Infinidad
Dios es infinito. Esto significa no sólo que Dios es ilimitado, sino que es ilimitable. A este respecto, Dios es distinto a cualquier cosa que experimentamos. Incluso esas cosas que el sentido común nos dijo una vez que eran infinitas o sin límites ahora parecen tener límites. La energía en otros tiempos parecía inextinguible. En los últimos años nos hemos dado cuenta de que los tipos de energía a los que estamos particularmente acostumbrados tiene limitaciones claras, y nos estamos acercando a esos límites mucho más rápido de lo que nos imaginábamos. También el océano nos pareció una vez una fuente de comida sin fin, y un lugar de descarga tan vasto que no podía ser contaminado. Sin embargo, nos estamos dando cuenta de que sus recursos y su habilidad para absorber la polución son finitos. La infinidad de Dios, sin embargo, habla de un ser sin límites.
Se puede pensar en la infinidad de Dios de diversas maneras. Pensemos en primer lugar en términos de espacio. Aquí tenemos lo que tradicionalmente ha sido denominado inmensidad u omnipresencia. Dios no está sujeto a las limitaciones del espacio. Con esto no nos referimos sólo a la limitación del ser a un lugar en particular: si un objeto está en un lugar, no puede estar en otro. En realidad es impropio pensar en Dios como algo confinado al espacio. Todos los objetos finitos tienen un lugar. Están en alguna parte. Esto les impide necesariamente estar en otro lugar. La grandeza de los objetos finitos se mide por el espacio que ocupan. Sin embargo, con Dios la cuestión del lugar o la localización no es aplicable. Dios es el que da origen al espacio (y al tiempo). Él estaba antes de que existiera el espacio. No se le puede localizar en un sitio en particular. No se pueden trazar las coordenadas para su localización. Esto parece ser una función de su inmaterialidad o espiritualidad. No hay un cuerpo físico que ubicar en un lugar concreto. Piense en lo que dice Pablo de que Dios no habita en templos hechos por manos humanas, porque es el Señor del cielo y de la tierra; él hizo el mundo y todo lo que hay en él (Hch. 17:24-25).
Otro aspecto de la infinidad de Dios en términos del espacio es que no existe ningún lugar en el que no se le pueda encontrar. Aquí tenemos que enfrentarnos a la tensión entre la inmanencia de Dios (está en todas partes) y su trascendencia (no está en ninguna parte). La idea aquí es que Dios es accesible desde cualquier punto de la creación. Jeremías cita a Dios diciendo: “¿Soy yo Dios de cerca solamente... y no Dios de lejos?” (Jer. 23:23). Lo que esto parece implicar es que ser un Dios accesible no excluye estar alejado. Llena el cielo y la tierra (v. 24). Por lo tanto, no nos podemos esconder en “lugares secretos” donde no podamos ser vistos. Dios habla del cielo como su trono y de la tierra como su escabel; la idea de que los humanos puedan confinar a Dios construyendo templos es, por lo tanto, un completo absurdo. El salmista vio que no podía huir de la presencia de Dios: fuera donde fuera el salmista, Dios estaba allí (Sal. 139:7-12). Si el salmista subía a los cielos, o hacía su estrado en el Seol, Dios estaba allí. Jesús llevó este concepto un poco más lejos. Al dar la Gran comisión, ordenó a sus discípulos, que fueran e hicieran discípulos a todas las naciones y que él estaría con ellos hasta el fin del mundo (Mt. 28:19-20; Hch. 1:8). Por lo tanto, él en efecto señala que no está limitado por el espacio ni por el tiempo.
Aquí como en muchos otros aspectos hay un fuerte contraste entre Dios y los falsos dioses. Esto se ve claramente en la contienda entre Elías y los profetas de Baal en el monte Carmelo (1 R. 18:20-40). Una de las burlas que les hace Elías a sus oponentes cuando Baal no responde es que tal vez esté de viaje (v. 27). Si Baal está fuera, en otro lugar, no puede estar allí para enviar fuego. Sin embargo Jehová no tiene este problema. Puede estar en numerosos lugares y estar implicado en numerosas situaciones al mismo tiempo.
