Personalidad

Aunque la espiritualidad parece implicar personalidad, esto no es así necesariamente. Georg Hegel, cuya filosofía influyó mucha de la teología del siglo XIX, creía en el Absoluto, un gran espíritu o mente que contiene todas las cosas en sí mismo. En la metafísica de Hegel, la realidad en su conjunto es una gran mente pensante, y todo lo que la mayoría de la gente consideran objetos finitos y personas son simples pensamientos en la mente del Absoluto. Sin embargo, no hay realmente una conciencia propia personal de este ser, ninguna personalidad con la que uno se pueda relacionar. Tampoco hay deidades personales en muchas religiones orientales. En el hinduismo, la realidad es Brahman, el todo, del cual somos partes individuales o Atman. Uno no se relaciona con la realidad girando hacia fuera, como hacia una persona individual, sino más bien dirigiéndose hacia dentro mediante un proceso de contemplación. El objetivo de este proceso es perder nuestra identidad personal y nuestra conciencia de nosotros mismos, para ser absorbidos dentro del todo. El nirvana es el estado en el que cesa toda competición individual y uno se queda en descanso.

El punto de vista bíblico es bastante diferente. En él Dios es personal. Es un ser individual, con conciencia y voluntad propia, capaz de sentir, escoger y tener una relación recíproca con otros seres personales o sociales.

La personalidad de Dios se indica de diversas maneras en las Escrituras. Una es el hecho de que Dios tiene un nombre, que él mismo se asigna y mediante el cual se revela a sí mismo. Cuando Moisés pregunta cómo debería responder, cuando los israelitas le preguntan el nombre del Dios que le envía, Dios se identifica a sí mismo como “Yo soyoYo seré” (Yahvé, Jehová, el Señor – Éxodo 3:14). Con esto demuestra que no es algo abstracto, un ser incognoscible o una fuerza sin nombre. Génesis 4:26 indica que los hombres empezaron a invocar el nombre de Jehová y en Génesis 12:8 se dice que Abraham construyó un altar a Jehová e invocó su nombre. En el Salmo 20 habla de alabar el nombre de Jehová (v. 7) y de invocarle (v. 9). Hay que pronunciar el nombre y tratarlo con gran respeto, según Éxodo 20:7. El gran respeto respecto a su nombre indica la personalidad de Dios. Si hubiera un lugar o un objeto implicados, no sería necesario ese respeto. Sin embargo, con las personas es al contrario. Los nombres hebreos no eran meras etiquetas para distinguir una persona de otra. En nuestra sociedad impersonal, rara vez se escoge un nombre por su significado, se suele escoger porque a los padres les gusta o porque está de moda. Sin embargo, para los hebreos era distinto. Se escogía cuidadosamente un nombre atendiendo a su significado. Mientras que en nuestra sociedad un número puede resultar tan eficaz como un nombre, e incluso más, los hebreos consideraban el nombre como una presentación de la persona que lo llevaba.

Los nombres particulares que el Dios personal asume hacen referencia principalmente a su relación con las personas, más que a su relación con la naturaleza. Ni siquiera los Salmos contienen el mismo tipo de énfasis sobre la naturaleza que el que se encuentra en otras religiones circundantes. El énfasis más bien está en la preocupación por dirigir y dar forma a la vida de sus adoradores, tanto individual como socialmente.

Otra indicación de la naturaleza personal de Dios está en su actividad. En la Biblia se dice que conoce y se comunica con los seres humanos. En las primeras imágenes de su relación con la humanidad (Gn. 3), Dios se acerca y habla con Adán y Eva de manera aparentemente regular. Aunque esta representación de Dios es sin duda antropomórfica, no obstante nos enseña que es una persona que se relaciona con personas. Tiene todas las capacidades asociadas con la personalidad: conocer, sentir, desear, actuar.

Se deducen varias implicaciones de esto. Como Dios es una persona (de hecho, se nos representa como nuestro Padre), nuestra relación con él tiene una dimensión de calidez y entendimiento. Dios no es un despacho o un departamento, una máquina o un ordenador que satisface automáticamente las necesidades de la gente. Es un padre conocedor, amoroso y bueno. Nos podemos acercar a él. Podemos hablar con él, y él a su vez, nos habla.

Es más, nuestra relación con Dios no es una calle de dirección única. Dios es, sin duda, un objeto de respeto y reverencia. Pero no sólo recibe y acepta lo que ofrecemos. Es un ser vivo que entabla relaciones recíprocas. No es sólo alguien a quien escuchamos, sino alguien al que conocemos.

Dios debe ser tratado como un ser, no como un objeto o una fuerza que puede ser usada o manipulada. Aunque nuestro pensamiento y práctica a veces deja traslucir esa idea, no es coherente con la imagen bíblica. La idea de que Dios es simplemente algo que se puede utilizar o que sirve para resolver problemas y necesidades no es religión. Tales intentos de utilizarle de esa manera se dan más en el ámbito de la magia o la tecnología.

Dios es un fin en sí mismo, no un medio para un fin. Es valioso para nosotros por lo que es en sí mismo, no sólo por lo que hace. El fundamento del primer mandamiento: “No tendrás dioses ajenos delante de mí(Éx. 20:3) viene precedido del versículo: “Yo soy Jehová, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto.” No leemos bien este pasaje si lo interpretamos como que los israelitas tenían que poner a Dios primero por las cosas que había hecho: por gratitud iban a hacerle su único Dios. Más bien, lo que había hecho era una prueba de lo que era; es por lo que es por lo que tiene que ser amado y servido, no sólo suprema sino exclusivamente.

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