Evangelización
El tema en el que se hace hincapié en ambos relatos de las últimas palabras de Jesús a sus discípulos es el de la evangelización. En Mateo 28:19 les dice: “Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones”. En Hechos 1:8 dice: “pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra”. Este fue el énfasis final que Jesús hizo a sus discípulos. Parece que consideraba que la evangelización era la razón misma de su existencia.
La llamada a la evangelización es un mandato. Habiendo aceptado a Jesús como Señor, los discípulos se habían puesto bajo su mando y estaban obligados a hacer lo que pedía. Porque él les había dicho: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Jn. 14:15); “El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama” (v. 21a); y “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando” (Jn. 15:14). Si los discípulos amaban de verdad a su Señor, llevarían a cabo su llamamiento de evangelizar. Para ellos no era una opción.
Sin embargo, los discípulos no fueron enviados sin ayuda. Jesús precedió su comisión con esta declaración: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mt. 28:18). Teniendo toda la autoridad, comisionó a sus discípulos como agentes. Por lo tanto, tenían el derecho de ir y evangelizar a todas las naciones. Además, Jesús prometió a sus discípulos que el Espíritu Santo vendría a ellos y ellos recibirían el poder. Por lo tanto estaban autorizados y capacitados para realizar la tarea. Es más, se les aseguró que no estarían solos. Aunque él estaría alejado corporalmente de ellos, no obstante estaría con ellos espiritualmente hasta el fin del mundo (Mt. 28:20).
Fijémonos también en la extensión de la comisión: abarca todo. En Mateo 28:19 Jesús habla de “todas las naciones,” y en Hechos 1:8 hace una enumeración específica: “recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra.” Hay distintos temas implicados en los diferentes niveles de este mandamiento.
Jerusalén, por supuesto, era la vecindad inmediata. Aunque no era el territorio natal del círculo más íntimo de los discípulos (estos eran de Galilea), era el lugar de Pentecostés. Como los primeros convertidos tenían muchos contactos cercanos en Jerusalén, fue algo natural que la iglesia diera testimonio y se extendiera allí. Sin embargo, Jerusalén era también el lugar más difícil para dar testimonio, porque era el lugar en el que se había producido el escándalo de los últimos días de Cristo, y especialmente su muerte humillante por crucifixión. Habría una desconfianza natural e incluso quizá un rechazo a la presentación del mensaje del Salvador. Por otra parte, una ventaja de dar testimonio en Jerusalén era que la gente vivían lo suficientemente cerca unos de otros como para unirse en una congregación si es que decidían hacerlo.
Más allá de Jerusalén, los discípulos tenían que dar testimonio en “toda Judea.” Esta área básicamente era homogénea en pensamiento y costumbres, porque sus habitantes eran judíos, y judíos de Judea además. Sin embargo, muchos de ellos estaban demasiado alejados del centro de Jerusalén como para reunirse allí. En consecuencia, el cumplimiento de esta parte de la comisión traería consigo el establecimiento de congregaciones adicionales.
Quizá la parte más “desagradable” de la comisión para los discípulos fuera la tercera: la de “en Samaria.” Esto les conducía hacia la gente que más difícil les resultaba amar, y que probablemente menos receptiva estaría al mensaje porque lo llevaban los judíos. Los judíos y los samaritanos habían estado en conflicto durante mucho tiempo. El desacuerdo se remontaba al tiempo en que los judíos regresaron de su cautiverio en Babilonia. Los samaritanos eran el producto de la unión entre los israelitas que no habían sido deportados por los asirios y varios colonizadores extranjeros a quienes los asirios después enviaron para repoblar la zona. Cuando los judíos regresaron de Babilonia y empezaron a reconstruir el templo, los samaritanos se ofrecieron a ayudar, pero su oferta fue rechazada. Desde ese momento, hubo desencuentros entre ambos grupos. Esto es evidente en los relatos de los evangelios sobre el ministerio de Jesús. Cuando Jesús pidió agua a la samaritana, ella respondió: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?” Juan comenta “porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí” (Jn. 4:9). Este fue un encuentro inusual, porque Jesús y sus discípulos normalmente no pasaban por Samaria; preferían cruzar el río Jordán y viajar a través de Perea cuando iban de Galilea en el norte a Judea en el sur. Jesús proporciona fuerza adicional a su parábola sobre amar al prójimo haciendo que su héroe sea un samaritano (Lc. 10:29-37). Los judíos pretendían insultar a Jesús cuando preguntaron: “¿No decimos bien nosotros, que tú eres samaritano y que tienes demonio?” (Jn. 8:48). Es posible que pretendiesen que el primer insulto (al cual Jesús no respondió) fuera el más humillante de los dos. Seguramente los samaritanos eran la gente con la que los judíos menos querían verse incluidos en una iglesia, sin embargo, Jesús dijo: “Me seréis testigos.... en Samaria.”
Finalmente los discípulos tenían que dar testimonio “hasta lo último de la tierra.” No había restricción geográfica para su comisión. Tenían que llevar el mensaje del evangelio a todo el mundo, a todas las naciones y a todo tipo de gente. Por supuesto, esto no podían hacerlo por sí solos. A medida que iban convirtiendo gente, estos convertidos irían a su vez evangelizando a otras personas. Por lo tanto, el mensaje se iría extendiendo en círculos cada vez más amplios, y la tarea al final se completaría.
Por lo tanto, para que la iglesia sea fiel a su Señor y traiga gozo a su corazón, debe tratar de llevar el evangelio a todos. Esto incluye a gente que por naturaleza no suele agradarnos. Se extiende a las personas que son diferentes a nosotros. Y va más allá de nuestra esfera inmediata de contactos e influencia. En un sentido verdaderamente auténtico, la evangelización local, la extensión de la iglesia o la fundación de iglesias, y la misión mundial son la misma cosa. La única diferencia reside en la longitud de su radio de acción. La iglesia debe obrar en todas estas áreas. Si no lo hace, se volverá espiritualmente enferma, porque intentará funcionar de una manera que nunca fue la que el Señor pretendía.
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