Evidencias externas a la Biblia

Las evidencias externas a la Biblia son pruebas históricas, arqueológicas y textuales de fuentes no bíblicas que corroboran su veracidad, incluyendo testimonios de historiadores (Tácito, Plinio el Joven, Flavio Josefo...); descubrimientos arqueológicos de ciudades (Nínive, Jericó, Tunel de Ezequías...) y documentación (Papiros del Mar Muerto, Tablas de Elba, óstracas o fragmentos de cerámica, Censos...) que confirman personas y lugares bíblicos, y manuscritos antiguos que demuestran la fidelidad en la transmisión del texto a través de los siglos, validando la existencia de figuras como Jesús y los primeros cristianos. Estas pruebas establecen la credibilidad histórica de los eventos, personas y lugares descritos en la Biblia, reforzando su autenticidad como documento histórico. 

 

La Biblia tiene precisión histórica

La Biblia no es un libro de historia pero las múltiples historias que cuenta son verídicas. Esta afirmación tiene sus defensores, sobre todo entre los creyentes, y también sus detractores, entre los escépticos. No obstante, es innegable que la Biblia proporciona diversos aspectos de la historia de la humanidad, como la historia de la teología (la relación entre Dios y los creyentes, tanto judíos como cristianos); historia política en la que se relatan listados de reyes, profetas y grandes hombres y mujeres de Dios que fueron usados según sus divinos propósitos; historia narrativa o cronología de los acontecimientos que ocurrieron; historia intelectual o desarrollo de las ideas humanas, así como de la evolución del pensamiento en cada contexto; historia social que se refiere a instituciones humanas como las familias, los clanes, las tribus, las clases sociales y los Estados; historia cultural que apunta a la demografía, las estructuras socio-económicas o la etnicidad; historia de la tecnología, en la que se describen las técnicas usadas por los distintos grupos humanos para explotar y utilizar los recursos naturales e incluso historia natural que refleja el conocimiento antiguo de las especies biológicas y los ambientes ecológicos, así como la adaptación del ser humano a ellos. Por tanto, en la Biblia hay historia verdadera que no debe confundirse con ningún mito o leyenda inventada por los hombres. Tal como escribió el profesor de arqueología, G. Ernest Wright, “la fe fue transmitida mediante un relato histórico, y es preciso tomar en serio la historia para comprender la fe bíblica, la cual afirma rotundamente el significado de la historia”.

 

Narraciones de testigos presenciales

Como es sabido, los testigos de los acontecimientos son fundamentales para los relatos históricos. Las historias que cuenta la Biblia se basan mayoritariamente en el relato de testigos oculares. Por ejemplo, Moisés estuvo presente cuando se dividió el Mar Rojo. Josué estaba allí cuando los muros de Jericó se derrumbaron. Los discípulos de Jesús permanecían sentados en una habitación cuando vieron a Jesús resucitado y algunos escribieron lo que sucedió para que nosotros podamos leerlo hoy. Mateo estuvo allí, lo vio y lo escribió en su evangelio. Juan estuvo presente y también lo escribió. Pedro también lo vio y se lo contó al evangelista Marcos, quien lo redactó fielmente. Por último, Lucas habló con ellos, así como con la madre de Jesús y otros testigos directos de lo que había pasado, redactando después su evangelio y el libro de los Hechos de los Apóstoles. De manera que los redactores bíblicos fueron testigos presenciales, o bien hablaron con personas que vieron con sus propios ojos aquellos acontecimientos, y posteriormente los pusieron por escrito.

 

Copistas escrupulosos y fidedignos

La Biblia fue transcrita con extremo cuidado. Tanto los profetas como aquellos copistas posteriores que pusieron por escrito sus palabras tenían absolutamente prohibido añadir o quitar nada del texto bíblico. Dios mismo había dicho: "No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová vuestro Dios que yo os ordeno" (Dt. 4:2; confrontar con Dt. 18:18; Jer. 26:2; Ex. 4:30). De manera que los escribas eran muy conscientes de la gran responsabilidad que tenían delante de Dios y concebían su trabajo de copistas como un acto de alabanza al Altísimo. Por tanto, jamás habrían disimulado un error de transcripción, una equivocación ortográfica o una tachadura, precisamente porque estaban alabando a Dios.

Los escribas copiaban los pergaminos letra por letra y no palabra por palabra como hacemos nosotros hoy. Ellos sabían el número exacto de letras que había en cada libro. Por ejemplo, sabían que ese libro tenía 1653 letras “m” (o la mem en hebreo). Pues bien, si al acabarlo contaban 1654 (es decir, una más) destruían todo el libro y empezaban de nuevo. Eran tan meticulosos que sabían cuál era la letra central de todo el Pentateuco. Y después de copiarlo iban a dicha letra de en medio y contaban las letras hacia delante y hacia atrás. Si no salía el número debido, tiraban toda la copia y volvían a empezar.

Un ejemplo de semejante precisión se pudo comprobar a propósito de los famosos Manuscritos del Mar Muerto, descubiertos accidentalmente por pastores beduinos en Qumrán en el año 1946, y que fueron escritos entre los años 250 a.C. y 66 d.C. (aunque para los cálculos que siguen tomaremos la media de tales fechas, aproximadamente unos 100 años a.C.). Estos rollos contienen copias de casi todos los libros del Antiguo Testamento, excepto del libro de Ester. Ahora bien, cuando fueron encontrados, las copias más antiguas que se tenían de muchos libros del A.T. eran muy posteriores, ya que databan de 900 años después de Cristo (eran, por tanto, del siglo X d.C.). De manera que entre las copias más antiguas que se poseían y los Manuscritos del Mar Muerto había una diferencia aproximada, nada más y nada menos, que de 1.000 años. Los Manuscritos del Mar Muerto eran mil años más antiguos que las últimas copias conocidas a mediados del siglo XX. ¿Qué diferencias o errores se encontraron entre unas copias y otras separadas por un milenio? Algunos empezaron a especular acerca del tanto por ciento de errores que podían haber cometido los copistas. ¿Quizás un 25% de diferencias? ¿Habría solo un 15% o un 10%? Los manuscritos contenían fragmentos de todos los libros del A.T., con excepción de Ester y apenas había un 5% de diferencias menores que en ningún caso afectaban al sentido original del texto. Luego, esa exactitud nos habla de la precisión con la que la Biblia fue transmitida.

Se puede afirmar que las Sagradas Escrituras son el texto antiguo transmitido con mayor exactitud de toda la historia de la humanidad. Ningún otro libro posee tantos manuscritos copiados con tanta fidelidad. Cuando estos se comparan con los de otras obras históricas famosas es fácil comprobar la tremenda diferencia existente. Por ejemplo, en el caso del filósofo griego Platón, se conocen 7 manuscritos de sus obras; 8 de las de Tucídides; 8 también de Herodoto; 10 de las Guerras Gálicas de César y 20 de Tácito. De quienes más manuscritos se conservan es del político ateniense, Demóstenes, y del poeta griego, Homero, que en total llegan a unos cientos de copias. Sin embargo, de la Biblia se poseen más de 11.000 manuscritos copiados con gran fidelidad.

El doctor Norman L. Geisler dice que: “Los estudios comparativos revelan una fidelidad textual del 95%. Hay algunas variantes menores que, en su mayoría, son errores de escritura u ortografía. En toda la copia de Isaías de los Rollos del Mar Muerto, se encontraron solo trece pequeños cambios, ocho de los cuales ya se conocían de otras fuentes antiguas. Luego de 1000 años de copiar el texto, ¡no se hallaron cambios de importancia y casi ninguno en la redacción!”. Todo esto significa que la abundancia de manuscritos bíblicos, su gran antigüedad así como su exactitud son muy superiores a las de las mejores obras clásicas de la literatura universal. Por lo que podemos estar seguros de que el mensaje de las Escrituras no ha sido adulterado a lo largo de los siglos –como pregonan algunos– sino que es el fiel reflejo de aquellas mismas ideas que escribieron los profetas y los apóstoles.

