La unidad de Dios

La religión de los antiguos hebreos era una fe rigurosamente monoteísta, como lo es sin duda la religión judía hoy en día. La unidad de Dios fue revelada a Israel en distintos momentos y de diferentes maneras. Los diez mandamientos, por ejemplo, empiezan con la declaración: “Yo soy Jehová, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de mí.” (Éx. 20:2-3). Lo que el hebreo traduce aquí como “delante de mí” o “a mi lado” es 'alpanai', que literalmente significa “en mi cara.” Dios había demostrado su realidad única con lo que había hecho, y por tanto se le debía la alabanza, la devoción y la obediencia exclusiva de Israel. Ningún otro de los que decían ser dioses lo había demostrado así.

La prohibición de idolatría, el segundo mandamiento (v. 4) también se asienta en la característica de que Dios es único y especial. No tolerará que se adore a ningún objeto construido por el hombre, porque sólo él es Dios. El rechazo del politeísmo se puede ver por todo el Antiguo Testamento. Dios demuestra una y otra vez su superioridad frente a los otros que reclamaban ser dioses. Por supuesto, se podría decir que esto no basta para probar de forma concluyente que el Antiguo Testamento requiere el monoteísmo. Podría ser que fueran los otros dioses (por ejemplo, los dioses de otras naciones) los que son rechazados por el Antiguo Testamento, pero que hubiera más de un Dios verdadero para los israelitas. En respuesta, debemos señalar que a lo largo de todo el Antiguo Testamento se asume claramente que hay un sólo Dios de Abraham, Isaac y Jacob y no muchos (por ejemplo en Éx. 3:13-15).

Una indicación más clara de la unidad de Dios es el Shema de Deuteronomio 6, cuyas grandes verdades se ordenó que aprendiera el pueblo de Israel y que las inculcara a sus hijos. Tenían que meditar sobre estas enseñanzas (“Estas palabras... estarán sobre tu corazón,” v. 6). Tenían que hablar de ellas en casa y por el camino, al acostarse y al levantarse (v. 7). Tenían que utilizar señales visuales para llamar la atención sobre ellas: atarlas en la mano, ponerlas como frontales entre los ojos, escribirlas en los portales de las casas y en las puertas. Una es una frase declarativa; la otra es imperativa, una orden. “Oye Israel: Jehová, nuestro Dios, Jehová uno es” (v. 4). Aunque sobre esto hay varias traducciones legítimas del hebreo, todas enfatizan de la misma manera la especial, incomparable deidad de Jehová. La segunda gran verdad que Dios quiere que aprenda y enseñe el pueblo de Israel es un mandamiento basado en ese carácter especial: “Amarás a Jehová, tu Dios, de todo tu corazón, de toda tu alma y con todas tus fuerzas” (v. 5). Como es uno, no tiene que haber división en el compromiso de Israel. Después del Shema (Dt. 6:4-5), los mandamientos de Éxodo 20 prácticamente se repiten. En términos positivos se le dice al pueblo de Dios: “A Jehová, tu Dios, temerás, a él solo servirás y por su nombre jurarás” (Dt. 6:13). En términos negativos se les dice: “No vayáis detrás de dioses ajenos, de los dioses de los pueblos que están en vuestros contornos” (v. 14). Dios es claramente un Dios único, impidiendo la posibilidad de que ninguno de los dioses de los pueblos vecinos pueda ser real y por lo tanto que merezca ser servido y adorado (cf. Éx. 15:11; Zac. 14:9).

La enseñanza sobre la unidad de Dios no queda restringida al Antiguo Testamento. Santiago 2:19 elogia creer en un único Dios, aunque señala que esto es insuficiente para la justificación. Pablo también resalta la singularidad de Dios. El apóstol escribe cuando discute sobre comer la carne que se ha ofrecido a los ídolos: “Sabemos que un ídolo nada es en el mundo, y que no hay más que un Dios... el Padre, del cual proceden todas las cosas y para quien nosotros existimos; y un Señor Jesucristo, por medio del cual han sido creadas todas las cosas y por quien nosotros también existimos” (1 Co. 8:4, 6). Aquí Pablo, como la ley Mosaica, excluye la idolatría basándose en que sólo hay un único Dios. De forma similar, Pablo escribe a Timoteo: “Pues hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos” (1 Ti. 2:5-6). Aunque aparentemente estos versículos parecen hacer una distinción entre Jesús y el Dios único, el Padre, la idea básica de la frase anterior es que sólo Dios es el verdadero Dios (los ídolos no son nada); y la idea principal de la última frase es que sólo hay un Dios, y que sólo hay un mediador entre Dios y los humanos.