Una revaluación de lo que constituye el bien y el mal
Puede que algunas cosas que catalogamos como buenas o malas en realidad no lo sean. Nos inclinamos a identificar lo bueno con lo que nos es placentero en un momento dado y lo malo con lo que nos es personalmente desagradable, incómodo o perturbador. Sin embargo, la Biblia parece ver las cosas de forma diferente. Pensemos brevemente en tres puntos que indican que la identificación del mal con lo desagradable es incorrecto:
1. Debemos pensar en la dimensión divina. Lo bueno no se define según lo que ofrece placer personal a los humanos de forma directa. Hay que definir lo bueno en relación con la voluntad y el ser de Dios. Lo bueno es lo que le glorifica, lo que cumple su voluntad, lo que está conforme a su naturaleza. La promesa de Romanos 8:28 es citada a menudo demasiado a la ligera por los cristianos: “Sabemos, además, que a los que aman a Dios, todas las cosas los ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.” Pero ¿qué es este bien? Pablo nos da la respuesta en el versículo 29: “A los que antes conoció, también los predestinó para que fueran hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.” Esto es pues lo bueno: no la salud y la riqueza personal, sino el ser conformes con la imagen del hijo de Dios, no nuestra comodidad a corto plazo, sino nuestro bien a largo plazo.
Al considerar la dimensión divina debemos también señalar la superior sabiduría y conocimiento de Dios. Puede que no seamos los mejores jueces de lo que es bueno y lo que es dañino para nuestro bienestar. A mí me puede parecer bueno comer caramelos dulces y pegajosos. Mi dentista (a menos que sólo le preocupe el dinero) puede pensar de forma distinta, y alguna vez puede que me despierte en medio de la noche con un recordatorio doloroso de que el médico tiene un conocimiento superior sobre lo que es bueno y malo para mi higiene dental. De forma similar las comidas sabrosas y grasientas pueden parecerme buenas, pero mi médico las considera malas. Así muchos de nuestros juicios sobre el bien y el mal se formulan basándonos en datos muy incompletos, resultado directo de ser seres humanos y finitos, pero el Dios infinitamente sabio juzga las mismas materias de forma bastante diferente. Los preceptos morales que da, que a mi me parecen tan tediosos y me causan tantos problemas, puede que él sepa que al final actuarán a mi favor.
2. Debemos tener en cuenta la dimensión del tiempo o la duración. Algunos males que experimentamos son bastante molestos a corto plazo, pero a largo plazo funcionan para traer un bien más grande. El daño que hace el torno del dentista y el dolor del postoperatorio pueden parecer males severos, pero en realidad son pequeños si pensamos en los efectos a largo plazo que surgen de ellos. Las Escrituras nos animan a evaluar nuestro sufrimiento temporal sub specie aeternitatis (bajo la luz de la eternidad). Pablo dijo: “Tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Ro. 8:18). También escribió: “pues esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria” (2 Co. 4:17; cf. He. 12:2 y 1 P. 1:6-7). Un problema a menudo queda magnificado por su proximidad a nosotros, y se hace desproporcionado en relación con otros asuntos pertinentes. Una buena pregunta a realizar sobre cualquier mal aparente es: “¿Cuánta importancia tendrá esto para mí dentro de un año? ¿Dentro de cinco? ¿Dentro de un millón de años?”
3. Está la cuestión de la extensión del mal. Tendemos a ser bastante individualistas en nuestra evaluación del bien y del mal. Pero este es un mundo grande y complejo, y Dios tiene muchas personas de las que ocuparse. La lluvia del sábado que estropea el picnic familiar o la partida de golf me pueden parecer males a mí, pero son de gran beneficio para los granjeros cuyos campos resecos rodean el campo de golf o el parque y también para mucha más gente que depende de las cosechas de esos granjeros, cuyo precio variará dependiendo de la escasez o la abundancia de las mismas. Lo que es malo desde una perspectiva estrecha puede por lo tanto no ser más que un inconveniente, y desde un marco de referencia más amplio, un gran bien para mucha más gente. Desde luego Dios puede hacer milagros para que todo el mundo tenga lo que necesite o quiera, pero este no tiene por qué ser el mejor medio de actuar, ya que la constancia es necesaria en la creación.
Parte de lo que estamos diciendo aquí es que lo que parece malo puede en algunos casos ser el medio para conseguir un fin mejor. Este parece ser un caso de una visión consecuencialista de la ética, que define el bien como cualquier cosa que produce buenas consecuencias. Sin embargo, hay que señalar que lo que hace que algo sea bueno es que Dios lo haya deseado y planeado. Dios se ocupa de que sus planes se cumplan y traigan buenas consecuencias. En otras palabras, como los planes de Dios son buenos (esto es, son voluntad de Dios) tienen buenas consecuencias. No es que los planes y las acciones de Dios sean buenos por sus consecuencias. Para decir esto de otra manera: con respecto a la bondad de acciones específicas en las que Dios no ha revelado su voluntad de una forma precisa, las buenas consecuencias tienen un valor epistemológico, pero no ontológico. Las buenas consecuencias pueden indicar que estas acciones han fomentado el plan de Dios, y por lo tanto deberían ser consideradas buenas; pero las buenas consecuencias no hacen que estas acciones sean buenas. Lo que hace que estas acciones sean buenas es que Dios las ha deseado.
Crea tu propia página web con Webador