El modelo tradicional de la trascendencia de Dios

Es obvio que la concepción bíblica depende en gran medida de las imágenes espaciales. Se piensa en Dios como “el que está más alto” “el que está arriba” “el alto y sublime.” No es sorprendente que en un mundo donde el hombre todavía no podía volar, ni conseguiría hacerlo en mucho tiempo, se expresase la superioridad en términos de elevación.

Sin embargo, hoy es difícil si no imposible para las personas sofisticadas concebir la trascendencia de Dios de esta manera. Hay dos razones para esta dificultad, una que deriva de la cultura general y la otra de carácter teológico. Por una parte, las simples referencias a “arriba” y “abajo” son inadecuadas hoy en día. Nuestro conocimiento de que la tierra no es una superficie plana y que forma parte de un sistema heliocéntrico que a su vez está dentro de un universo más grande ha hecho que esta suposición sea insostenible. Es más, lo que para un americano es “arriba” es “abajo” para un australiano, y viceversa. Por tanto, no podemos tratar de explicar la trascendencia utilizando una dimensión vertical. Hablar de Dios “ahí fuera” en vez de “ahí arriba” soluciona este problema, pero no resuelve el problema teológico.

El problema teológico tiene que ver con la naturaleza de Dios. La cuestión de la situación espacial no es aplicable a Dios. No es un ser físico; por consiguiente, no tiene dimensiones espaciales de localización y extensión. No tiene sentido hablar de Dios como si se pudiera localizar en unas determinadas coordinadas astronómicas, o como si se pudiese llegar a él haciendo un viaje lo suficientemente lejos en una nave espacial. Es un espíritu, no un objeto.

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