Inmanencia
Por inmanencia entendemos la presencia y la actividad de Dios en la naturaleza, en la naturaleza humana y en la historia. Hay una larga serie de referencias bíblicas pertinentes de distinto tipo. Jeremías 23:24 resalta la presencia de Dios en todo el universo: “¿Se ocultará alguno, dice Jehová, en escondrijos donde yo no lo vea? ¿No lleno yo, dice Jehová, el cielo y la tierra?” Pablo les dijo a los filósofos en la colina de Marte: “aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros, porque en él vivimos, nos movemos y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: ‘porque linajes suyo somos’” (Hch. 17:27-28).
También hay pasajes que apuntan que el espíritu de Dios origina y/o sustenta todas las cosas; todo depende de él. El libro de Job incluye varias referencias al espíritu que habita y sustenta o al aliento de Dios: “Que todo el tiempo que mi alma esté en mí y que haya hálito de Dios en mis narices” (27:3); “El espíritu de Dios me hizo y el soplo del Omnipotente me dio vida” (33:4); “Si él pusiera sobre el hombre su corazón y retirara su espíritu y su aliento, todo ser humano perecería a un tiempo y el hombre volvería al polvo” (34:14-15). De la misma manera el Salmo 104:29-30 enfatiza la dependencia que la naturaleza tiene de Dios: “Escondes tu rostro, se turban; les quitas el hálito, dejan de ser y vuelven al polvo. Envías tu espíritu, son creados y renuevas la faz de la tierra.” La creación que relata el Génesis, por supuesto, pone un énfasis especial en la implicación de Dios en el acto creativo. En Génesis 1:2, se representa al Espíritu de Dios moviéndose sobre la faz de las aguas. En 2:7 leemos que Dios sopló sobre el hombre aliento de vida y el hombre se convirtió en un ser vivo. Isaías 63:11, Miqueas 3:8 y Hageo 2:5 señalan que el Espíritu de Dios está dentro y entre su pueblo. También hay referencias que sugieren que cualquier cosa que suceda en la naturaleza es debida a Dios y está bajo su control. El enviar el sol y la lluvia, el alimentar y proteger a las aves del cielo, el vestir las flores son todo acciones atribuidas al Padre (Mt. 5:45; 6:25-30; 10:29-30).
Estos pasajes enfatizan la actividad de Dios dentro de los patrones regulares de la naturaleza. Él es el Dios de la naturaleza, de la ley natural. Incluso lo que se consideran normalmente sucesos naturales se deberían ver como la obra de Dios, porque la naturaleza y Dios no están tan separados como solemos pensar. Dios está presente en todas partes, no solo en los sucesos espectaculares o inusuales. Está obrando dentro de los individuos y por tanto en las instituciones y movimientos humanos. No hay que trazar separaciones muy grandes entre Dios y los hombres o entre Dios y el mundo.
Cuanto más se desarrolla y enfatiza el concepto de la inmanencia de Dios, más se tiende hacia una visión panteísta, en contraste con el teísmo. Dios se hace menos personal, es menos alguien con el que podemos tener una relación personal. Aunque la inmanencia en una forma extrema se parece bastante al panteísmo, sigue habiendo una diferencia entre ambas. Según el punto de vista de que Dios es inmanente, la naturaleza no tiene un estatus independiente. Como se ha señalado recientemente, la naturaleza no trasciende a Dios. Por lo tanto, naturaleza menos Dios, igual a nada. Sin embargo, Dios tiene estatus independiente de la naturaleza. Así que Dios menos naturaleza, igual a algo. En el panteísmo, la naturaleza menos Dios es igual a nada, pero Dios menos la naturaleza también es igual a nada. No tiene un estatus independiente. La creación en el sentido tradicional no tiene lugar dentro del esquema panteísta, ya que, según el panteísmo, Dios no podría haber existido antes de la creación del orden natural.
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