Para muchos de nosotros, ciertos lugares tienen connotaciones sagradas. Puede que hayamos recibido bendiciones especiales de Dios cuando hemos estado en un lugar geográfico en particular. Si, al trasladarnos a otro lugar, las cosas no van tan bien, puede que nos tiente pensar que Dios no está allí. Un lugar de culto en particular o un espacio dentro de un edificio puede haber tenido un significado especial debido a la obra de Dios allí en el pasado. Puede que nos resulte difícil adaptarnos al cambio, pero el problema es psicológico, no teológico. Dios no está localizado. No se le ha dejado atrás. Está a nuestra disposición en cualquier parte que lo deseemos. Es bueno reunirse con otros creyentes en un lugar de culto concreto, pero esto no impide que Dios se pueda reunir con nosotros aunque hayamos sido incapaces de llegar a ese lugar especial. Dios tampoco tiene dificultades para tratar las necesidades y los problemas que surgen en muchos lugares diferentes al mismo tiempo. Sin embargo, no se mueve de un lugar a otro como una especie de superman divino que vuela a una velocidad infinita. Más bien lo que pasa es que tiene acceso a toda la creación en todos los momentos.
Dios también es infinito con relación al tiempo, el cual no le afecta. Él estaba antes de que se iniciara el tiempo. La pregunta ¿cuántos años tiene Dios? Es simplemente inadecuada. No es más viejo hoy que hace un año, ya que infinito más uno no es más que infinito. Simplemente él no está restringido a la dimensión temporal.
Dios es siempre el que es. Él fue, es y será. El Salmo 90:1-2 dice: “Señor, tú nos has sido refugio de generación en generación. Antes que nacieran los montes y formaras la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios.” Judas 25 dice: “Al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y poder, ahora y por todos los siglos.” Un pensamiento similar se encuentra en Efesios 3:21. El uso de expresiones como “el primero y el último” y “Alfa y Omega” sirven para expresar la misma idea (Is. 44:6; Apoc. 1:8; 21:6; 22:13).
Dios es intemporal. No crece ni evoluciona. No hay variaciones en su naturaleza en distintos momentos de su existencia. Los intereses, conocimientos, actividades e incluso personalidades de los humanos cambian desde la infancia hasta la juventud, desde la madurez hasta la ancianidad. En Dios, sin embargo, no existe ese cambio. Siempre ha sido lo que es.
El hecho es que Dios no esté abarcado por el tiempo no quiere decir que no sea consciente de la sucesión del mismo. Él sabe lo que está sucediendo ahora con los humanos. Es consciente de que los sucesos ocurren en un orden en particular. No obstante, él es igualmente consciente de todos esos momentos temporales simultáneamente. Esta trascendencia temporal ha sido comparada con una persona que se sienta en la torre de un campanario y ve una procesión. Ve todas las partes de la procesión en distintos momentos de la ruta, no solo lo que está pasando delante de él en ese momento. Es consciente de lo que pasa en todos los puntos de la ruta. De la misma manera Dios es consciente de lo que pasa, pasó y pasará en todo momento. Sin embargo, en un momento concreto de tiempo también es consciente de la distinción entre lo que está ocurriendo ahora, lo que ha ocurrido y lo que ocurrirá.
Aunque hay un orden sucesivo en los actos de Dios y un orden lógico en sus decisiones, no hay un orden temporal para su voluntad. Su deliberación y su voluntad no necesitan tiempo. Desde toda la eternidad ha determinado lo que está haciendo ahora. Por lo tanto sus acciones no son reacciones a actuaciones imprevistas. No se le toma por sorpresa ni tiene que formular planes de contingencia. La teología de la esperanza ha remarcado la trascendencia de Dios por encima del tiempo pensando en él principalmente como el Dios del futuro, mientras que la teología tradicional tiende a pensar en él en términos de eventos pasados.
