El pueblo de Dios
Pablo escribió sobre la decisión de Dios de hacer a los creyentes su pueblo: “Habitaré y andaré entre ellos; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (2 Co. 6:16). La iglesia se compone del pueblo de Dios. Ellos le pertenecen y él les pertenece a ellos.
El concepto de iglesia como pueblo de Dios resalta la iniciativa de Dios al escogerlos. En el Antiguo Testamento no adopta como propia a una nación existente, sino que realmente creó un pueblo para sí mismo. Escogió a Abraham y después, a través de él, creó al pueblo de Israel. En el Nuevo Testamento, este concepto de que Dios escoge a un pueblo se amplía para incluir tanto a judíos como a gentiles dentro de la iglesia. Así Pablo escribe a los tesalonicenses: “Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad. Para esto él os llamó por medio de nuestro evangelio: para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo” (2 Ts. 2:13-14; ver también 1 Ts. 1:4).
Entre los textos del Antiguo Testamento en los que se identifica a Israel como el pueblo de Dios está Éxodo 15:13, 16. Cantando al Señor después de cruzar el Mar Rojo, Moisés señala que Dios ha redimido a Israel y que son su pueblo: “Condujiste en tu misericordia a este pueblo que redimiste. Lo llevaste con tu poder a tu santa morada... ¡Que caiga sobre ellos [Edom, Moab y los habitantes de Canaán] temblor y espanto! Ante la grandeza de tu brazo enmudezcan como una piedra, hasta que haya pasado tu pueblo, oh Jehová, hasta que haya pasado este pueblo que tú rescataste”.
Otras alusiones a Israel como el pueblo de Dios son Números 14:8; Deuteronomio 32:9-10; Isaías 62:4; Jeremías 12:7-10 y Oseas 1:9-10; 2:23. En Romanos 9:24-26 Pablo aplica las declaraciones que aparecen en Oseas sobre que Dios incluye tanto a judíos como a gentiles: “A estos también ha llamado, es decir, a nosotros, no solo de los judíos, sino también de los gentiles”. Como también en Oseas dice: “Llamaré pueblo mío al que no era mi pueblo, y a la no amada, amada. Y en el lugar donde se les dijo: ‘Vosotros no sois pueblo mío’, allí serán llamados ‘hijos del Dios viviente’”(1:10).
El concepto de Israel y la iglesia como el pueblo de Dios contiene varias implicaciones. Dios se enorgullece de ellos. Cuida y protege a su pueblo; los guarda como “a la niña de su ojo” (Dt. 32:10). Finalmente espera que sean su pueblo sin reservas y sin dividir su lealtad. El derecho exclusivo que Jehová tiene sobre su pueblo se expresa en la historia del derecho exclusivo de Oseas sobre su mujer infiel Gomer. Todo el pueblo de Dios está marcado con una marca especial por así decirlo. En el Antiguo Testamento, la circuncisión era la prueba de que se pertenecía a Dios. Se exigía que todos los niños varones del pueblo de Israel, así como todos los conversos y los discípulos lo estuvieran. Era el signo externo del pacto que les convertía en pueblo de Dios. Era también un signo subjetivo del pacto que era aplicado individualmente a cada persona, mientras que el arca del pacto servía como signo objetivo para todo el grupo.
En lugar de la circuncisión externa de la carne que encontramos en la administración del pacto antiguo, en el nuevo pacto nos encontramos con la circuncisión interna del corazón. Pablo escribió: “sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu y no según la letra” (Ro. 2:29; ver también Fil. 3:3). Mientras que en el Antiguo Testamento, o con el antiguo pacto, el pueblo de Dios había sido la nación de Israel, en el Nuevo Testamento la inclusión en el pueblo de Dios no se basaba en la identidad nacional: “porque no todos los que descienden de Israel son israelitas” (Ro. 9:6). Es su inclusión en el pacto lo que distingue al pueblo de Dios; está formado por todos aquellos que “ha llamado, es decir, ...no solo de los judíos, sino también de los gentiles” (v. 24). Para Israel el pacto era el pacto de Abraham, para la iglesia es el nuevo pacto hecho y establecido por Cristo (2 Co. 3:3-18).
Del pueblo de Dios se espera una particular cualidad de santidad. Dios siempre esperó que Israel fuera pura o santificada. Como la esposa de Cristo la iglesia también debe ser santa: “Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviera mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa y sin mancha” (Ef. 5:25b-27).
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