Las consecuencias permanentes del pecado

Las consecuencias del pecado parecen permanecer, incluso después de que el pecado ha sido perdonado y el pecador justificado. Un ejemplo lo tenemos en David. Se le dijo que su pecado al cometer adulterio con Betsabé y matar a Urías había sido perdonado y que no moriría; no obstante el niño que tendría con Betsabé moriría debido al pecado de David (2 S. 12:13-14). ¿Es tal perdón real y completo? ¿No es como si en esos casos Dios retuviera un poco de su perdón y todavía castigase un poco? Y si eso es así, ¿es eso realmente gracia?

Es necesario hacer una distinción entre las consecuencias temporales y eternas del pecado. Cuando uno es justificado, todas las consecuencias eternas del pecado quedan canceladas, incluso la muerte eterna. Pero las consecuencias temporales del pecado, tanto las individuales como las que afectan a la raza humana en su conjunto, no necesariamente quedan eliminadas. Por eso seguimos experimentando la muerte física y los otros elementos de la maldición de Génesis 3. Algunas de estas consecuencias proceden de nuestros pecados en una relación causa-efecto que puede ser de naturaleza física o social. Dios de ordinario no interviene milagrosamente para impedir la aplicación de estas leyes. Así si, por ejemplo, una persona en un acceso de ira, quizá ebrio, mata a su familia pero luego se arrepiente y es perdonado, Dios no devolverá a la vida a los miembros de su familia. Su pecado le ha conducido a sufrir una pérdida para toda la vida.

Aunque no sabemos la naturaleza exacta de la causa de la muerte del hijo de David y Betsabé, no es difícil ver una conexión entre el pecado de David y la violación, asesinato y rebelión que ocurrió con sus otros hijos. Plenamente consciente de sus propias debilidades, David puede que fuera demasiado indulgente con sus hijos, o puede que ellos vieran el hecho de que él les instará a comportarse bien como algo hipócrita. Vemos los resultados en las tragedias que sucedieron más tarde. Aquí hay una advertencia: aunque el perdón de Dios no tiene límites y es accesible, no deberíamos presumir de él. El pecado no es algo que deba ser tratado a la ligera.

 

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