 

Muchas pruebas arqueológicas

Otra importante evidencia externa, capaz de apoyar la precisión histórica de la Biblia, es la que proviene de la arqueología. Por ejemplo, el evangelista Lucas, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, cita 54 ciudades, 31 países, y 9 islas diferentes. Aunque en algunos casos han cambiado los nombres, todos estos lugares han sido hallados por los arqueólogos. Lo cual constituye una evidencia importante de la precisión histórica y geográfica con la que escribió el evangelista.

Sin embargo, la auténtica misión de la arqueología bíblica no es “demostrar” la veracidad de la Biblia. Este tipo de demostraciones solo pueden darse en el campo de las matemáticas o de la lógica pero no en el de las ciencias históricas. Conviene tener en cuenta que la arqueología bíblica aporta materiales culturales elaborados por el ser humano de la antigüedad, como inscripciones, utensilios, edificaciones, etc., que proveen o pueden proveer un marco adecuado para interpretar la Biblia con precisión. De la misma manera, como en el caso anterior del evangelista Lucas, la arqueología permite vincular determinados acontecimientos bíblicos con lugares geográficos concretos e inscribirlos así en ciertos momentos históricos.

En ocasiones, se ha dicho que la Biblia estaba equivocada, hasta que se descubrió que no era así. Por ejemplo, durante bastante tiempo los especialistas dudaron de la historicidad de Salomón y de que era imposible que tuviera caballos –tal como dice la Biblia– ya que en aquella época supuestamente solo se usaban camellos (es decir, dromedarios). Hasta que en Meguido (en un montículo situado al norte de Samaria) se descubrió una ciudad en la que habitó Salomón, (965-928 a.C., siglo X a.C.) así como restos de los muros de establos para caballos. El arqueólogo G. E. Wright, escribe al respecto: “Los arqueólogos que han trabajado en Meguido nos dicen que la ciudad del siglo X poseía a sus costados este y sur unos establos para albergar caballos en número de unos cuatrocientos cincuenta. Ciertamente, de acuerdo con 1 R. 9:15-19, era de esperar encontrarse con tales construcciones, puesto que Meguido era una de las ciudades dedicadas por Salomón al acuartelamiento de carros”.

Otro tanto ocurrió a propósito de los hititas. Del Imperio hitita se habla en la Biblia (en los libros de Génesis, Éxodo y Números). Sin embargo, como la arqueología no había encontrado restos de dicha civilización, muchos escépticos creían que se trataba de una leyenda sin fundamento. Hasta que en 1900 un profesor llamado, Hugo Winkler, descubrió, en una expedición a Bogazkoy (en la provincia turca de Çorum), las ruinas de Hattusa y más de diez mil tablillas de lo que había sido el archivo nacional de los hititas. Actualmente, hasta la Wikipedia posee importante información acerca de la civilización hitita mencionada en las Escrituras.

Ahora bien, ¿qué ocurriría si la arqueología aportara testimonios contrarios a los relatos bíblicos? ¿Se debería pensar entonces que la Biblia miente o está equivocada? En una hipotética confrontación entre los resultados arqueológicos humanos y el texto bíblico inspirado, ¿cuál poseería mayor autoridad y tendría la última palabra? El Dr. Wright escribe: “El estudio de la arqueología pone al teólogo ante un grave e inevitable riesgo. ¿Qué pasaría si descubriéramos que el relato bíblico no responde a los hechos? No tenemos más remedio que afrontar tal eventualidad, ya que no es posible comprender bien la naturaleza de la Biblia, si no conocemos su ambiente y trasfondo. De hecho, la arqueología ha concretado e iluminado el relato bíblico en tantos puntos cruciales que sería ingenuo definirlo como un ‘cúmulo de mitos y leyendas’”. Pues bien, durante el último siglo, la arqueología no ha desmentido al texto bíblico sino todo lo contrario, ha venido añadiendo más y más de estos “puntos cruciales” a la fiabilidad de la Biblia. Es posible que existan algunos puntos conflictivos, sobre todo, acerca de fechas y dataciones concretas, sin embargo la Biblia ha demostrado sobradamente su fidelidad histórica.

Un ejemplo significativo tuvo que ver con el rey de Asiria, Sargón II. El texto bíblico se refiere claramente a él (Is. 20:1) pero como los arqueólogos no habían encontrado ningún rey con ese nombre en las listas de los reyes de las excavaciones realizadas en Asiria, supusieron que la Biblia debía estar equivocada. No obstante, el arqueólogo italiano, Paul Emile Botta, en 1843, encontró un lugar al noreste de Nínive con los restos de una importante ciudad, construida por Sargón II en el año 717 a. C. Se trataba de Khorsabad, la capital de Asiria durante la época de este rey, que fue abandonada posteriormente por su sucesor en el 705 a.C., despoblándose poco a poco hasta convertirse finalmente en ruinas. Actualmente, muchos objetos del arte asirio descubiertos en ese sitio arqueológico se encuentran en el museo del Louvre en Paris y Sargón II es uno de los reyes asirios mejor conocidos. Una evidencia más de que la Biblia no es un invento humano sino la Palabra de Dios.

Asimismo, un pueblo misterioso que los arqueólogos pusieron en duda fueron los horeos o hurritas. La Biblia se refiere a ellos como descendientes de Esaú de Edom (Gn. 36:20; Dt. 2:12,22), pero no se aceptó su existencia real hasta que, en 1995, el filólogo y arqueólogo, Giorgio Buccellati, encontró la capital hurrita bajo la ciudad siria moderna de Tell Mozan. Hoy se sabe que el pueblo hurrita (horeos en el Antiguo Testamento y surabitas en los documentos de Babilonia) habitó en la antigüedad al norte de Mesopotamia, cerca del río Khabur, en una región comprendida entre el sudeste de Turquía, el norte de Siria e Irak y el noroeste de Irán. Algunos historiadores creen que los hurritas fueron los antecesores de los actuales kurdos. De manera que, una vez más, la Biblia tenía razón.

Como, actualmente, muchos suelen concederle mayor crédito a la ciencia humana que a la revelación bíblica y colocan la arqueología por encima de Biblia, algo similar ocurrió con Poncio Pilato. Algunos arqueólogos pusieron en duda su historicidad, a pesar de ser mencionado claramente en el Nuevo Testamento (Mateo, Marcos y Lucas) en relación con la muerte de Jesús y de aparecer en los escritos de autores judíos como Filón de Alejandría, Flavio Josefo y romanos, como Tácito. Sin embargo, no se aceptó su existencia histórica hasta que su nombre apareció escrito junto al de Tiberio sobre una roca de la época romana, conocida como la “piedra de Pilato”. A los turistas que visitan hoy el teatro romano de Cesarea del Mar, se les muestra una copia de dicha roca donde puede leerse claramente la inscripción: “Poncio Pilato, el prefecto de Judea al emperador Tiberio”. Y así sucesivamente, podríamos extendernos con este tipo de evidencias arqueológicas que han esclarecido y corroborado la veracidad de la Biblia.

Pero, ¿qué ocurre con aquellos otros personajes o lugares bíblicos que no son hallados por los arqueólogos? ¿Debemos pensar, por ello, que la Biblia está equivocada? Existen demasiadas evidencias que demuestran la autenticidad de las Escrituras como para dudar de ella porque la arqueología no haya encontrado momentáneamente pruebas externas.

 

La Biblia no es un libro de ciencia pero la información que aporta es verídica

Es evidente que nadie estudia la Biblia para construir un avión o una computadora. El lenguaje bíblico no es científico. Pero la Biblia no es enemiga de la ciencia y nunca habla mal de ella. Cuando Pablo le dice a Timoteo, por ejemplo, que "evite los argumentos de la falsamente llamada ciencia", no se refiere a lo que hoy entendemos por “ciencia”, sino al conocimiento (gnosis) que produce un falso intelectualismo. A perder el tiempo en "discusiones teológicas o religiosas inútiles" (1 Ti. 6:20). Pablo estaba censurando a los gnósticos de su tiempo, no a la ciencia moderna.

