Crítica de la crítica de las formas
Hay una serie de puntos con los que es necesario tener precaución en relación con las presuposiciones y la aplicación de la crítica de las formas. Quedará claro que hay limitaciones en el uso eficaz de este método particular. Debemos encontrar un equilibrio entre el uso no crítico de la metodología y simplemente descartar su uso debido a sus excesos.
1. Parece haber una suposición implícita de que los primeros cristianos o los que conservaron las tradiciones y las redujeron a la escritura, no estaban demasiado interesados en la historia. Sin embargo, debería señalarse que, por el contrario, eran personas para las que los sucesos históricos eran muy importantes. La crucifixión y la resurrección, por ejemplo, fueron muy importantes en la predicación de Pedro (Hch. 2:22-36) y en los escritos de Pablo (1 Co. 15).
Es más, los primeros cristianos procedían de un contexto en el que la idea de Dios obrando en la historia era muy importante. La pascua, por ejemplo, se consideraba muy importante porque en ese momento Dios había intervenido directamente en la historia. La ley también se consideraba de forma significativa porque en ella Dios había hablado realmente y revelado su voluntad en momentos concretos de la historia. Los primeros cristianos creían que los sucesos que se producían en sus propios tiempos eran una continuación y una finalización de la gran obra redentora de Dios en la historia.
Stephen Neill ha planteado la pregunta de por qué la iglesia de la primera generación estaría tan desinteresada en las acciones de Jesús y el contexto histórico en el cual había expuesto sus enseñanzas. Y por qué, en comparación, la segunda generación tendría tanto interés en los hechos históricos. Una explicación posible sería que el número de testigos oculares ya estaba disminuyendo. Pero ¿no es muy probable que estos testigos presenciales hubieran transmitido esa información sobre la situación o el marco junto con las palabras?
2. La crítica de las formas asume que los autores de los Evangelios no eran personas de habilidad y fiabilidad histórica. Pero ¿está justificada esta suposición? Hay varios problemas con la idea de que las referencias históricas fueron creadas para la ocasión, para dar un esqueleto formal en el que colocar los dichos de Jesús. Primero, parece asumir que los datos sobre los sucesos no estaban disponibles. Esto, no obstante, parece no tener en cuenta a los testigos que ayudaron a formar y preservar la tradición. También deberíamos señalar que eran hombres que darían gran valor a la veracidad. James Price observa que en su ambiente la tradición era muy importante. Es más, él señala que siendo judíos, tenían una mentalidad conservadora. Simplemente no deberían compararse con los ingenuos y crédulos cuentistas de muchas sociedades primitivas. Ni debería olvidarse la tenacidad de la memoria oriental. Es más, a la vista de lo que estos hombres estaban dispuestos a hacer y sufrir por lo que ellos consideraban que era cierto, la posibilidad de una falsificación intencionada no es una sugerencia muy sostenible. Y la escuela escandinava ha señalado que las palabras de un rabino se consideraban sagradas y tenían que ser preservadas por su pupilo con todo detalle.
En todo esto, por supuesto, estamos tratando con la transmisión oral de la tradición. Robert Grant ha señalado que debemos mirar la clasificación de Frederic Bartlett sobre los dos tipos de transmisión oral. Por una parte, está la “reproducción repetida”: la gente repite lo que ha visto u oído. También está el “recuerdo seriado”: una tradición pasa de una persona a otra como en una cadena. La primera es la que encontramos principalmente en el Nuevo Testamento. Este tipo de transmisión oral suele ser más exacta que la segunda. Incluso hoy en día hay cuentistas en sociedades no alfabetizadas que pueden recitar de memoria durante varios días. E incluso si estamos ante la variedad del recuerdo seriado dentro de la transmisión oral, los testigos probablemente todavía estarían presentes para comprobar la veracidad de los Evangelios, debido al corto espacio de tiempo transcurrido entre los sucesos y el momento en que se escribieron.
