Los beneficios de la adopción
El significado o la importancia de la adopción resulta más aparente cuando examinamos sus efectos en la vida del creyente. Uno de estos es, por supuesto, el perdón. Ya que Dios nos has perdonado, Pablo nos impulsa a perdonar a los demás: “Antes sed bondadosos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Ef. 4:32). Tenemos que ser amables y misericordiosos porque Dios nuestro Padre no ha dudado en perdonarnos. Se deleita con el perdón; es misericordioso, amable y tierno (Dt. 5:10; Sal. 103:8-14). No es un Padre estricto o severo. No hay que temerlo, sino que hay que confiar en él. Nuestra adopción significa que hay un perdón continuado. Si Dios fuera nuestro juez, nuestros pecados pasados nos serían perdonados, pero eso no nos aseguraría el perdón de nuestros pecados futuros. En la ley uno no puede ser culpable o quedar absuelto antes de que el acto en cuestión suceda; no se puede pagar una multa o cumplir una condena por anticipado. Sólo tras el acto mismo se puede pagar la pena y realizar la justificación. En claro contraste, no es necesario temer que la gracia de Dios vaya a cesar y que seamos tratados de forma severa si nos equivocamos una vez. Dios realmente es nuestro Padre, no un policía. Tenemos paz con Dios, como señaló Pablo en Romanos 5:1. Nuestra adopción y el perdón de Dios son eternos.
Nuestra adopción también implica reconciliación. No sólo nos ha perdonado Dios, sino que también nos hemos reconciliado con él. Ya no tenemos enemistad hacia él. Dios ha mostrado su amor por nosotros tomando la iniciativa al recuperar la comunión dañada por el pecado. Como dijo Pablo: “Pero Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros... porque, si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Ro. 5:8,10). En la adopción las dos partes se reconcilian.
También existe libertad para los hijos de Dios. El hijo de Dios no es un esclavo que obedece por un sentido de servidumbre o de obligación. Los esclavos viven con temor a las consecuencias de realizar sus obligaciones, pero Pablo señala que como hijos de Dios no deberíamos temer las consecuencias de no ser capaces de vivir según la ley: “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios, pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: “¡Abba, Padre!”. El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Ro. 8:14-16). Un pensamiento similar se expresa en Gálatas 3:10-11. Somos personas libres. No estamos obligadas por la ley de la misma manera que los esclavos o los sirvientes.
Sin embargo, esta libertad no es libertinaje. Siempre hay alguien que pervierte su libertad. Pablo hace una advertencia a esa gente: “Vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros, porque toda la Ley en esta sola palabra se cumple: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Pero si os
mordéis y os coméis unos a otros, mirad que también no os destruyáis unos a otros. Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne” (Gá. 5:13-16). Los creyentes sirven a Dios no por miedo o por presión, sino por una motivación más grande: su amistad con él. Jesús dijo: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre os las he dado a conocer” (Jn. 15:14-15). Antes en el mismo discurso había hecho afirmaciones similares: “Si me amáis, guardad mis mandamientos... El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él” (Jn. 14:15, 21). El creyente cumple los mandamientos, no por miedo de un amo cruel y duro, sino por amor a un Padre amable y cariñoso.
La adopción significa que el cristiano es el receptor del cuidado paternal de Dios. Pablo señaló que “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Ro. 8:16-17). Como herederos tenemos a nuestra disposición los recursos ilimitados del Padre. Pablo señaló esto a los filipenses: “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús" (Fil. 4:19). El creyente puede orar con confianza, sabiendo que no existe límite en lo que Dios es capaz de hacer. Según Jesús, el padre que alimenta las aves y viste los lirios del campo cuida incluso más de sus hijos humanos (Mt. 6:25-34). Su provisión siempre es sabia y amable (Lc. 11:11-13).
Sin embargo, no se debería pensar que Dios es indulgente y permisivo. Es nuestro Padre celestial, no nuestro Abuelo celestial. Por lo tanto, la disciplina es una de las características de nuestra adopción. En la epístola a los hebreos hay una discusión bastante amplia sobre este tema (12:5-11). Citando Proverbios 3:11-12, el escritor comenta: “Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? (v. 7). La disciplina puede que no resulte agradable en el momento en el que se aplica, pero resulta beneficiosa a largo plazo. El amor es preocupación y acción por el bienestar final del otro. Por lo tanto, la disciplina se debería considerar como una prueba de amor más que como una falta de él. No siempre se piensa en ello como un beneficio de la adopción, pero no obstante es un beneficio. Dios varias veces se refiere a Israel como su hijo (Éx. 4:22; Jer. 31:9; Os. 11:1). Por rebelde e impetuoso que sea ese hijo, Dios no lo abandona. Por lo tanto, no debemos preocuparnos de que Dios nos rechace cuando nos alejemos. Si se mantuvo unido a Israel a pesar de todas las iniquidades que recoge el Antiguo Testamento, también será paciente con nosotros, mostrando un amor fiel y persistente.
Finalmente, la adopción implica la bondad del Padre. Somos perdonados, o sea que la pena por nuestro mal comportamiento se ha pagado. Sin embargo, esto puede que sólo signifique que no seremos castigados en el futuro. No garantiza la buena voluntad del Padre. Cuando se ha pagado una deuda criminal con la sociedad, de ahí en adelante la sociedad no necesariamente mira de forma favorable o caritativa a la persona que la ha pagado. Puede que resulte sospechosa, que no se confíe en ella o que produzca animosidad. Sin embargo, con el Padre somos los receptores del amor y la buena voluntad que tanto necesitamos y deseamos. Él es nuestro y nosotros somos suyos, y a través de la adopción él extiende hacia nosotros todos los beneficios que su inmenso amor puede ofrecer.
Crea tu propia página web con Webador