La verdad nunca cambia, sin embargo, la ciencia, en su búsqueda de la verdad, está siempre cambiando. No hay nada más inútil que un libro de ciencia antiguo. Por ejemplo, los libros de genética o de biología de finales de los 70 están tan desfasados que hoy no sirven para nada (bueno, quizá para hacer historia de la ciencia). Y lo mismo pasa con los libros de informática, medicina, tecnología, electrónica, etc. Bebidas o medicamentos que pensábamos que eran buenos para la salud, ahora resulta que causan cáncer. Es evidente que las investigaciones científicas están continuamente descubriendo aspectos nuevos de la realidad y, por tanto, la ciencia cambia constantemente.

En cambio, si hubiéramos leído la Biblia hace mil años habríamos visto que decía exactamente lo mismo que dice hoy. De hecho, esto podemos comprobarlo al estudiar los manuscritos bíblicos de la antigüedad. La Escritura no afirma lo que la ciencia o el conocimiento humano de aquella época creía, como dicen algunos. Dios comprende todas las cosas mucho antes de que el hombre las descubra y sus reglas o leyes no cambian. Si la Biblia fuera un libro humano, no inspirado por Dios, cabría esperar que estuviera llena de datos científicos erróneos de aquellos tiempos. Pero no es así.

Hay múltiples detalles en las Escrituras que reflejan un misterioso conocimiento natural, muy superior al que se tenía generalmente en la época en que estas fueron escritas. Cosas como, por ejemplo, que el aire pesa. En Job 28:25 –libro escrito unos dos milenios antes de Cristo– leemos que Dios dio peso al viento. Sin embargo, esta realidad física no se descubrió hasta el siglo XVII después de Cristo. Antes de esta fecha se pensaba que el aire no pesaba. Fue precisamente el físico y matemático, Evangelista Torricelli, –el inventor del barómetro de mercurio en 1643–, quien introdujo mercurio en un tubo cerrado, en el que previamente había hecho el vacío en su parte superior. Al colocar dicho tubo invertido sobre una cubeta abierta llena de mercurio, vio como este ascendía por el tubo y dedujo que era el peso del aire atmosférico el que lo hacía subir. Ahora bien, ¿cómo pudo saber Job este fenómeno físico que no fue descubierto hasta miles de años después? ¿Quién se lo reveló?

Hoy sabemos, por la segunda ley de la termodinámica que fue definida en 1859 por el matemático alemán Rudolf Clasius, que los objetos materiales envejecen y tienden a desordenarse con el tiempo. Es lo que se conoce en física como entropía o grado de desorden. Las estrellas se apagan, el calor se disipa, los materiales envejecen, se mezclan y amalgaman. Solamente cuando se añade más energía a los sistemas se puede ganar de nuevo más orden. Pues bien, miles de años antes de que se descubriera esta ley termodinámica, el salmista escribió: "Desde el principio tú fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permanecerás; y todos ellos como una vestidura se envejecerán; como un vestido los mudarás, y serán mudados" (Sal. 102:25-26). Mientras que el profeta Isaías escribió también: "Alzad a los cielos vuestros ojos, y mirad abajo a la tierra; porque los cielos serán deshechos como humo, y la tierra se envejecerá como ropa de vestir, y de la misma manera perecerán sus moradores; pero mi salvación será para siempre, mi justicia no perecerá" (Is. 51:6). ¿Cómo pudieron saber estos hombres de la antigüedad cosas que en su época no se conocían y que no se descubrieron por la ciencia hasta mucho tiempo después?

Lo mismo ocurrió con el ciclo del agua en la naturaleza (Ec. 1:7; Job 36:27), las corrientes oceánicas (Is. 43:16-17; Sal. 8:8), la clasificación en géneros y especies de los animales y plantas (Gn. 1:21), el misterioso vuelo de las aves con menor gasto energético (Is. 40:31), la composición química del cuerpo humano cuyos elementos están también presentes en el polvo de la tierra (Gn. 2:7), la sangre como fuente de vida (Lv. 17:11), las medidas sanitarias adelantadas a su tiempo cuando aún no se conocían los microbios. Como la cuarentena (Lv. 13:45-46; Nm. 19), esterilización (Lv. 6, 11, 12, 13 y 15), circuncisión (Gn. 17:12), lavamientos (Lv. 15:13), el uso de plantas medicinales (Ez. 47:12), medidas anti estrés (Fil. 4:6), el vino como terapia (1 Ti. 5:23; Lc. 10:34), el uso de alimentos peligrosos (Lv.), etc. La probabilidad de que estas nociones científicas ocurrieran por casualidad es tan insignificante que cae fuera de la razón humana. Se trata, más bien, de un conocimiento que permite pensar que detrás de los hombres y mujeres de la Biblia había una sabiduría singular que les reveló tales secretos. ¿De dónde procedía tal sabiduría? Muchos dicen que quizás fueron los extraterrestres, pero semejante respuesta solo contribuye a alargar el problema porque, al ser estos también seres naturales, habría que explicar su origen en otros mundos. Y, si ni siquiera conocemos el nuestro en la Tierra, ¿cómo explicar también el suyo? La respuesta más lógica es la que nos ofrece desde hace miles de años el libro del Génesis: Dios.

Profundicemos ahora en algunas de estas evidencias biológicas que sugieren la inspiración divina de la Biblia. Las Sagradas Escrituras están siendo menospreciadas e injuriadas en la actualidad por parte del llamado Nuevo ateísmo. Se dice que solo se trata de una colección de mitos y leyendas antiguas inventadas por los hebreos y los primeros cristianos pero sin relevancia para el presente. Por desgracia, también algunos cristianos han empezado a dudar de la veracidad del AT y solo reconocen la revelación del NT. Sin embargo, tales críticas no hacen justicia a la originalidad y singularidad de la Palabra de Dios. La Biblia es un libro misterioso y único que, además de la revelación o el plan de Dios para el ser humano, contiene verdades que no fueron descubiertas por la ciencia hasta miles de años después de ser escritas. Veamos algunas de tales evidencias biológicas y sanitarias, propuestas en la Biblia, que ponen de manifiesto la inteligencia sobrenatural que hay detrás de ellas.

 

La vida viene de Dios

El apóstol Pedro, después de la curación de un cojo, dijo a los judíos en el pórtico de Salomón: "Mas vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diese un homicida, y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos" (Hch. 3:14-17). Más tarde, el apóstol Pablo les dio a entender también a los atenienses que Dios es el autor de la vida y que, por tanto, toda vida viene de él. En Hechos 17:24-25, el apóstol Pablo declaró a los griegos en el Areópago: "El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas, ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas". De manera que, según la Escritura, toda vida viene de Dios ya que él es la fuente de la vida. ¿Qué dice la ciencia hoy al respecto?

A lo largo de la historia, el ser humano ha intentado crear vida en el laboratorio, pero hasta el día de hoy nadie ha sido capaz de hacerlo. Cuando se habla, en ocasiones, de vida artificial (o de vida sintética), se está pensando en realidad en vida bacteriana, o incluso en formas más simples aún que las células, que no se pueden considerar vivas, como son los virus. Hasta ahora lo que se ha logrado es imitar partes de las células que ya existen en la naturaleza e introducirlas en otras células vivas, pero no crear células artificiales nuevas. Se han hecho cosas como, por ejemplo, construir una nueva ruta metabólica en la levadura de la cerveza, Saccharomyces cerevisae, uniendo 10 genes de tres organismos distintos para producir un fármaco contra la malaria (el llamado artemisinina). Aunque este fármaco ya existía en la naturaleza y se extraía de una planta (Artemisia annua). Lo que pasa es que con la nueva ruta en la levadura de cerveza el proceso era más rápido y más barato.

Hoy es posible cortar genes de algunas células vivas e introducirlos en otras para que fabriquen lo que nos interesa: hormonas, proteínas, fármacos, etc. La ingeniería genética ha logrado modificar embriones humanos mediante la técnica CRISPR (eliminar una mutación génica que producía una afección cardíaca hereditaria y mortal). También es posible modificar el genoma de los cerdos para poder usarlos como fuente de órganos para trasplantar a las personas. Pero, aparte de esto, lo cierto es que han pasado ya más de cien años desde el primer intento de sintetizar vida en el laboratorio, (cuando el francés, Stéphane Leduc, publicó en 1912 su libro: "La biología sintética"), y no sabemos todavía ni como escribir el genoma completo de una bacteria artificial o inventarnos algo tan supuestamente simple como el genoma de un virus. Crear la sofisticada información que contiene el ADN o el ARN de un simple microbio como es una bacteria es algo tan complejo y difícil que, hasta ahora, la ciencia no lo ha logrado hacer. Copiar y modificar partes de las células es algo relativamente fácil pero crear o diseñar la vida de nuovo es otra cosa.