La infinidad de Dios también se puede considerar desde el punto de vista de los objetos del conocimiento. Su entendimiento es infinito (Sal. 147:5). El escritor de los Proverbios dice que los ojos de Jehová están en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos (Prov. 15:3). Jesús dijo que ningún pajarillo cae a tierra sin el permiso del Padre (Mt.10:29), y que incluso nuestros cabellos están contados (v. 30). Hebreos 4:13 dice “No hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.” Tomos somos transparentes para Dios. Nos ve y nos conoce completamente. Conoce cada verdad, incluso las que no han sido descubiertas todavía por la humanidad, porque él es el que las colocó dentro de la creación. Y por lo tanto conoce cada posibilidad genuina, aunque puedan parecer innumerables.
Otro factor más, a la luz de este conocimiento, es la sabiduría de Dios. Mediante ella Dios actúa según todos los hechos y los valores correctos. Como conoce todas las cosas, sabe lo que es bueno. En Romanos 11:33 Pablo evalúa con elocuencia el conocimiento y la sabiduría de Dios: “¡Profundidad de las riquezas, de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!” El salmista describe las obras de Dios como hechas todas con sabiduría (Sal. 104:24).
Nosotros los humanos a veces actuamos de forma necia simplemente porque no tenemos todos los datos. Los acontecimientos posteriores pueden probar que nuestras acciones no fueron sabias. Si hubiéramos conocido ciertos hechos relevantes, hubiéramos actuado sin duda de forma distinta. Podemos escoger conducir por una carretera que parece estar en perfectas condiciones, sin saber que más adelante está deteriorada. Algunas veces nuestra perspectiva está distorsionada o es limitada. Las ilusiones ópticas son un ejemplo, como lo es una fotografía de alguien cuyos pies estaban más cerca de la cámara que el resto del cuerpo. En la fotografía la persona parece tener unos pies enormes. Además la falta de experiencia también puede hacer que tomemos decisiones o cometamos actos erróneos. Un niño, por ejemplo, si le dan a escoger entre una moneda de cinco céntimos de dólar o una moneda de diez céntimos suele escoger la de cinco simplemente porque es más grande.
Sin embargo, Dios tiene toda la información. Así que sus juicios son sabios. Nunca tiene que revisar sus estimaciones sobre algo porque aparezca información adicional. Él ve todas las cosas desde la perspectiva correctiva; por lo tanto no le da a nada un valor más alto o más bajo del que debería tener. Así que se puede orar confiadamente, sabiendo que Dios no dará algo que no sea bueno. Aunque nosotros no seamos lo suficientemente sabios como para conocer todos los hechos, o los resultados a los que nos pueden conducir nuestras ideas o planes, podemos confiar en que Dios sabe qué es lo mejor.
Finalmente la infinidad de Dios se puede considerar desde el punto de vista de la relación con lo que tradicionalmente se llama omnipotencia de Dios. Con esto, queremos decir que Dios es capaz de hacer todas las cosas que son objetos propios de su poder. Esto se enseña en las Escrituras de varias maneras. Cuando Dios se le apareció a Abraham para confirmar su pacto, se identificó diciendo “Yo soy el Dios Todopoderoso” (Gn. 17:1). También vemos la omnipotencia de Dios en su manera de resolver problemas aparentemente insuperables. En Génesis 18:10-14, por ejemplo, leemos la promesa de Dios de que Sara tendría un hijo, a pesar de que ya se le había pasado la edad de tener hijos y a pesar de que todavía no se había cumplido la promesa hecha veinticinco años atrás. Cuando Sara escuchó de nuevo la promesa, se rió. El Señor respondió: “¿Por qué se ha reído Sara diciendo: “¿Será cierto que he de dar a luz siendo ya vieja?” ¿Acaso hay alguna cosa difícil para Dios?” De la misma manera, la promesa en Jeremías 32:15 de que los campos serían de nuevo comprados y vendidos en Judá parecía increíble a la vista de la inminente caída de Jerusalén en manos de los babilonios. Sin embargo, la fe de Jeremías era grande: “Ah Señor Jehová... Nada hay que sea difícil para ti” (v. 17). Y tras explicar lo difícil que es para un rico entrar en el reino de Dios, Jesús responde a sus discípulos la pregunta de cómo se podían salvar: “Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible” (Mt. 19:26).
