Vida
A Dios le caracteriza la vida. Esto se afirma en las Escrituras de distintas maneras. Se encuentra en la afirmación de que él es. Su mismo nombre “yo soy” (Éx. 3:14) indica que es un Dios vivo. Las Escrituras no defienden su existencia. Simplemente la afirman o, más a menudo, simplemente la asumen. Hebreos 11:6 dice que “es necesario que el que se acerca a Dios crea que él existe y que recompensa a los que lo buscan.” Por lo tanto la existencia de Dios se considera uno de los aspectos más básicos de su naturaleza.
El Dios vivo se contrasta frecuentemente con los otros dioses, objetos inanimados de metal o piedra. Jeremías 10:10 hace referencia a él como el verdadero Dios, el Dios vivo, que controla la naturaleza. “Los dioses que no hicieron los cielos ni la tierra,” por otra parte “desaparecerán de la tierra y de debajo de los cielos” (v. 11). Juan 5:26 habla de Dios que tiene vida en sí mismo, y 1 Tesalonicenses 1:9 señala un contraste entre los ídolos hacia los que se habían vuelto los tesalonicenses y “el Dios vivo y verdadero.”
La vida de Dios es diferente de la de cualquier otro ser vivo. Mientras que todos los demás seres tienen su vida en Dios, él no proviene de ninguna otra fuente externa. Nunca se le describe como algo a lo que se ha dado vida. Como señalamos anteriormente, Juan 5:26 dice que tiene vida en sí mismo. Con frecuencia se le aplica el adjetivo eterno, dando por hecho que no ha habido nunca un momento en el que no haya existido. Es más, se nos ha dicho que “en el principio”, antes de que existiese nada, Dios ya existía (Gn. 1:1). Por lo tanto, su existencia no puede provenir de ninguna otra cosa.
Es más, la continuación de la existencia de Dios no depende de nada externo a él mismo. Todas las criaturas, siempre que estén vivas, necesitan algo para sustentar su vida. Alimento, calor, protección, todas estas cosas son necesarias. En Mateo 6:25-33, Jesús señala que los pájaros y las flores dependen de la provisión del Padre. Sin embargo, Dios no necesita de eso. Al contrario, Pablo niega que Dios necesite nada ni sea servido por manos humanas (Hch. 17:25). Él es, sin tener en cuenta ninguna otra cosa. De la misma manera que ya existía antes que cualquier otra cosa, también puede continuar existiendo independientemente de cualquier otra cosa.
Aunque Dios es independiente en el sentido de no necesitar nada más para su existencia, esto no significa que sea esquivo, indiferente o despreocupado. Dios se relaciona con nosotros, pero por su propia elección, no porque se sienta obligado a hacerlo por necesidad. Que él se relacione con nosotros es por lo tanto una razón más para glorificarle. Ha actuado y continúa haciéndolo por agape, por amor desinteresado, y no por necesidad.
Es preferible referirse a Dios como a alguien sin causa que como a alguien cuya causa es él mismo. Su auténtica naturaleza es existir. No es necesario que él desee su propia existencia. Para Dios no existir sería lógicamente contradictorio. No estamos reintroduciendo aquí el llamado argumento ontológico para la existencia de Dios. Más bien, estamos diciendo simplemente que si Dios es tal como se describe en las Escrituras, debe existir.
Una comprensión adecuada de este aspecto de la naturaleza de Dios nos debería liberar de la idea de que Dios nos necesita. Dios ha elegido utilizarnos para cumplir sus propósitos, y en ese sentido ahora nos necesita. Sin embargo, si quisiera, podría dejarnos de lado. Simplemente él podría haber sido, sin nosotros. Y puede, si así lo decide, cumplir sus propósitos sin nosotros. Es por nuestro bien, que nos permite conocerlo y servirle y somos nosotros los que perdemos si decidimos rechazar esta oportunidad. Algunas veces escuchamos expresiones de lo que podríamos denominar el síndrome de “pobre Dios”: si Dios no altera sus maneras y nos trata de forma diferente, nos perderá, lo cual será una gran pérdida. Pero Dios no nos necesita. No es afortunado por tenernos; somos nosotros los afortunados y los favorecidos.
Vivimos en un mundo de contingencias. Mucho de lo que conocemos y creemos está condicionado por la palabra si. Viviremos otros diez años si nuestra salud no nos falla. Nos retiraremos cómodamente si nuestras inversiones y nuestro programa de inversiones no fracasa. Estaremos a salvo si las defensas de nuestro gobierno no fallan. Disfrutaremos de la amistad de nuestros amigos si no les sucede nada. Llegaremos a nuestra cita si nuestro coche no se estropea. Pero con Dios no es necesario decir “Dios será si...”. Dios será y ¡punto! Hay una cosa segura, y es que Dios existe y siempre existirá.
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