Insensibilidad
El pecado también produce insensibilidad. A medida que continuamos pecando y rechazando las advertencias y las condenas de Dios, vamos respondiendo cada vez en menor medida a los avisos de la conciencia. Aunque al principio uno puede sentir pesar al cometer una equivocación, el resultado final del pecado es que ya no nos mueve la Palabra y el Espíritu. Con el tiempo incluso se pueden cometer pecados muy serios sin sentir ningún remordimiento. Un caparazón, una costra espiritual, por así decirlo, crece en nuestra alma. Pablo habla de aquellos que “tienen cauterizada la conciencia” (1 Ti. 4:2) y de aquellos cuyas mentes se han oscurecido por haber rechazado la verdad (Ro. 1:21). Quizá el ejemplo más claro en el ministerio de Jesús sean los fariseos, que, habiendo visto los milagros de Jesús y oído sus enseñanzas, atribuyeron lo que era obra del Espíritu Santo a Belcebú, el príncipe de los demonios.
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