Huida de la realidad
El pecado también trae como resultado el no querer enfrentarse a la realidad. No enfrentamos de forma realista las dimensiones duras de la vida, y especialmente las consecuencias de nuestro pecado, en particular, el crudo hecho de la muerte (He. 9:27). Una manera de evitar este hecho es mediante el lenguaje positivo. Ya nadie se muere; sino que “fallece.” Se hace parecer la muerte como un viajecito placentero. Ya no hay cementerios ni tumbas en nuestra sociedad moderna. En su lugar tenemos “parques memoriales.” Y la experiencia de envejecer, que señala la proximidad de la muerte, se enmascara cuidadosamente con eufemismos como “personas mayores” y “edad dorada,” incluso con “segunda juventud.” Esto de disfrazar o ignorar la muerte a veces es una manera de negarla, que en realidad es un signo de miedo a la muerte. La supresión de la idea de que la muerte es la paga del pecado (Ro. 6:23) subyace en la mayoría de nuestros intentos por evitar pensar en ella.
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