Justificación y rectitud forense

Para entender la justificación es necesario primero entender el concepto bíblico de rectitud, porque la justificación es una regreso del individuo a un estado de rectitud. En el Antiguo Testamento, el verbo 'tsadaqy sus derivados tenían la connotación de conformidad con una norma. Como el carácter del individuo no está tan a la vista como su relación con la ley de Dios, el término por naturaleza es más religioso que ético. El verbo significa “conformar según una norma dada”; en el radical 'hifil' significa “declarar recto o justificar”. La norma en particular varía según la situación. Algunas veces el contexto son la relaciones familiares. Tamar era más recta que Judá porque él no había cumplido sus obligaciones como suegro (Gn. 38:26). Y de David, al negarse a asesinar a Saúl, se dijo que era recto (1 S. 24:17; 26:23), porque él estaba cumpliendo las normas de la relación monarca-súbdito. Está claro que la rectitud se entiende como una manera de vivir según los criterios establecidos para una relación. En última instancia, la persona de Dios y su naturaleza son la medida y el criterio de rectitud. Dios es el soberano de todo y la fuente de todos los criterios de lo que es recto. Como Abraham confesó: “El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” (Gn. 18:25).

En el Antiguo Testamento, el concepto de rectitud con frecuencia aparece en un contexto forense o judicial. Una persona recta es aquella que ha sido declarada libre de culpa por un juez. La tarea del juez es condenar al culpable y absolver al inocente: Cuando haya pleito entre algunos, y acudan al tribunal para que los jueces los juzguen, estos absolverán al justo y condenarán al culpable” (Dt. 25:1). Dios es juez de los seres humanos (Sal. 9:4; Jer. 11:20). Los que han sido absueltos han sido juzgados para que estén en buenas relaciones con Dios, o sea, para que cumplan lo que se espera de ellos en esa relación. En el sentido del Antiguo Testamento, por lo tanto, la justificación implica asegurarse de que la persona es inocente y que después declara lo que es cierto: que es recta, o sea, que ha cumplido la ley.

El Nuevo Testamento desarrolla este punto de vista del Antiguo Testamento sobre la justificación. Si tal adición hubiera sido chocante y escandaloso para Pablo decir, como él dijo, que Dios justifica lo impío (Ro. 4:5). La justicia exige que sean condenados; un juez que justifica o absuelve a los que no son rectos está actuando de forma incorrecta él mismo. Así que, cuando leemos que, al contrario, Dios al justificar a los impíos ha demostrado ser recto (Ro. 3:26), también debemos entender que tal justificación es al margen de las obras de la ley. En el Nuevo Testamento, la justificación es el acto declarativo de Dios mediante el cual, basándose en la suficiencia de la muerte expiatoria de Cristo, declara que los creyentes han cumplido con todos los requisitos de la ley que les son aplicables. La justificación es un acto forense que atribuye la rectitud de Cristo al creyente; no es que realmente se infunda de santidad al individuo. Se trata de declarar recta a la persona, tal como lo hace un juez cuando absuelve a un acusado. No se trata de hacer que la persona sea justa o alterar su auténtica condición espiritual.

Varios factores apoyan el argumento de que la justificación es de naturaleza forense o declarativa:

1. El concepto de rectitud como materia de posición formal ante la ley o el pacto, y de un juez como alguien que determina y declara nuestro estatus al respecto.

2. La yuxtaposición de “justificar” ('dikaioō') y “condenar” en pasajes como Romanos 8:33-34: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros”. “Justifica” y “condena” son paralelos aquí. Si el segundo es un acto declarativo o forense, entonces presumiblemente el primero también lo es. Desde luego el acto de condenar no trata de cambiar la condición espiritual de alguien, o infundir de alguna manera el pecado o el mal. Simplemente se trata de acusar a alguien de actuar mal y establecer su culpabilidad. De la misma manera, el acto de justificar no consiste en infundir santidad en los creyentes, sino en declararles rectos. Un pasaje similar es Mateo 12:37, donde Jesús, hablando del día del juicio cuando todos darán cuenta de toda palabra dicha de forma ociosa. “Pues por tus palabras serás justificado y por tus palabras serás condenado.” En el Antiguo Testamento deberíamos señalar Deuteronomio 25:1, ya citado, y Proverbios 17:15: “El que justifica al malvado y el que condena al justo, ambos son igualmente abominables para Jehová”. Si “justifica” significa “hacer recto o santo o bueno”, los que justifican a los malvados no serían denunciados junto con los que condenan a los rectos. Si condenar es un acto declarativo, justificar también debe serlo.

3. Pasajes donde 'dikaioō' significa “defender, denostar o reconocer (probar) que es cierto”. En algunos casos se utiliza para acciones humanas en relación con Dios. Lucas cuenta que tras oír la predicación de Jesús: “El pueblo entero que lo escuchó, incluso los publicanos, justificaron a Dios” (Lc. 7:29). Jesús utilizó el término de la misma manera cuando respondió a los intentos de los fariseos y de los intérpretes de la ley de justificar su rechazo hacia él: “Pero la sabiduría [o sea, las enseñanzas del Bautista y las mías] es justificada por todos sus hijos" (v. 35).

4. La evidencia lingüística de que la justificación tiene carácter forense o declarativo. La terminación verbal de 'dikaioō, no significa “hacer algo de una manera en particular”. Ese más bien es el significado de 'agiazo' (“hacer santo”). La terminación, en contraste, significa “declarar algo de una manera en particular”, como en 'azioo' (“considerar digno”). Por lo tanto, 'dikaioō'  significa “declarar que es justo”.

