento de las predicciones de las Escrituras: la deserción de Judas (Hch. 1:16), la venida del Espíritu Santo (2:16-21), y la resurrección de Jesús (2:24-28). El libro del Apocalipsis, escrito por el apóstol Juan, nos da un ejemplo particularmente llamativo de la creencia en la eficacia del plan divino.

En los escritos de Pablo es donde se expresa de forma más explícita que las cosas suceden según el plan divino (1 Co. 12:18; 15:38; Col. 1:19). La fortuna de las naciones es determinada por él (Hch. 17:26). Esto incluye la obra redentora de Dios (Gá. 3:8; 4:4-5), la elección de los individuos y las naciones (Ro. 9-11), y la selección de Pablo incluso antes de su nacimiento (Gá. 1:15). La imagen del alfarero y la arcilla, utilizada en una referencia específica y un tanto restringida (Ro. 9:20-23), expresa toda la filosofía de la historia de Pablo. Considera “todo” lo que sucede como parte de la intención de Dios para con sus hijos (Ef. 1:11-12): “Sabemos, además, que a los que aman a Dios, todas las cosas los ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Ro. 8:28), su propósito es que fuéramos hechos “conformes a la imagen de su Hijo” (v. 29).

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