Ecumenismo: historia y estado actual
Los orígenes del ecumenismo se remontan muy atrás en el tiempo. De hecho, una historia del ecumenismo dice que podemos hablar ya de él a partir de 1517. Sin embargo, en cierto sentido el movimiento ecuménico moderno empezó en 1910 como un esfuerzo misionero cooperativo. Kenneth Scott Latourette dice: “El movimiento ecuménico fue en gran parte el resultado del movimiento misionero.” Para el contexto histórico observamos los avivamientos que sacudieron Europa y Norteamérica en los siglos XVIII y XIX. Los que participaron en esos avivamientos encontraron que tenían en común una teología y una experiencia que trascendía las líneas denominacionales. Y lo que es más importante, tenían una tarea y un propósito común que los unía: la evangelización del mundo. Los movimientos de avivamiento dieron paso a una serie de organizaciones: Young Men’s Christian Association [Asociación de jóvenes cristianos] (1844), the Evangelical Association [la Alianza evangélica] (1846), Young Women’s Christian Association [la Asociación de mujeres cristianas jóvenes] (1855) y World Student’s Christian Association [la Asociación mundial de estudiante cristianos] (1895). Aunque estas organizaciones no eran realmente ecuménicas en sí mismas, proporcionaron el terreno que más tarde facilitó la propagación de las ideas ecuménicas.
Los misioneros fueron los primeros en darse cuenta que las divisiones en las iglesias constituían un obstáculo para la evangelización. Se realizaron conferencias internacionales para el progreso de las misiones, las de Londres en 1878 y 1888 y en Nueva York en 1900 fueron particularmente significativas. Esta última, de hecho, fue denominada oficialmente la Conferencia misionera ecuménica. La asistencia fue aumentando paulatinamente. El evento crucial fue la Conferencia misionera mundial de 1910 en Edimburgo, que suele considerarse el principio del movimiento ecuménico moderno. Los dos líderes principales fueron John R. Mott y Joseph H. Oldham. El propósito era planear los pasos siguientes para la evangelización del mundo.
En una de las sesiones un delegado del Lejano oriente criticó el efecto negativo que tenían en su país las divisiones entre los misioneros. No se recuerda su nombre ni sus palabras exactas, pero tenemos una descripción de primera mano de la sustancia de sus observaciones:
"Nos habéis enviado vuestros misioneros, que nos han dado a conocer a Jesucristo, y os estamos agradecidos por ello. Pero también nos habéis traído vuestras divisiones y distinciones: unos predicáis el metodismo, otros el luteranismo, el congregacionalismo o el episcopalianismo. Nosotros os pedimos que nos prediquéis el evangelio, y que dejéis que Jesucristo mismo alce de entre nuestros pueblos, mediante la acción del Espíritu Santo, una Iglesia formada según sus requerimientos y también según el genio de nuestra raza. Esta Iglesia será la Iglesia de Cristo en Japón, la Iglesia de Cristo en China, la Iglesia de Cristo en la India; nos liberará de todos los ismos con los que vosotros nos coloreáis la predicación del Evangelio".
Maurice Villain cuenta que este discurso tuvo un efecto poderoso sobre muchos de los delegados. Ellos decidieron utilizar “cualquier medio posible... para eliminar este escándalo. Ese día había nacido el movimiento ecuménico.” Uno de los delegados, el obispo Charles Brent de la iglesia episcopal protestante, en octubre de 1910 propuso a su denominación la realización de una conferencia para estudiar los asuntos relativos a “la fe y el orden.” Otros grupos cristianos de todo el mundo serían invitados a participar en este esfuerzo. Casi simultáneamente, otras dos denominaciones americanas, los Disciples of Christ (Discípulos de Cristo) y el National Council of the Congregational Churches (Consejo nacional de las iglesias congregacionales), estaban realizando acciones similares. Como resultado de esto, se consiguió un amplio apoyo para la Conferencia mundial sobre fe y orden. Sin embargo, antes de que la conferencia se pudiera realizar estalló la primera guerra mundial.
Cuando se restableció la paz, se reiniciaron los planes para la conferencia mundial. Tuvo lugar en Lausanne, Suiza, en 1927. Dos años antes, el obispo Nathan Söderblom de Suecia había realizado en Estocolmo un Consejo cristiano universal para la vida y el trabajo. Aunque Söderblom era un pragmático que intentaba descartar las cuestiones de naturaleza doctrinal, quedó claro que tenía que haber una idea definida sobre la iglesia si se pretendía que hubiera un esfuerzo cooperador. En 1937, el movimiento de Fe y orden se reunió en Edimburgo y el de Vida y trabajo en Oxford. De estas dos reuniones surgió el establecimiento de un comité para unir el trabajo de ambos movimientos en lo que se denominó el Consejo mundial de iglesias. Sin embargo, una vez más la guerra interrumpió los planes. La verdadera formación del Consejo mundial no se produjo hasta 1948 en Amsterdam, en aquel momento se hicieron miembros 147 grupos denominacionales. Asambleas posteriores del Consejo mundial de iglesias se celebraron en Evanston, Illinois (1954), New Delhi (1961), Uppsala (1968), Nairobi (1975) y Vancouver (1983).