De los datos anteriores se puede concluir que la justificación es una acción forense o declarativa de Dios, como la de un juez cuando absuelve a un acusado. Gottlob Schrenk observa: “En el NT rara vez no se puede detectar la conexión legal... es obvio que la LXX, con su énfasis legal, ha tenido una enorme influencia en el uso del NT". Y D. E. H. Whiteley resume: “Casi está universalmente asumido que la palabra justificar ('dikaioo') no significa “hacer lo recto”.

 

Objeciones a la doctrina de la justificación forense

Se han planteado objeciones a la idea de que la justificación es de naturaleza forense. William Sanday y Arthur Headlam plantean la cuestión de cómo podría justificar Dios a los impíos (declararlos rectos). ¿No es una ficción en la que Dios trata a los pecadores como si no hubieran pecado, o en otras palabras, pretende que los pecadores sean algo distinto de lo que son realmente?

Esta interpretación de la justificación hace parecer a Dios culpable de engaño, incluso aunque sólo se trate de autoengaño. Vincent Taylor tomó esta idea y defendió que la justicia no puede ser imputada a un pecador: “Si mediante la fe a un hombre se le considera recto, debe ser porque, en un sentido respetable de la palabra, es recto, y no porque otro sea recto por él en su lugar”.

Respondemos que en el acto de la justificación no es que Dios esté anunciando que los pecadores sean algo que no son. Hay un aspecto constitutivo también en la justificación. Porque lo que Dios hace en realidad es declararnos rectos imputando (no impartiendo) la rectitud de Cristo en nosotros. Aquí debemos distinguir entre dos sentidos de la palabra recto. Uno podría ser recto por no haber infringido nunca la ley. Una persona así sería inocente, habría cumplido la ley completamente. Pero incluso aunque hubiera infringido la ley, podría ser considerada recta una vez cumplida la pena impuesta. Hay una diferencia entre estas dos situaciones, que señalan lo insuficiente que resulta definir la justificación sólo como que Dios me considere “únicamente como si nunca hubiera pecado”. Los humanos no son rectos en el primer sentido, sino en el segundo. Porque la pena del pecado ha sido pagada, y por lo tanto los requisitos de la ley se han cumplido. No es, pues, una ficción que los creyentes sean rectos, porque la rectitud de Cristo se les ha imputado a ellos. Esta situación de alguna manera es análoga a lo que sucede cuando dos personas se casan o dos compañías se fusionan. Se aportan a la unión las propiedades individuales de cada parte que de ahí en adelante se consideran posesiones comunes.

Una de las objeciones que se plantean a veces a las doctrinas de la expiación sustitutiva y la justificación forense es que la virtud simplemente no se puede transferir de una persona a otra. Sin embargo, lo que debería tenerse en cuenta es que esto no es algo tan externo como a veces se piensa. Porque Cristo y el creyente no están tan lejos uno de otro como para que cuando Dios mire objetivamente al creyente no pueda ver también a Cristo con su rectitud, sino que sólo lo finja. Más bien Cristo y el creyente han llegado a tal tipo de unidad que las cualidades espirituales de Cristo, por así decirlo, y las posibilidades y deudas espirituales del creyente se mezclan. Por tanto, al observar al creyente Dios el Padre no le ve a él solo. Ve al creyente junto con Cristo y en el acto de la justificación les justifica a ambos juntos. Es como si Dios dijera: “¡Son rectos!” Declara sobre el creyente lo que realmente es cierto, lo que llegó a suceder cuando Dios hizo que el creyente fuera uno con Cristo.

La justificación por lo tanto es un asunto de tres partes, no de dos. Y es voluntario para las tres partes. Jesús no es una víctima reacia obligada a realizar la tarea. Él voluntariamente se da a sí mismo y se une al pecador. También hay una decisión consciente por parte del pecador de entrar a formar parte de esta relación. Y el Padre voluntariamente la acepta. Que nadie se sienta obligado significa que todo es completamente ético y legal.

Numerosos pasajes de las Escrituras indican que la justificación es un don de Dios. Uno de los más conocidos es Romanos 6:23: “porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro.” Otro es Efesios 2:8-9: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe.” La justificación es algo completamente inmerecido. No es un logro. Es una adquisición, no una realización. Ni siquiera la fe es una buena obra que Dios deba recompensar con la salvación. Es un don de Dios. No es la causa de la salvación, sino el medio a través del cual la recibimos. Y, al contrario de lo que la gente cree, siempre ha sido el medio para la salvación. En su discusión sobre Abraham, el padre de los judíos, Pablo señala que Abraham no estaba justificado por sus obras, sino por su fe. Apuntaba esto de forma tanto positiva como negativa. Afirmaba que Abraham: “creyó a Dios y le fue contado por justicia” (Gá. 3:6). Después rechaza la idea de que podemos ser justificados por obras: “Maldito sea el que no permanezca en todas las cosas escritas en el libro de la Ley, para cumplirlas...Y que por la Ley nadie se justifica ante Dios es evidente” (vv. 10-11). Por lo tanto Dios no ha introducido un medio nuevo de salvación. Siempre ha obrado de la misma manera.

El principio de la salvación sólo por la gracia es difícil de aceptar para los humanos. El problema que se encontró la iglesia de Galacia con el legalismo era bastante común. De alguna manera no parece correcto que recibamos la salvación sin tener que hacer nada o sin tener que sufrir de alguna manera por nuestros pecados. O si este no parece ser nuestro caso, si parece ser el caso de otros, especialmente de aquellos que tienen un carácter especialmente malvado. Otra dificultad es que cuando los humanos aceptan el principio de que no tienen que trabajar para recibir la salvación, se produce con frecuencia una tendencia a ir al otro extremo, hacia el antinomianismo (Ro. 6:1-2; Gá. 5:13-15).

 

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