Ahora bien, ¿se logrará algún día? Es posible, pero para ello se requerirá mucho diseño inteligente de muchos científicos en los laboratorios del mundo. La cuestión es: ¿cómo pudo originarse la vida al principio sin un diseño inteligente previo? Los apóstoles Pedro y Pablo estaban seguros de que solo Dios pudo crear la vida y, lo cierto es que, hasta el día de hoy, los hechos les siguen dando la razón.

 

El hombre y la mujer poseen las simientes de la vida humana

Hoy puede parecernos normal que hasta los niños sean capaces de explicar cómo funciona la reproducción humana. Una célula masculina (espermatozoide) se une a otra femenina (óvulo) y se forma el embrión humano. El padre y la madre contribuyen así equitativamente al origen de una nueva vida. Sin embargo, durante miles de años estas cosas no estuvieron tan claras como lo están actualmente. Hubo una época en la que se pensaba que el vapor emitido por el semen, de alguna manera, estimulaba a las mujeres a hacer bebés. Otros creían que eran los varones quienes fabricaban a los niños y los transferían después a las hembras para su incubación. Cuando el naturalista holandés Anton van Leeuwenhoek (1632-1723) observó por primera vez espermatozoides mediante el microscopio que él mismo inventó, muchos creyeron que cada espermatozoide tenía dentro un diminuto ser humano completamente preformado (un niño o una niña). Y esto se aceptó durante mucho tiempo. Se creía que solo los varones poseían la “simiente de la vida”, mientras que las mujeres no, ya que estas serían solamente incubadoras naturales. Hasta un filósofo griego como Demócrito llegó a sugerir que si el semen del varón se depositaba en barro tibio, de este podrían surgir bebés.

Sin embargo, ¿qué decía la Biblia? En Gn. 3:15 podemos leer: "Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya". Hoy sabemos que la simiente de la mujer está en los óvulos, que contienen en el ADN de sus núcleos, toda su información genética. ¿Cómo pudo conocer Moisés este misterio de la biología humana que no fue descubierto por la ciencia hasta miles de años después? Él no era biólogo ni naturalista. ¿Quién se lo pudo manifestar en aquella época precientífica?

 

La vida está en la sangre

Moisés dijo a los hebreos (Lv. 17:11-14) que... "la vida de la carne en la sangre está". Y hoy sabemos que, en efecto, estaba en lo cierto. La vida del hombre y de la mayoría de los animales depende de que los glóbulos rojos de la sangre (eritrocitos o hematíes) puedan transportar oxígeno a todas las células del cuerpo. De manera que los glóbulos rojos se encargan de transportar el oxígeno (O2) desde los pulmones a las células y de retirar el dióxido de carbono (CO2) perjudicial para que sea eliminado del cuerpo.

Dicho transporte se realiza gracias a la hemoglobina que existe en estos glóbulos. El grupo hemo de cada hemoglobina contiene un mineral, el hierro, que es capaz de unirse al oxígeno y transportarlo por la sangre. Existen aproximadamente unos 250 millones de moléculas de hemoglobina en cada glóbulo rojo humano. Como cada una de estas moléculas se puede unir con 4 moléculas de oxígeno, resulta que un solo glóbulo rojo puede llegar a transportar hasta 1.000 millones de moléculas de oxígeno. Y esto permite que todas las células de nuestro cuerpo puedan respirar continuamente y hacer así posible la vida. De manera que la vida de la carne en la sangre está”, tal como escribió Moisés. Pero, ¿cómo pudo saber esto el gran profeta hebreo, si tales datos no se descubrieron hasta el siglo XIX d.C.?

La circuncisión al octavo día del nacimiento

En Gn. 17:10-12, Dios le dijo a Abraham: "Este es mi pacto: (...) Será circuncidado todo varón de entre vosotros. Circuncidaréis, pues, la carne de vuestro prepucio, y será por señal del pacto entre mí y vosotros. Y de edad de ocho días será circuncidado todo varón entre vosotros por vuestras generaciones". ¿Por qué debía practicarse la circuncisión precisamente al octavo día del nacimiento de todo bebé varón? Se podría pensar, quizás, que cuando la circuncisión se practicaba antes o después del día octavo, la mayoría de los bebés morían y que solo sobrevivían los operados el día 8º. Y así, poco a poco, se iría descubriendo por casualidad tal fecha.

Sin embargo, los pueblos primitivos anteriores a Israel que practicaban la circuncisión lo hacían durante la adolescencia o de adultos y siempre como un rito de iniciación al matrimonio. Estos pueblos no tenían la costumbre de extirpar el prepucio a los recién nacidos. Se sabe incluso que, al principio, se usaban cuchillos de sílex para tal intervención, lo cual indica la antigüedad de la misma, aunque luego fueron sustituidos por instrumentos de metal. De manera que fue el pueblo hebreo, por orden de Dios a Abraham, quien empezó a practicarla a los bebés el octavo día y sin tener ningún tipo de experiencia previa.

Pero, ¿por qué el día ocho? La respuesta científica no se supo hasta la década de los 30 del pasado siglo XX. En efecto, en 1935, el Premio Nobel de Química, el Dr. Henrik Dam, descubrió que la vitamina K (del inglés, koagulation) ayudaba a prevenir las hemorragias en los niños. Esta vitamina produce protrombina en el hígado, que es un factor coagulante. La protrombina produce los coágulos de fibrina que tapan las heridas e impiden las hemorragias. Pues bien, se comprobó que los bebés suelen nacer con deficiencia de vitamina K y que esta solamente se empieza a producir del quinto al séptimo día después del parto, gracias a la acción de unas bacterias beneficiosas que hay en el intestino de los lactantes. Y lo curioso es que precisamente el octavo día es cuando el porcentaje de protrombina alcanza su máximo nivel, el 100%. Dicho de otra manera: el único día en la vida de los varones en que la protrombina está al 100% es el octavo día después del parto. Y, por tanto, el 8º día es el más adecuado para extirpar el prepucio porque la sangre coagula pronto y la hemorragia no es tan peligrosa. ¿Cómo pudieron saber Abraham y Moisés tales misterios de la bioquímica humana que no se descubrieron hasta el siglo XX?

 

La cuarentena después del parto

Actualmente se conoce como “cuarentena” el periodo de aislamiento preventivo al que se somete a una persona por razones sanitarias. Todavía hoy se le llama así porque en sus orígenes bíblicos ese período de tiempo correspondía a 40 días. Por ejemplo, en Levítico 12:1-4, a propósito de la purificación de la mujer judía después del parto, se dice: "Habló Jehová a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel y diles: La mujer cuando conciba y dé a luz varón, será inmunda siete días; conforme a los días de su menstruación será inmunda. Y al octavo día se circuncidará al niño. Mas ella permanecerá treinta y tres días purificándose de su sangre; ninguna cosa santa tocará, ni vendrá al santuario, hasta cuando sean cumplidos los días de su purificación". Estos días de la purificación femenina eran siete, por dar a luz, más 33, por la purificación de su sangre, lo cual suma en total 40 días (una cuarentena).

Actualmente, a la cuarentena se le llama médicamente “puerperio” y es el tiempo que pasa desde el parto hasta que el aparato genital femenino vuelve al estado anterior al embarazo. Suele durar entre seis y ocho semanas, es decir, alrededor de 40 días, tal como dice la Biblia. La cuarentena es un período duro para la madre por el trasiego hormonal que esta sufre y por la influencia que esto tiene sobre su estado de ánimo. El útero empieza a reducirse y los pechos a segregar leche. Por un lado, se reducen unas hormonas (como los estrógenos y la progesterona), mientras que por otro sube la prolactina (hormona encargada de la producción láctea) así como la oxitocina (hormona que contrae el útero). De manera que la cuarentena postparto es un periodo delicado en la vida de la mujer, que la medicina moderna ha reconocido como tal y ha corroborado por completo. Una vez más, resulta sorprendente cómo los hebreos de la antigüedad pudieron tener tal conocimiento de la fisiología femenina, a no ser, por supuesto, que les fuera revelado.