La declaración original de la base teológica del Consejo mundial fue breve y simple: “El Consejo mundial de iglesias es una hermandad de iglesias que acepta a nuestro Señor Jesucristo como Señor y Salvador.” Esta declaración fue criticada por no abarcar todo el espectro de creencias cristianas, y así en 1961 se adoptó una versión más amplia: “El Consejo mundial de iglesias es una hermandad de iglesias que confiesa que el Señor Jesús es Dios y Salvador según las Escrituras y por tanto pretenden juntas cumplir su llamamiento común para la gloria del único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.” También en 1961, el Concilio misionero internacional, otro movimiento con sus raíces en la conferencia de Edimburgo de 1910, se unió al Consejo mundial. Al mismo tiempo se estaba produciendo otro desarrollo significativo. El día de Navidad de 1961, el Papa Juan XXIII convocó el Concilio Vaticano II. La nueva apertura al cristianismo de los no católicos que mostraba este concilio hizo que el diálogo entre protestantes y católicos fuera pronto una realidad.
El Consejo mundial de iglesias y su afiliado en los Estados Unidos: el Consejo nacional de iglesias de Cristo, no son los únicos movimientos intereclesiales destacables. En 1941, se organizó el Concilio americano de iglesias cristianas; su equivalente global: el Concilio internacional de iglesias cristianas, se organizó algún tiempo después. A primera vista, estos grupos parecen los homólogos conservadores de los Consejos nacionales y mundiales, que intentan conseguir los mismos objetivos pero dentro de un marco teológico conservador. Sin embargo, si se observa con más detenimiento, resulta obvio que el propósito de los Concilios americano e internacional es el de oponerse a los objetivos y las posiciones de los Consejos nacional y mundial. Dirigidos por Carl McIntire, las actividades del Concilio americano incluyen el influenciar en la política del gobierno de Washington que afectan a la capellanía, a las misiones en el extranjero y a los medios de comunicación. El Concilio americano se oponía no sólo a los que tenían una inclinación liberal, sino a aquellos evangélicos inconsistentes que, aunque completamente ortodoxos, no habían roto por completo sus ataduras con el Consejo nacional. Es más, a ningún miembro con derecho a voto del Concilio americano se le permitía mantener conexión con el Consejo nacional. La tendencia a la ruptura y la fragmentación continuó dentro del movimiento.
Un año después del origen del Concilio americano de iglesias cristianas, apareció otra asociación intereclesial. Un grupo de evangélicos había organizado en 1929 la New England Fellowship (Comunión de Nueva Inglaterra), que incluía conferencias bíblicas, campamentos y emisiones radiofónicas. Algunos líderes, que tenían una visión nacional para la hermandad, enviaron invitaciones a evangélicos de todo el país para que asistieran a una sesión en St. Louis en abril de 1942. De esta sesión surgió la National Association of Evangelicals for United Action (Asociación nacional de evangélicos para la acción unida); el nombre más tarde se abrevió a National Association of Evangelicals (Asociación nacional de evangélicos).
Dos hechos sobre los inicios de la National Association of Evangelicals reflejan su naturaleza y sus propósitos distintivos:
1. El nombre original apunta hacia su orientación hacia la acción práctica; a este respecto la asociación se parece a la conferencia de Edimburgo de 1910.
2. El principal objetivo del nuevo grupo fue la acción cooperativa constructiva, y no la de criticar al Consejo nacional o al Consejo mundial. Podríamos denominar a este un grupo de acción ecuménico evangélico.
Una cosa quedó clara. Miles habían llegado a la conclusión de que no podían seguir cooperando con el Consejo federal [nacional] de iglesias. Pero a los evangélicos no les interesaba preparar declaraciones y perder el tiempo con estrategias agresivas para reformar o destruir el Consejo. Creían que ya se había perdido demasiado tiempo y energía, dinero y talento en tales esfuerzos. Deseaban un programa constructivo, agresivo, dinámico y unificado de acción evangélica en los terrenos de la evangelización, las misiones, la educación cristiana y cualquier otra esfera de la fe cristiana. Querían una base doctrinal sólida para ese tipo de acción. Buscaban el liderazgo en estos campos. Creían que el tiempo había venido a demostrar la validez de su fe y la habilidad de los evangélicos para trabajar juntos y realizar juntos un gran programa constructivo.
La National Association of Evangelicals funciona a través de varias comisiones. Su periódico, Action (anteriormente United Evangelical Action) expresa los puntos de vista de sus miembros.
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