Liberalismo clásico
Varios movimientos liberales del siglo XX ponen un énfasis fuerte en la inmanencia divina. El liberalismo clásico, en distintos grados, considera que Dios es inmanente dentro del mundo. En gran medida, la diferencia entre el fundamentalismo y el liberalismo es una diferencia en cosmovisión. El conservador opera con un sobrenaturalismo definido: Dios reside fuera del mundo e interviene periódicamente dentro del proceso natural mediante milagros. El conservador cree que la realidad ocupa más de un nivel. Por otra parte, el liberal tiende a ver la realidad como un único nivel. No hay un ámbito sobrenatural fuera del ámbito natural. Dios está dentro de la naturaleza y no más allá o fuera de ella.
Este concepto, aplicado en distintos grados, ha tenido un impacto interesante en varias áreas de doctrina. La definición de revelación, por ejemplo, se ha hecho más generalizada. En una forma extrema, como la de Schleiermacher, la revelación es cualquier caso de percepción consciente. Por lo tanto, la Biblia es un libro que recoge las revelaciones de Dios a la humanidad. Como tal, sin embargo, no es especial; es decir, no es cualitativamente diferente de otras obras de literatura religiosa, o incluso de literatura que no se considera religiosa. Isaías, el sermón del monte, Platón, Marco Aurelio, Carlyle, Goethe, todos son vehículos de la revelación divina. Cualquier verdad, no importa donde se encuentre, es una verdad divina. Esta posición virtualmente elimina la distinción tradicional entre revelación especial y general. Otros han mantenido que hay una distinción entre la Biblia y otra literatura, pero han enfatizado que es una distinción cuantitativa más que cualitativa. Dios obra a través de muchos canales de verdad, pero en mayor grado, quizá en un grado mucho mayor, a través de los autores de las Escrituras.
El liberalismo también ha reducido la brecha entre Dios y la humanidad. La ortodoxia tradicional piensa que Dios creó a los humanos a su propia imagen, sin embargo eran totalmente distintos de Dios. La humanidad después cayó y se hizo pecadora. El liberalismo, por otra parte, dice que la naturaleza humana en sí misma contiene a Dios, un chispa de lo divino. Los liberales no creen que la naturaleza original del hombre se haya corrompido; más bien, consideran que los hombres son intrínsecamente buenos y capaces de desarrollarse más. Lo que se necesita no es una transformación radical por una gracia exterior, sino el desarrollo del potencial divino de los humanos, la amplificación de la presencia divina interior. Lo que se busca es potenciar los puntos fuertes, los ideales y las aspiraciones de la raza humana, no una alteración sobrenatural. Los humanos no necesitan una conversión, un cambio radical de dirección. Necesitan inspiración, una visión de lo que pueden llegar a ser. La vieja naturaleza no es una humanidad totalmente corrupta. Es simplemente una afinidad con el reino animal y una auto-orientación que necesita ser superada.
En consecuencia, se cree que la acción divina tiene lugar en gran medida mediante movimientos dentro de la sociedad. El mundo entero puede ser cristianizado mediante la transformación de las estructuras de la sociedad. Dios puede estar tan activo dentro de un partido político particular o una organización social como dentro de una denominación cristiana. Incluso las políticas agresivas que conducen a la guerra se ven como un medio a través del cual Dios cumple sus propósitos.
El liberalismo también modificó el punto de vista tradicional de la persona y la obra de Jesucristo. La ortodoxia o el cristianismo conservador había insistido en que Jesús era cualitativamente diferente a todos los otros seres humanos. Él poseía dos naturalezas: la divina y la humana. Con el movimiento tendente a sintetizar la naturaleza divina y humana en una, lo distintivo de Jesús se relativizó. Jesús era diferente de los otros seres humanos sólo en grado, no en clase. Era el humano con mayor conocimiento de Dios, o el que descubrió más profundamente a Dios, o la persona en la que Dios vivió más completamente. Cuando, en una serie de diálogos de radio ecuménicos, alguien resaltó que Jesús era único, un teólogo del proceso exclamó: “¿Jesús único? ¡Todo ser humano es único!” Si Dios es inmanente dentro de la humanidad, es inmanente en todas las personas en el mismo sentido. Aunque puede haber una diferencia cuantitativa en cuanto a la presencia de Dios en los distintos individuos, no hay una diferencia cualitativa en la manera de su presencia, ni siquiera en Cristo.
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