El modelo de trascendencia de Karl Barth
En el siglo XX, aparece un énfasis nuevo e importante sobre la trascendencia de Dios en el pensamiento y la obra de Karl Barth, en particular en sus primeros trabajos y de forma más destacada en su obra "Römerbrief" (Comentario sobre la epístola a los romanos). En esa obra se pone el énfasis en el Dios desconocido. Dios es completamente otro, inmensamente por encima del resto de las deidades del mundo de los tiempos de Pablo y de todas las deidades que crea el pensamiento moderno.
Dios no es un aspecto de los seres humanos o lo mejor de la naturaleza humana. Está separado de la humanidad por una distinción cualitativa infinita. Entre los humanos no hay una chispa de afinidad con lo divino, no hay habilidad para producir revelación divina, en ellos no hay nada que recuerde que hay una semejanza con Dios. Es más, Dios no está implicado en la naturaleza o condicionado por ella. Está libre de todas esas limitaciones. Ni nosotros lo conocemos realmente. Está oculto; no puede ser descubierto con nuestro esfuerzo, ni verificado con nuestras pruebas intelectuales, ni lo podemos entender con nuestros conceptos. El vigoroso ataque de Barth a todas las formas de teología natural era una expresión de su creencia en la trascendencia divina. La revelación se produce sólo por iniciativa de Dios; y cuando se produce, no se hace mediante la cultura general. Se produce, en lenguaje de Barth, verticalmente desde arriba. El hombre nunca puede de ninguna manera hacer de Dios su posesión.
A juicio de muchos teólogos, incluido el propio Barth más adelante, el primer punto de vista de Barth sobre la trascendencia era extremo. Tomado en su forma más literal, parecía cortar prácticamente toda posibilidad real de comunicación entre Dios y la humanidad. Había una distinción demasiado severa entre Dios y la humanidad, un rechazo demasiado profundo a la cultura. Pero esto fue una corrección muy necesaria al enfoque antropocéntrico de gran parte del inmanentismo del siglo XIX. La cuestión para nosotros es si podemos expresar la trascendencia de Dios de una forma menos extrema que tenga sentido en el siglo XXI. No hace falta tratar de hacer que la doctrina sea aceptable para la gente secular del siglo XXI, pero al menos podemos proporcionar a los cristianos contemporáneos un modelo de pensamiento que deje claro que Dios es espiritual y metafísicamente distinto a los humanos y a la naturaleza.
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