 

Prevención de infecciones bacterianas

En la Biblia aparecen ciertas disposiciones concretas, dentro de las reglamentaciones de impureza religiosa ritual, que también tuvieron aplicaciones sanitarias muy beneficiosas para el pueblo hebreo. En una época en la que se desconocían los microbios patógenos (bacterias, hongos, protozoos, etc.) o los virus y priones (o proteínas priónicas), que podían causar enfermedades mortales, las Escrituras previenen determinados comportamientos y ponen de manifiesto así la sabiduría infinita que subyace detrás de sus páginas.

Por ejemplo, en Lv. 13:45-46, se legisla contra la lepra: "Y el leproso en quien hubiere llaga llevará vestidos rasgados y su cabeza descubierta, y embozado pregonará: ¡Inmundo! ¡Inmundo! Todo el tiempo que la llaga estuviere en él, será inmundo; estará impuro, y habitará solo; fuera del campamento será su morada". La lepra es una enfermedad infecciosa causada por una bacteria (Mycobacterium leprae) que se caracteriza por provocar lesiones y heridas en la piel, las mucosas y el sistema nervioso periférico. Aunque es difícil, el contagio se puede producir de persona a persona a través de gotitas nasales y orales. Hoy es posible curarla y la Organización Mundial de la Salud (OMS) facilita un tratamiento con múltiples medicamentos (TMM) gratuitamente a todos los enfermos de lepra. Sin embargo, en la época bíblica, el hecho de hablar con un leproso o estar junto a él era peligroso, de ahí que la única medida efectiva para evitar los contagios fuera la segregación o separación de tales enfermos del resto de la sociedad. ¿Cómo sabía el autor del Pentateuco la causa del contagio de la lepra si aún no se conocían las bacterias?

De la misma manera, en Nm. 19:11 se dice: "El que tocare cadáver de cualquier persona será inmundo siete días". ¿Hay algún problema sanitario, aparte de las prescripciones de impureza religiosa, en el hecho de tocar los cadáveres? Si la persona fallecida presenta alguna enfermedad infecciosa, los microbios causantes de la misma pueden sobrevivir en el cadáver durante dos o más días. Enfermedades como la tuberculosis, la hepatitis B y C, ciertas afecciones diarreicas y otras muchas dolencias susceptibles de contagio. El virus de VIH (SIDA), por ejemplo, puede sobrevivir hasta seis días en un cadáver. De ahí que exista cierto riesgo de contagio al manipular difuntos infectados y que, quienes se ven obligados a hacerlo, deban usar guantes y lavarse frecuentemente las manos. Por tanto, la Biblia es coherente con las enseñanzas que transmite al ser humano y su sabiduría es anterior a los descubrimientos científicos recientes.

 

Esterilización y lavamientos frecuentes

La costumbre hebrea de lavarse el cuerpo, las manos y los pies frecuentemente en agua limpia o corriente (Lv. 15) se fundamenta también en la Biblia. Los judíos tenían dos tipos de lavamiento: uno para propósitos religiosos de purificación, que incluía todo el cuerpo, y otro, que era el lavado ordinario de manos y pies, que se practicaba a diario y se aplicaba también a vasos o recipientes utilizados en las comidas (Mt. 15:2; Mc. 7:3- 4). Las seis tinajas de agua mencionadas en la boda de Caná servían precisamente para dicho propósito (Jn. 2:6). Sin embargo, los fariseos multiplicaron innecesariamente los actos por los que uno podía quedar contaminado, lo que requería frecuentes lavamientos ceremoniales, que Jesús criticó acusándoles de hipocresía (Mc. 7:2-3).

Sin embargo, no cabe duda de que tales medidas higiénicas –tanto por motivos religiosos como sanitarios– contribuyeron a proteger la salud de los hebreos, en una época en la que no se sabía nada acerca de los microbios perjudiciales. Es, por tanto, razonable creer que la sabiduría divina estaba detrás de tales medidas sanitarias que se transmitieron de generación en generación.

 

Plantas medicinales

En Ezequiel (47:12) se hace alusión –dentro del marco general de la visión del profeta acerca del río que nace del templo de Jerusalén– de los frondosos árboles de sus riberas con frutos comestibles y de cuyas hojas podían obtenerse medicinas. Esto demuestra que los hebreos –como otros pueblos– conocían y usaban las plantas medicinales.

 

El vino como terapia

En la parábola del buen samaritano (Lc. 10:34), Jesús explica que a las heridas se les echaba “aceite y vino” antes de vendarlas. En el libro de Antonio Cruz: "Parábolas de Jesús en el mundo postmoderno" puede leerse:

"El aceite es conocido ya en el Antiguo Testamento como un líquido capaz de disminuir el dolor de las heridas (Is. 1:5-6); mientras que la acidez del vino, con sus efectos antisépticos, sustituía a nuestro actual alcohol. La farmacia ha aprovechado el aceite desde siempre para disolver en él principios activos de la más diversa condición. Se ha utilizado como disolvente de otras grasas, ceras, colofonia, etc., para preparar numerosos ungüentos y pomadas. El famoso farmacéutico español, Font Quer, escribe en su Dioscórides: “Para otras heridas y llagas, se agitan asimismo en una botella, a partes iguales, aceite y vino tinto. Dícese que esta mezcla es un cicatrizante maravilloso” (Font Quer, 1976: 744). De manera que el vino desinfectaba y el aceite calmaba".

De la misma manera, el apóstol Pablo recomienda a Timoteo (1 Ti. 5:23) que no beba agua sino que la sustituya por un poco de vino por causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades. El agua en aquella época podía contaminarse fácilmente y contener microbios peligrosos, mientras que el vino no, ya que el alcohol del vino era un buen desinfectante. Hoy se habla de “vinoterapia” para referirse al uso terapéutico del vino con el fin de mejorar la salud de las personas. Sabemos que el vino contiene alcoholes como los polifenoles (resveratrol y flavonoides) y que tiene capacidad antioxidante. Mejora el sistema cardiovascular y la circulación sanguínea. Retrasa el envejecimiento de la piel al neutralizar los radicales libres. La sabiduría que hay detrás de estos remedios domésticos de los hebreos y de otros pueblos de la antigüedad ha sido corroborada por la ciencia moderna.

 

Alimentos peligrosos

El libro de Levítico (11:30) se refiere a los cocodrilos y los incluye en la lista de animales impuros que los hebreos no podían consumir. Es sabido que algunos de estos animales eran divinizados por las culturas periféricas al pueblo hebreo y que dicho rechazo seguramente tenía motivaciones religiosas. No obstante, además de esto, hoy sabemos que también eran importantes los motivos puramente sanitarios. En aquella época, no se podía saber por qué era peligroso comer la carne de los reptiles, sin embargo actualmente conocemos bien su posible toxicidad.

El consumo de la carne de los reptiles –como cocodrilos, tortugas, lagartos o serpientes– puede causar diversas enfermedades y problemas de salud (triquinosis, pentastomiasis, gnatostomiasis, esparganosis, etc.) por la presencia de bacterias patógenas en ella, especialmente bacterias de los géneros Salmonella, Shigella, Yersinia, Campylobacter, Clostridium y Staphylococcus. De ahí que las autoridades sanitarias recomienden hoy congelar la carne de estos animales antes del consumo humano y no comerla nunca cruda, con el fin de evitar los posibles riesgos para la salud. Las Sagradas Escrituras reflejan una sabiduría que supera con creces los conocimientos humanos de la época.

