Egoísmo e inquietud
También aparece un incremento del egoísmo como resultado del pecado. De muchas maneras el pecado es un volverse hacia uno mismo que se confirma con la práctica. Llamamos la atención sobre nosotros mismos y nuestras buenas cualidades y logros, minimizando nuestros fallos. Buscamos favores especiales y oportunidades en la vida, queriendo tener ventajas que no tenga nadie. Estamos alerta hacia nuestros propios deseos y necesidades, mientras que ignoramos los de los demás.
Finalmente, el pecado produce inquietud. Hay un cierto carácter insaciable en el pecado. Nunca hay una satisfacción total. Aunque algunos pecadores pueden tener una relativa estabilidad durante un tiempo, el pecado al final pierde su habilidad para satisfacer. Como el hábito a una droga, se aumenta la tolerancia, y resulta más fácil pecar sin sentir punzadas de culpa. Además se necesita una dosis más grande para producir los mismos efectos. En el proceso, nuestros deseos aumentan tan rápidamente como nuestra capacidad para satisfacerlos o incluso más rápido. Se dice que a la pregunta “¿Cuánto dinero necesita un hombre para sentirse satisfecho?” John D. Rockefeller respondió: “Sólo un poco más.” Como un mar inquieto y agitado, los malvados nunca alcanzan la paz.
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