Evidencias internas a la Biblia
Las evidencias internas a la Biblia son argumentos que surgen del propio texto, como su unidad y coherencia a pesar de tener múltiples autores y siglos de escritura, la precisión histórica, geográfica y profética (cumplimiento de predicciones sobre Jesús y otros eventos), características literarias que sugieren autenticidad y testigos oculares, y el testimonio de los propios autores (Pedro, Juan, Pablo, etc.) sobre su experiencia con Cristo. Estas pruebas internas, junto con las externas (arqueología, manuscritos), fortalecen la credibilidad de la Biblia como documento veraz y confiable.
La Biblia posee unidad temática
Desde Génesis hasta Apocalipsis hay un mismo tema: la redención de la humanidad. Jesús es el protagonista de toda la obra. Un mismo asunto recorre toda la Escritura de principio a fin. Como es sabido, la Biblia fue escrita durante un período de 1.600 años, por 40 autores diferentes que generalmente no se conocían entre ellos, en tres continentes distintos (Europa, Asia y África) y en tres idiomas (hebreo, arameo y griego). Es normal que el libro de un solo autor posea unidad temática: el Corán fue escrito por una sola persona; las "Analectas" de Confucio (que fueron charlas dadas a sus discípulos) reflejan el pensamiento exclusivo de Confucio; los escritos de Buda fueron escritos solo por Buda. Ahora bien, ¿cómo es posible que 40 personas coincidieran en el tema central de la Biblia? Poetas, profetas, príncipes, reyes, marinos, soldados, abogados, médicos, prisioneros, pescadores, recaudadores de impuestos, hombres de negocios, etc., escribieron en sus casas, pero también en cuevas, barcos, palacios y en cárceles. Sin embargo, lo extraordinario es que todos acertaron con el mismo tema.
Jesús creyó en la Biblia y esto la legitima
En Mateo 5:18, Jesús dijo: "Les aseguro que mientras existan el cielo y la tierra, ni siquiera un punto o una coma se quitará de la ley, hasta que todo se cumpla". Jesús creía en los profetas. Se refirió a ellos como personas reales de carne y hueso. Habló acerca de lo real que fue Daniel. Jesús creyó en Noé y en todo lo que sucedió con la inundación. Él creía en Adán y Eva como personajes históricos. Jesús creía en la tragedia de Sodoma y Gomorra, y en lo que ocurrió allí. Él creyó en Jonás y lo que pasó en Nínive. Estas historias de Adán y Eva, Noé, Sodoma y Gomorra, y Jonás son las más controvertidas de toda la Biblia. Muchos dicen que solo son un montón de fábulas para ilustrar lecciones de moral, pero que no ocurrieron en realidad. Sin embargo, Jesús creyó que realmente sucedieron. Incluso utiliza algunas de ellas como ejemplo de lo que iba a suceder en su resurrección. Jesús aceptó toda la Escritura como inspirada por Dios.
La Biblia fue inspirada por Dios y escrita por hombres
En relación al Antiguo Testamento, el apóstol Pablo escribió: "Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2 Ti. 3:16). También al Nuevo Testamento se le llama la “Escritura”, por ejemplo el mismo Pablo, en 1 Timoteo 5:18, dice: "Pues la Escritura dice: No pondrás bozal al buey que trilla; y: Digno es el obrero de su salario". La primera frase es del AT (Dt. 25:4) pero la segunda la pronunció Jesús y está recogida en el evangelio de Mateo (10:10). Luego, el apóstol Pablo consideraba los evangelios también como Escritura inspirada por Dios.
De la misma manera, el apóstol Pedro se refiere a las epístolas escritas por Pablo con las siguientes palabras: "Y tened entendido que la paciencia de nuestro Señor es para salvación; como también nuestro amado hermano Pablo, según la sabiduría que le ha sido dada, os ha escrito, casi en todas sus epístolas, hablando en ellas de estas cosas; entre las cuales hay algunas difíciles de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras, para su propia perdición" (2 P. 3:15-16). Lo cual significa que también consideraba las epístolas de Pablo como “Escritura”. Por lo tanto, toda la Biblia (Antiguo y Nuevo Testamento) era considerada por la iglesia cristiana primitiva como Escritura divinamente inspirada.
Que la Biblia sea inspirada por Dios, significa que fue escrita por hombres iluminados por el Espíritu Santo. Tal como reconoce el apóstol Pedro: "porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo" (2 P. 1:21). Esto mismo es lo que admitió también el rey David al decir: "El Espíritu de Jehová ha hablado por mí, y su palabra ha estado en mi lengua" (2 S. 23:2). Por lo tanto, la propia Escritura dice que llegó de parte de Dios pero a través de los escritos de hombres divinamente inspirados. Hombres que, en algunos casos, eran profetas como Moisés, Samuel, Elías o Eliseo, mientras que, en otros, además fueron príncipes (como Daniel), pastores (como David) o reyes (como Salomón). Pero, desde luego, todos llegaron a profetizar y proclamar la Palabra de Dios.