 

No comer animales que han fallecido de muerte natural

Cuando Moisés enseñó en Levítico 17:15 que un animal mortecino, o que murió de forma natural, o que fue medio devorado por las fieras, no debe ser consumido por ningún israelita, proporcionó a los hebreos, además de unas prácticas de pureza religiosa, unas avanzadas normas de higiene y salud pública. Actualmente, por ejemplo, ningún matadero acepta animales para el consumo humano, que ya han muerto de muerte natural. Esto es algo que prohíben las leyes sanitarias. Porque si el animal ha muerto debido a alguna infección contagiosa, como rabia, ántrax, o cualquiera de las numerosas enfermedades de la llamada zoonosis (enfermedades que las personas pueden contraer de los animales), no es aconsejable consumir estas carnes por el peligro de infecciones. Pero, de nuevo, la cuestión es: ¿cómo pudo Moisés saber tales cosas en su día, mucho antes de que se descubrieran y diagnosticaran tales enfermedades transmisibles?

 

No consumir cerdo

Tal como hemos visto, Moisés transmitió a los hebreos unas leyes sanitarias bastante estrictas como, entre otras cosas, por ejemplo, no comer carne de cerdo. ¿Por qué se daría esta prohibición? Hoy se consumen carnes y derivados del cerdo y la gente normalmente no contrae ninguna enfermedad al respecto. Sin embargo, en la antigüedad no existían las actuales medidas sanitarias en torno a la crianza y alimentación de estos animales. Los cerdos vagaban más o menos libres y se alimentaban frecuentemente de carroña y basura, lo cual les hacía propensos a las infecciones bacterianas y a los parásitos.

Una de las enfermedades más famosas que puede transmitir el cerdo a los humanos es la triquinosis. Se trata de un pequeño gusano parásito de ratas y otros roedores (Trichinella spiralis) que pasa de las ratas al cerdo y de este al ser humano. Es una enfermedad dolorosa que puede ser fatal y que está causada por comer cerdo poco cocinado y contaminado con dicho parásito. De manera que la prohibición dada a Moisés era científicamente correcta. No obstante, ¿cómo pudo él, en sus días, saber estas cosas? ¿Fue un golpe de suerte o alguien se lo manifestó?

 

Medidas de salud psíquica

También encontramos en la Escritura medidas para la salud de la mente. Por ejemplo, en Filipenses 4:6, el apóstol Pablo escribe: "por nada estéis afanosos". Hoy se sabe que el estrés crónico obliga al cuerpo a liberar más hormonas que hacen que el cerebro esté más alerta de lo normal, que los músculos se pongan en tensión y aumente el pulso. Esto pone en riesgo la salud porque eleva la presión de la sangre, puede generar insuficiencia cardíaca, diabetes, obesidad, depresión, problemas en la piel y alterar los ritmos biológicos femeninos. De ahí que, en el libro de Proverbios (17:22) se diga: "El corazón alegre es buena medicina".

Hoy sabemos que la alegría alarga la vida porque contribuye a aumentar los linfocitos T del sistema inmunitario, que son los que nos defienden de los agentes patógenos. La alegría, la risa y el humor mejoran las defensas de nuestro cuerpo y hacen que el cerebro fabrique más endorfinas (hormonas que generan bienestar), mientras que la agresividad, el estrés y los problemas disminuyen la producción de endorfinas y el bienestar de las personas. La risa puede contribuir a curar diversas dolencias físicas. Por eso, se llevan payasos a los hospitales (sobre todo a las plantas de oncología) para que provoquen la risa de niños y adultos.

¿Cómo pudo saber el autor de Proverbios que el corazón alegre era buena medicina? ¿Acaso algún neurólogo le explicó que la alegría modifica nuestra bioquímica y puede curarnos? Nada de todo esto lo podemos atribuir a la mera casualidad. En la Biblia hay mucha sabiduría, mucha más de lo que normalmente pensamos. ¿De dónde vine tal sabiduría? El apóstol Santiago (1:5) dice que la sabiduría viene de Dios: "Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada".

 

El universo tuvo un principio

La Biblia empieza diciendo que el Universo tuvo un principio: "En el principio creó Dios los cielos y la tierra" (Gn. 1:1). El cosmos fue creado de la nada por el Dios trascendente y único que preexistía antes, fuera y sobre todas las cosas. Pues bien, esta concepción bíblica contrasta notablemente con la creencia de las demás religiones y culturas que rodeaban al pueblo de Israel. Por ejemplo, en el poema mesopotámico de la creación, (llamado "Enuma elish" por sus primeras palabras: “cuando en lo alto...”) se explica que el mundo fue formado a partir de dos principios que eran eternos: Apsû o las aguas dulces y Tiamàt o las aguas saladas del mar. De la unión de estas dos clases de aguas eternas surgirán los tres primeros dioses babilónicos: Anu, dios del cielo; Enlil, dios de la tierra y Ea, dios del mar. Los hijos de estos dioses lucharán entre sí y Marduk matará a Tiamt, lo partirá por la mitad, de un trozo hará el cielo y del otro la tierra.

Algunos autores creen que el relato bíblico de la creación sería una copia de este poema mesopotámico pero es obvio que las diferencias son abrumadoras. En la Biblia, Dios crea a partir de la nada absoluta (creatio ex nihilo), mientras que en el relato "Enuma elish", los dioses, el cielo y la tierra surgen a partir de las aguas que habían existido desde siempre. Se trata de la creación desde la nada frente a la eternidad de la materia y del monoteísmo bíblico ante al politeísmo de Mesopotamia. ¿Cómo es posible que la Biblia sea una copia de la mitología de estos pueblos? ¿No será más bien al revés? También pudiera ser que ambos relatos (bíblico y mesopotámico) procedieran de una fuente anterior a ellos.

La cosmología de Egipto suponía también la preexistencia de una masa acuosa eterna, el agua tenebrosa y abismal llamada Nou, en la que supuestamente existían los gérmenes de todas las cosas. De esta masa acuosa habría surgido el huevo cósmico que originaría al dios solar Ra, el progenitor de todas las demás divinidades egipcias. De nuevo nos encontramos ante la idea de eternidad de la materia que es contraria a la concepción bíblica. De la misma manera, los filósofos griegos, como Platón (427-347 a.C.) y Aristóteles (384-322 a.C.) creían también que la materia, el movimiento y el tiempo habían existido eternamente.

Pues bien, esta creencia en la eternidad de la materia fue recogida por la ciencia moderna y se mantuvo vigente hasta mediados del siglo XX. La famosa frase: “La energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma” dominó el panorama científico durante los dos últimos siglos. Y, como la energía está directamente relacionada con la masa, según la famosa teoría de Einstein, esto garantizaba la creencia de la ciencia en la eternidad del mundo y hacía de la doctrina bíblica de la creación del universo a partir de la nada una especie de mito religioso sin fundamento científico. El famoso premio Nobel, el físico y químico sueco, Svante August Arrhenius (1859- 1927) llegó a decir que: “La creencia de que algo pueda surgir de la nada está en contradicción con el estado actual de la Ciencia, según la cual la materia es inmutable”.

Sin embargo, para 1946 las cosas empezaron a cambiar en el seno de la ciencia ya que, en ese año, el astrónomo George Gamow propuso la famosa teoría del Big Bang. Años más tarde, el profesor de química física de la Universidad de Oxford, Peter W. Atkins, quien no creía en la existencia de ningún plan divino, no tuvo más remedio que admitir: “En el principio está el comienzo. En el comienzo no había nada. El vacío absoluto, y no simplemente un espacio desocupado. No había espacio; ni había tiempo, pues era antes del tiempo. El universo carecía de forma y estaba vacío. Casualmente se dio una fluctuación y hubo un conjunto de puntos que, emergiendo de la nada y tomando su existencia de la pauta que formaron, determinaron un tiempo”. Lo cual encajaba muy bien con aquella otra frase bíblica: "En el principio creó Dios los cielos y la tierra". Pues bien, hoy la ciencia acepta que el universo tuvo un principio, tal como dice la Biblia. Desde luego, la teoría del Big Bang no es una demostración científica del milagro de la creación pero le proporciona, sin duda, un espaldarazo significativo.