Este poder de Dios se manifiesta de diversas maneras. Las referencias al poder de Dios sobre la naturaleza son comunes, especialmente en los salmos, a menudo acompañados con una declaración sobre que Dios ha creado todo el universo. En los tiempos bíblicos su poder sobre la naturaleza era demostrado a menudo con milagros: desde el nacimiento de Isaac, pasando por las plagas de Egipto y las hachas que flotaban en los tiempos de Eliseo (2 R. 6:5-7), hasta los milagros de Jesús sobre la naturaleza, como la de amainar la tormenta (Mr. 4:35-41) y el de caminar sobre las aguas (Mt. 14:22-33). El poder de Dios es también evidente en su control del curso de la historia. Pablo dice que Dios: “ha prefijado el orden de los tiempos y los límites de su habitación” para todos los hombres (Hch. 17:26). Quizá lo más asombroso es el poder de Dios en la vida y la personalidad humana. La verdadera medida del poder divino no es la habilidad de Dios para crear o levantar una roca grande. En muchos aspectos, cambiar la personalidad humana es más difícil. Mientras que una maquinaria gigante puede realizar trabajos físicos extraordinarios, no es tan fácil alterar la naturaleza humana. No obstante, con respecto a la salvación Jesús dijo: “Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible” (Mt. 19:26). No debemos desesperarnos creyendo que es imposible cambiar la naturaleza humana, ya sea la nuestra o la de los demás, porque Dios puede obrar con eficacia incluso en esta área.
Lo que significa todo esto es que la voluntad de Dios nunca se ve frustrada. Lo que escoge hacer, lo cumple, porque tiene la habilidad para hacerlo. Salmos 115:3 dice a los que no creen: “¡Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho!” Deben estar presentes tres elementos si vamos a cumplir una acción ética: conocimiento de lo que se va a hacer; voluntad de hacerlo y habilidad para realizar lo que nos hemos propuesto. Puede que fracasemos en alguno de estos puntos. Sin embargo, tres factores de la naturaleza de Dios siempre van juntos para producir acciones correctas: él es sabio, así que sabe lo que tiene que hacer; es bueno, y por lo tanto escoge hacer lo correcto; es poderoso, y por lo tanto es capaz de hacer lo que desea hacer.
Sin embargo, hay ciertas puntualizaciones respecto a este carácter todopoderoso de Dios. Él no puede hacer arbitrariamente cualquier cosa que nosotros hayamos ideado. Sólo puede hacer las cosas que son objetos propios de su poder. Por lo tanto, no puede hacer cosas lógicamente absurdas o contradictorias. No puede hacer círculos cuadrados o triángulos con cuatro esquinas. No puede deshacer lo que se hizo en el pasado, aunque puede anular los efectos del mismo o incluso su recuerdo. Dios no puede actuar en contra de su naturaleza: no puede ser cruel o desconsiderado. No puede dejar de hacer lo que ha prometido. En referencia a que Dios hizo una promesa y la confirmó con un juramento, el escritor de Hebreos dice que Dios lo hizo: “para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo” (He. 6:18). Sin embargo, todas estas “inhabilidades” no son debilidades, sino fortalezas. La inhabilidad de hacer el mal o mentir o fracasar es una señal de fuerza positiva más que de fracaso.
Otro aspecto del poder de Dios es que él es libre. Aunque Dios se compromete a cumplir sus promesas, inicialmente no está obligado a hacer dichas promesas. En ninguna parte de las Escrituras se dice que la voluntad de Dios esté determinada o ligada a factores externos. Al contrario, es común atribuir sus decisiones y acciones al “placer de su voluntad” (Eudokia). Pablo en particular las atribuye a la voluntad de Dios (Ef. 1:5, 9; Fil. 2:13). Las decisiones y acciones de Dios no vienen determinadas por la consideración de otros factores a parte de él mismo, sino que son simplemente materia de su libre elección.
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