En cuanto a los escritores del Nuevo Testamento, también fueron apóstoles y profetas que constituyeron el fundamento de la Iglesia, tal como afirma Pablo: "edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo" (Ef. 2:20). Todos los redactores del NT eran conscientes, y así lo manifestaron, de haber recibido su mensaje de parte de Dios (2 P. 3:15-16; Jn. 16:13; 14:26; 1 P. 1:1-2; 2 P. 1:1, 16; Stg. 1:1, Jud. 1-3). Sin embargo, no fueron como simples máquinas autómatas de escribir (hoy diríamos, computadoras con procesadores de texto), sino que Dios usó sus particularidades personales, su lengua, sus estilos literarios, sus experiencias, su bagaje cultural, etc., para revelarles la Palabra. Por eso la Biblia se escribió en hebreo, en arameo o en griego y contiene diferentes estilos literarios (narrativa, poesía, parábola, metáfora, alegoría, hipérbole, etc.). No obstante, el resultado último es exactamente el que Dios diseñó en su infinita sabiduría porque los profetas tenían absolutamente prohibido alterar el texto bíblico. Nadie podía añadir o quitar nada de la Palabra de Dios (Pr. 30:5-6; Ap. 22:18-19).
La revelación fue transmitida de diversas maneras: por medio de sueños (Gn. 37:1-11), visiones (Dn. 7), voces audibles (1 S. 3), voces interiores (Os. 1; Jl. 1), ángeles (Gn. 19:1-29), milagros (Ex. 3), echando suertes (Pr. 16:33), mediante piedras preciosas (Ex. 28:30) o por medio de la naturaleza (Sal. 8; 19:1-6). Tal como escribe el autor del libro de Hebreos: "Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas" (He. 1.1).
El texto bíblico original no contiene errores
El Dr. Norman Geisler manifiesta que el texto original de la Biblia no enseña nada erróneo. La lógica de la ausencia de errores es directa:
(1) Dios no puede cometer errores (cf. Tito 1:2, Hebreos 6:18).
(2) La Biblia es la Palabra de Dios (cf. Juan 10:34-35).
(3) Por lo tanto la Biblia no contiene errores. Dado que las Escrituras son inspiradas por Dios (cf. 2 Timoteo 3:16-17) y Dios no puede inspirar falsedades, la Biblia no puede contener ninguna falsedad.
Ahora bien, ¿es posible que existan errores en los manuscritos o copias de la Biblia realizadas a lo largo de la historia y en las diversas traducciones de la misma? Es cierto que los copistas, a pesar de su diligente trabajo, han cometido errores insignificantes puesto que son humanos. Por ejemplo, en el texto masorético, que es la versión hebraica de la Biblia usada oficialmente por los judíos y que fue compuesta en los siglos VI y X d.C., por un grupo de hebreos conocido como los masoretas, se dice en 2 de Crónicas 22:2 que Ocozías tenía 42 años, mientras que en 2 Reyes 8:26 se afirma que tenía 22 años. Este es un claro error del copista hebreo porque si Ocozías hubiera tenido 42 años, habría sido dos años mayor que su propio padre. Sin embargo, tal equivocación no existía en el texto original. El error puede deberse a que los números se escribían originalmente en hebreo por medio de letras del alfabeto, tomadas en orden, y el copista confundió una letra numeral por otra: la que significaba 20 en lugar de la que representaba al 40, que era muy parecidas.
Otro error tiene que ver con el número de establos para caballos que poseía Salomón. En 2 de Crónicas 9:25 se dice que tenía 4000 establos o caballerizas, mientras que en el texto masorético de 1 de Reyes 4:26 se afirma que tenía 40.000 establos. Esta última cifra debe ser un error del copista puesto que serían muchos más de los necesarios para los 12.000 jinetes que poseía. La confusión probablemente se debió también a que las letras hebreas para “cuatro” y “cuarenta” son muy parecidas entre sí.
Hay que tener en cuenta que ninguno de estos errores se ha encontrado en los manuscritos originales sino en copias posteriores. Se trata de errores relativamente escasos que pueden descubrirse fácilmente por comparación con el contexto o por el material de los pasajes paralelos. En ningún caso suelen afectar a doctrinas fundamentales ni, mucho menos, al mensaje central de la Biblia. El hecho de que los copistas posteriores a dichos errores siguieran copiándolos en sus manuscritos indica lo exacto que era el trabajo de los escribas, ya que estos, aún sabiendo que eran equivocaciones, tenían la obligación de seguir copiándolas fielmente.
Si la Biblia fuese una gran mentira inventada por hombres, estaríamos ante un gran problema, porque es el único libro que nos habla de la eternidad y de cómo entrar en ella. Pero no es así sino que tenemos muchas razones para confiar en la Palabra. Y ella es la que nos dice (Ro. 12:2): "No os conforméis a este siglo, (a la manera de pensar de la gente de hoy, a las opiniones y las actitudes propias del mundo) sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, (o somos conformistas con los valores de esta sociedad o somos inconformistas y queremos que nuestra mente sea transformada por Jesús) para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta". El plan de Dios para nuestra vida es bueno, agradable y perfecto. Pero solo podemos llegar a conocerlo a través de la perfecta Palabra de Dios, en la que él se ha revelado.
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