3. El esfuerzo de estratificar las formas tiende a romperse. Todo el sistema depende de este paso, sin embargo hay formas que desafían tal análisis, y en otros puntos entra en el procedimiento una considerable artificialidad. La clasificación de algunos asuntos como judíos y por lo tanto tempranos y de otros como helenos y por lo tanto tardíos, parece asumir que una similitud de estilos indica un origen común. Pero ¿no es esto algo subjetivo? Un autor puede escribir en estilos diferentes en situaciones diferentes o tratando temas distintos. Algunos críticos asumen una disimilitud bastante radical entre las mentalidades judías y helenistas, incluso una distorsión radical de la tradición en la iglesia helenista. Sin embargo, hay un carácter semítico que prevalece a lo largo de la tradición sinóptica.
Algunas suposiciones que operan en la crítica de las formas merecen un examen más amplio como la suposición de que los milagros son adiciones muy posteriores, y que la cristología explícita surgió en la iglesia antes que en la enseñanza de Cristo. Sin embargo, estas no se han verificado lo suficiente como para justificar la medida en que gobiernan el método.
4. Comparando los Evangelios con el conocido ciclo vital de la iglesia en ciertos momentos de los primeros tiempos se llega a extraños descubrimientos. Por una parte, algunos temas que podríamos esperar que Jesús tratara no aparecen. Por ejemplo, no sería sorprendente encontrar ecos de los problemas con los que Pablo se tiene que enfrentar en su ministerio, como hablar en lenguas, circuncisión, relaciones entre judíos y gentiles o la comida ofrecida a los ídolos. Desde luego, le hubiera sido muy útil a la iglesia tener algunas palabras de Jesús sobre estos temas, sin embargo, los Evangelios parecen extrañamente silenciosos en lo que respecta a ellos. Por el contrario, hay algunos temas que no es de esperar que la iglesia los incluyera. En un periodo en el que se estaba estableciendo la autoridad apostólica, uno no esperaría encontrarse con referencias que mostrasen a los líderes de la iglesia primitiva de una forma poco favorable. Sin embargo, encontramos datos que tienden a comprometer el estatus de alguno de estos líderes. Por ejemplo en Marcos 8:32-33 se recoge la reprimenda de Jesús a Pedro: “¡Quítate de delante de mí, Satanás!, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.” En Marcos 9:19 se recoge la falta de fe de los discípulos y su consecuente falta de poder. En Marcos 9:34 se habla del debate sobre cuál de ellos era el mejor. En Marcos 14:26-72 se cuenta la incapacidad de los discípulos para vigilar y orar y después la cobarde negativa de Pedro. Estos no son hechos que uno esperaría encontrar.
5. La crítica de las formas aparentemente considera lo especial como criterio de autenticidad. Una frase no se puede considerar como auténtica palabra de Jesús si hay paralelismos con los escritos rabínicos o con la vida de la iglesia primitiva. Bultmann incluso negaría la autenticidad si guardase paralelismos con el gnosticismo y el helenismo. Sobre esta base, nada de lo que dice Jesús se podría considerar auténtico a menos que sea especial o sin paralelismos. Pero como señala F.F. Bruce, este es un estándar de autenticidad que los críticos históricos “ni siquiera llegarían a tomar en consideración para otros campos.”
6. La crítica de las formas parece dejar poca opción para la posibilidad de la inspiración. No permite la dirección y guía activa del Espíritu Santo en el proceso de formación de la tradición oral. Más bien, el proceso estaba gobernado por las leyes inmanentes que controlan la formación de todas las tradiciones orales, y el escritor se limitaba a recibir materiales. La posibilidad de que el Espíritu Santo guíe tan sobrenaturalmente al escritor como para que el material tradicional sea complementado o abrogado no parece una acción a considerar por los críticos de las formas.
7. Finalmente, se ignora la posibilidad de que algunos de los testigos presenciales pudieran haber tomado anotaciones de lo que acaban de observar. Pero ¿qué hay de Mateo el publicano, por ejemplo? Estaba acostumbrado a tomar notas. Edgar Goodspeed discutió esta misma posibilidad en su tratado Matthew, Apostle and Evangelist (Mateo: apóstol y evangelista). ¿No resultaría extraño que ninguno de los doce discípulos llevase algún tipo de diario?
Aunque la crítica de las formas puede hacer contribuciones útiles para aclarar el relato bíblico, debemos matizar nuestro juicio de su habilidad para evaluar la historicidad del material con las consideraciones propuestas aquí.
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