La teoría del Big Bang, a pesar de ser plenamente aceptada por la ciencia moderna, no gusta a todo el mundo. Sobre todo a aquellos que no creen en un Dios creador. De ahí que muchos sigan proponiendo salidas especulativas con el fin de obviar la realidad de la creación. Se intenta reintroducir la idea antigua de eternidad de la materia por medio de hipótesis indemostrables en la práctica como el multiverso, el efecto túnel cuántico, el universo autocontenido, la selección natural de universos, los universos en colisión o la teoría de cuerdas, etc. Pero todo esto no es más que humo matemático imposible de atrapar experimentalmente. Tales planteamientos realmente no forman parte de la física sino de la metafísica.

A pesar de todo, la cosmología actual acepta que el cosmos tuvo un principio, igual que el espacio y el tiempo. Lo que dice la Biblia no es mito ni leyenda sino que está refrendado por la física contemporánea. ¿Cómo pudo saber el autor de Génesis que el mundo tuvo un principio, que no era eterno, si la gente de su tiempo creía en la eternidad de la materia?

 

La Tierra flota en el espacio

En el libro más antiguo de la Biblia, en Job 26:7, se dice: "Él despliega el norte sobre el vacío y suspende la tierra sobre la nada". ¿Cómo sabía Job que la tierra flota en el espacio sobre la nada, algo que no se descubrió hasta muchos años después? La gente de la antigüedad creía que la Tierra era plana y se aguantaba por pilares, elefantes gigantes o tortugas inmensas que nadaban sobre los océanos. La Biblia dice la verdad, es precisa y va por delante del conocimiento humano. ¿No pasará en el futuro lo mismo con algunas de las hipótesis científicas actuales que parecen contradecir la Biblia?

Durante miles de años, la gente creyó que la Tierra era plana. Los antiguos babilonios pensaban que era como una tabla que flotaba en el mar. Para los hindúes, la tierra era plana también, pero descansaba sobre cuatro elefantes, que a la vez descansaban sobre una tortuga que nadaba en el agua. Mientras que para los chinos y egipcios, la tierra era plana y rectangular y reposaban directamente sobre las aguas, estando la bóveda celeste apoyada sobre cuatro montañas o pilares situados en las esquinas del mundo. El filósofo griego Tales de Mileto también aseguraba que la Tierra era plana. ¿Por qué la Biblia no dice en ningún versículo que la Tierra es plana?

Cuando la Biblia habla de “los fundamentos de los montes o de la tierra” (Dt. 32:22; Pr. 8:29 y Jer. 31:37) se refiere a lo que hay debajo de las montañas, al subsuelo, no a supuestos pilares que sostuvieran una Tierra plana. De hecho, dice más bien lo contrario, 2600 años antes de que la ciencia humana demostrara la redondez de la tierra, en Isaías se puede leer (40:22): "Él es el que está sentado sobre la redondez de la tierra". Otras versiones en vez de “redondez” dicen: “el círculo de la tierra”. Pero, la idea es la misma, se presenta a Dios sentado sobre el cénit, o el punto más alto de la esfera celeste sobre la cabeza del observador, lo que supone la esfericidad de la Tierra.

Cuando se escribió esto, casi nadie creía en la redondez de la Tierra, pero era cierto, Dios lo inspiró, tanto si los hombres se lo creían como si no. La ciencia de una determinada época de la historia no es adecuada para estar en la Escritura pero resulta fascinante que la Biblia registre la idea de expansión y de una tierra redonda que flota en el espacio, miles de años antes de que se comprobara.

 

Las estrellas son incontables

En el primer libro de la Biblia, se puede leer que Dios le habla a Abraham y le dice: "...de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar" (Gn. 22:17). El número de estrellas no parecía tener relación con el de la arena de las playas, sobre todo cuando las estrellas que se veían en el cielo nocturno solo se podían contar a simple vista ya que el ojo humano solamente puede ver alrededor de cinco mil estrellas. No obstante, cuando se inventó el telescopio se descubrió que había miles de millones de estrellas. Hoy se cree que en el cosmos existen unos cien mil millones de galaxias. El número medio de estrellas de una galaxia es también de cien mil millones. De dicha multiplicación resulta que el número total de estrellas del universo es de diez mil trillones. Un diez seguido de 22 ceros. Con el fin de tener una idea más gráfica de lo que supone esta cifra tan enorme, se puede decir que diez mil trillones equivalen al número de granos de arena que hay en todas las playas de la Tierra. Tal como el profeta Jeremías escribió: "Como no puede ser contado el ejército del cielo, ni la arena del mar se puede medir, así multiplicaré la descendencia de David mi siervo" (Jer. 33:22).

Si el Sol fuese como un grano de arena, el siguiente grano más cercano a él sería la estrella Próxima Centauri, que se encuentra a 4,2 años-luz (unos 42 billones de kilómetros del Sol). Un año-luz es la distancia que recorre la luz en un año que, a la velocidad de 300.000 km por segundo, es de 10 billones de km. Para tener una idea de lo que supone semejante distancia, pongamos otro ejemplo. Si el Sol se representase mediante un garbanzo o un guisante y se colocase en el centro de un campo de fútbol, la Tierra tendría el diámetro de un cabello y estaría situada aproximadamente a un metro de distancia del garbanzo (que representa al Sol). ¿A qué distancia del Sol estaría Próxima Centauri? ¿En la zona de tiro a puerta? ¿Junto a la portería o, quizás, en las gradas entre los espectadores? Lo cierto es que se encontraría a unos 270 km, casi la distancia que hay entre Barcelona y Zaragoza. ¡Y se trata de la distancia que separa dos granos de arena contiguos de la misma playa!

El cine de ciencia ficción nos tiene familiarizados con los viajes intergalácticos, e incluso los niños juegan con viajes interestelares, pero lo cierto es que estamos muy lejos de alcanzar semejantes proezas. La velocidad máxima lograda jamás por una sonda humana fue la que consiguió Juno, en su viaje a Júpiter en el 2015, que fue de 265.540 km por hora. Sin embargo, esta velocidad es solo el 0, ́02% de la velocidad de la luz. Pasar de un grano de arena (el Sol) al otro de al lado (Próxima Centauri) a esta velocidad de Juno requeriría unos 200.000 años. Parece pesimista reconocerlo, pero estamos lejísimos de poder viajar a las estrellas.

Si el universo es tan inmensamente extenso, ¿cómo debe ser el Dios que lo creó? A veces, los creyentes empequeñecemos al Creador o nos formamos una imagen mental que lo reduce y minimiza. Pensamos en él como si fuera un gran ángel bonachón de barba blanca, que siempre lo perdona todo y está dispuesto a concedernos lo que le pidamos. Una especie de Papa Noel navideño. Pero, lo cierto es que cualquier imagen que nos hagamos de él tenderá a empequeñecerlo y limitarlo. Los mejores sentimientos y actitudes que pueda llegar a experimentar el ser humano, como el amor, el perdón, la solidaridad, el altruismo o la misericordia, en Dios se dan también pero elevados a la enésima potencia o al infinito. Dios es mucho más grande de lo que jamás el ser humano pueda llegar a imaginar. Con razón escribió el salmista: "Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos" (Sal. 19:1). En efecto, podemos llegar a saber que hay Dios, simplemente levantando los ojos y mirando las estrellas.

Tal como escribió el evangelista Juan, "la palabra de Dios es verdad" (Jn. 17:17). Los autores humanos de la Biblia escribieron la verdad que Dios les reveló. Por tanto, tenemos poderosas razones para creer que la Escritura fue inspirada por Dios y que él se reveló en ellas. Todas las verdades expresadas en la Biblia convergen hacia una sola: al Cristo-Verdad, en el que se ha dado a conocer el Padre, y en dicha Verdad se nos abre la posibilidad de vivir plenamente como hijos de Dios. Como escribe Juan: "Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad" (Jn. 1:14). Pues "la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo" (Jn. 1:17).

