La teología de la muerte de Dios
Otro movimiento del siglo XX que enfatizó la inmanencia de Dios es la teología de la muerte de Dios. Aunque hay muchos matices en la expresión “la muerte de Dios,” lo que se quiere decir es que Dios en un tiempo existió trascendentalmente como lo que Thomas Altizer denomina el ser primordial. Sin embargo, a lo largo de un extenso periodo de tiempo, Dios abandonó ese estatus separado y trascendente y se hizo inmanente dentro de la naturaleza y la raza humana. Mediante una serie de pasos Dios pasó a identificarse con la humanidad. Este proceso se completó en la persona de Jesús. Con su venida a la tierra, Dios se convirtió irrevocablemente en parte del mundo. La muerte de Dios fue, por tanto, como un suicidio del Dios primordial, esto es, un abandono voluntario de su estatus primordial. Dejó de tener una existencia aparte de los seres humanos. Con la venida de Jesús, empezó un proceso de difusión de la naturaleza divina, y ahora lo encontramos en la humanidad. Por lo tanto ahora vemos a Jesús en cada una de las personas de la raza humana. Como el mismo Jesús dijo, se le puede encontrar en nuestros congéneres. Las obras de misericordia y amor que se hagan a otros serán hechas a él (Mt. 25:31-40). Como dijo William Hamilton: “Jesús está en el mundo enmascarado.” Le encontramos escondido tras las caras de todos los seres humanos.
Con la difusión de la naturaleza divina, la línea divisoria entre lo sagrado y lo secular ha quedado eliminada para los propósitos prácticos. Tradicionalmente, había que encontrar a Dios en prácticas religiosas distintivas como la alabanza, la oración y la meditación. Ya no encontramos a Dios dentro de estas actividades. Tales prácticas ahora carecen prácticamente de sentido. Si hay que recapturar el sentido de Dios, es tan probable hacerlo mediante la participación en los movimientos de derechos civiles como orando en una catedral, quizá incluso más de la primera manera. Como ocurría en los casos del liberalismo y de Tillich, la teología de la muerte de Dios tiende a abandonar la dimensión personal de la experiencia religiosa. Hamilton, en un discurso sobre la inacabada agenda para la teología de la muerte de Dios, señaló que el estatus de la alabanza y la oración es problemático.
Este movimiento, pues, es poco más que un humanismo colocado en el contexto de los símbolos y la arquitectura religiosa. La dimensión de un Dios personal y trascendente está tan perdida que hay poca base para identificar una experiencia como religiosa si no por el hecho de tener un carácter místico. Es más, la ética cristiana practicada aquí tiene muy poca base ideológica. Los principios doctrinales que una vez sirvieron de cimiento para la práctica ética se han perdido; solo permanece la superestructura de la ética, quizá un vestigio emocional de tiempos pasados.
A estas alturas deberíamos señalar que la Biblia confirma la inmanencia de Dios, pero dentro de unos límites definidos. Cuando estos límites se sobrepasan, surgen los problemas. Por una parte, resulta difícil distinguir la obra de Dios de todo lo demás, incluso la actividad demoníaca en el mundo y la sociedad. Karl Barth observó esto en dos momentos diferentes. Durante la primera guerra mundial, algunos cristianos alemanes identificaron la política bélica del káiser Wilhelm como la obra de Dios para cumplir con sus propósitos. Después, en 1930, algunos cristianos consideraron la política de Adolf Hitler y el nazismo como la actividad de Dios en el mundo. En cada caso, la suposición de que todo lo que ocurre es voluntad de Dios condujo a creyentes sinceros a aceptar y apoyar lo que en realidad era maligno y anticristiano. Este es uno de los peligros de exagerar la inmanencia de Dios. Si Dios es totalmente inmanente dentro de la creación y la historia, no hay un estándar objetivo externo para realizar una evaluación ética. Cuando enfatizamos sobremanera la inmanencia a expensas de la trascendencia, Dios se convierte prácticamente en una etiqueta para las aspiraciones, los ideales y los valores humanos más altos. Edward Scribner Ames dice que Dios es como el alma máter o el Tío Sam. Seguro que esto no es lo que tradicionalmente se ha denominado cristianismo.
Es más, como hemos señalado anteriormente, la dimensión personal de Dios se pierde. No es posible conseguir una comunión, una relación recíproca con un dios completamente inmanente. La actividad religiosa se convierte únicamente en una versión de varios tipos de actividad social. Aunque Jesús dijo: “cuanto le hicisteis a uno de mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mt. 25:40), no dijo que este sea el único medio de mostrarle amor. Aunque el segundo gran mandamiento es “Amarás a los otros como a ti mismo,” este mandamiento no sustituye ni cumple totalmente el primero: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.”
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