 

Las profecías bíblicas se cumplen

Las Sagradas Escrituras presentan miles de profecías. Hay más de 200 profecías en el Antiguo Testamento que se refieren a Jesús, al Mesías, promulgadas cientos de años antes de que naciera. Se profetizan cosas como cuándo iba a nacer, dónde y cómo. De qué manera moriría y en qué lugar. Nadie que quisiera hacerse pasar por el Mesías podría controlar más de 200 profecías a la vez. Además, en los tiempos bíblicos nadie quería ser profeta porque si te equivocabas en alguna predicción, te esperaba la pena de muerte bajo la acusación de falso profeta. Sin embargo, Jesús dijo en Mateo 26: "Pero todo esto sucede para que se cumplan las palabras de los profetas registradas en las Escrituras". Muchas profecías de la Biblia ya se cumplieron, otras se cumplirán en el futuro.

Por ejemplo, en el Antiguo Testamento se profetiza que el Mesías prometido sería descendiente de Abraham (Gn. 12:1-3; 22:18); pertenecería a la tribu de Judá (Gn. 49:10); sería descendiente de David (2 S 7:12-13); nacería en la ciudad de Belén (Mi. 5:1-2); nacería de una virgen (Is. 7:14); habría una matanza de niños en Belén (Jer. 31:15); huiría a Egipto (Os. 11:1); predicaría en Galilea a orillas del río Jordán; entraría triunfante en Jerusalén montado sobre un pollino; sería traicionado por uno de los suyos; lo venderían por 30 monedas de plata; este precio sería devuelto (Zac. 11:13); durante el juicio se mantendría en silencio; sería crucificado con los malhechores; sus manos y pies serían traspasados; le darían a beber vinagre; sufriría y moriría por los pecados de la humanidad (Is. 53) y resucitaría de entre los muertos (Sal. 22:7-8 y 16:10). Ningún otro libro religioso tiene predicciones tan extremadamente precisas como la Biblia.

 

La Biblia ha resistido todos los ataques a lo largo de la historia

Se la ha prohibido, quemado, criticado, encadenado, ocultado y malinterpretado pero todavía continúa transformando la vida de las personas. En pleno siglo XXI sigue habiendo seres humanos que van a la cárcel por leerla. Algunos incluso son ejecutados por tenerla en sus hogares y manifestar su fe cristiana.

El filósofo francés Voltaire, que era ateo, escribió varios tratados burlándose de la Biblia y, en cierta ocasión, dijo: “Dentro de cien años, la Biblia será un libro olvidado”. Pues bien, hoy, casi 240 años después de su muerte, pocos se acuerdan de esta cita. Pero lo curioso es que, un siglo después de su fallecimiento, su propia casa fue usada como almacén de Biblias por la Sociedad Bíblica Francesa. Actualmente la gente ha olvidado esta frase de Voltaire pero nadie se ha olvidado de la Biblia, que sigue siendo el libro más editado y vendido de la historia. Como dijo el Señor Jesús: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras jamás pasarán" (Mt. 24:35).

En la actualidad, se continúa atacando intelectualmente la Biblia y se la procura descalificar, sembrando la duda en la mente de las personas. Por ejemplo, algunos autores dicen que Moisés no pudo escribir el Pentateuco porque, al final del libro de Deuteronomio, se relata su propia muerte. Sin embargo, Jesús creyó en la autoría de Moisés (Mt. 8:4; 19:8; Lc. 24:44; Jn. 5:46; 7:19) y, además, es muy probable que después de la muerte de Moisés, alguno de sus seguidores hubiera añadido al final el relato de su fallecimiento (Dt. 34:7-12). Pero esto no impide asumir que el 99% del Pentateuco fuera escrito por él mismo.

Ya vimos como otros escritores afirman que el relato bíblico de la creación puede ser una copia de mitologías antiguas. Por supuesto, nadie niega que haya semejanzas con ciertos mitos de otros pueblos del Oriente Medio (como el "Enuma Elis" o la épica de "Atrahasis", etc.), pero lo cierto es que las diferencias con el Génesis bíblico son siempre abrumadoras (politeísmo/monoteísmo, eternidad de la materia/creación a partir de la nada, dioses limitados/Dios omnipotente, dioses perversos/Dios misericordioso, dioses imperfectos/Dios perfecto, etc.). ¿Quién tomó prestado de quién? Aunque estos mitos politeístas fueran más antiguos que el relato bíblico, esto no significa que sean más exactos o fidedignos a la historia original. Ambos pudieron proceder de la fuente original más antigua todavía.

De la misma manera, se dice que la historia del Diluvio es una copia de leyendas más antiguas y que Noé recibe otros nombres ("Eridu", en la versión sumeria; "Atrakhasis", en la versión acadia o "Gilgamesh", en la versión babilónica). Sin embargo, volvemos a señalar lo mismo de antes. Las diferencias son muy significativas. En las versiones extrabíblicas hay conflictos y peleas entre los distintos dioses, el tiempo que duró la inundación fue mucho más corto (una semana según la versión babilónica) y, sobre todo, carecen de una dimensión moral y espiritual como la que ofrece en el relato bíblico. Todo esto permite creer que la variedad de fuentes antiguas, que relatan el mismo acontecimiento, contribuye a darle mayor credibilidad al relato bíblico.

A pesar de que las promesas de Dios a los patriarcas son fundamentales en el mensaje de la redención de la humanidad (Ro. 4:1-3, 16; 9:7; 11:1; Gá. 3:6-9, 16, 29; 4:22), ciertos escritores se atreven a decir que dichos patriarcas bíblicos no fueron personajes históricos porque la arqueología no ha descubierto vestigios de su existencia. Sin embargo, que no se hayan encontrado referencias arqueológicas de hace cuatro milenios, de Abraham, Isaac o Jacob, no significa que no existieran. ¿Por qué iban los analistas antiguos a interesarse por unos nómadas periféricos e insignificantes? Hay que tener en cuenta que la ausencia de pruebas arqueológicas no es prueba definitiva de su inexistencia. Además hay abundantes confirmaciones arqueológicas, como los descubrimientos de las Tabletas de Nuzi y de las Cartas Mari, que indican que las costumbres sociales que reflejan las narrativas del Génesis, podrían fácilmente remontarse al año 2000 a.C. e incluso ser anteriores.

Otros eruditos afirman que el libro de Isaías, en su mayor parte, fue escrito por varias personas y que probablemente ninguna de ellas era Isaías. Dicho libro empieza diciendo: "Visión de Isaías hijo de Amoz..." (Is. 1:1a), sin embargo, los críticos dicen que el libro se escribió dos siglos después de la vida del profeta Isaías, por tres autores distintos a quienes se denomina: Proto-Isaías (1-39), Deutero-Isaías (40-55) y Trito-Isaías (56-66). Esta hipótesis se fundamenta principalmente en que cada uno de estos tres supuestos autores escribe con un lenguaje propio. Sin embargo, hay clara evidencia de su unidad porque las tres secciones también comparten muchas palabras y expresiones comunes, como por ejemplo el singular título divino de “El Santo de Israel”. Además, el Señor Jesús se refiere con frecuencia a una sola persona, que “vio su gloria, y habló acerca de él”, atribuyéndole así el libro entero al profeta Isaías. El testimonio unánime del Nuevo Testamento, es que Isaías y solo Isaías fue el autor del libro que lleva su nombre. Esto se afirma en Mateo 3:3; 4:14-16; 8:17; 12:17-21; 13:14-15; 15:7-9; Marcos 7:6-7; Lucas 3:4-6; 4:17-19; Juan 1:23; 12:37-41; Hechos 8:27-35; 28:25-27 y Romanos 9:27-29; 10:16, 20-21; y 15:12.

También se dice que el libro de Daniel no es profético, sino una historia artificial fabricada de manera muy inteligente, en el siglo II a.C., para que parezca profética. No obstante, lo cierto es que Daniel describe, casi con precisión matemática, el transcurso de la historia del mundo antiguo, a lo largo de un período cercano a los mil años. En él se habla de los imperios babilónico, medo-persa, griego y romano, los cuales todavía no existían en los días de Daniel (siglo VI a.C.). De manera que lo que se escribe en el libro pertenece al futuro que el profeta no podía conocer de ninguna manera humana, a no ser que Dios se lo revelara. Precisamente los rollos del Mar Muerto han demostrado que el lenguaje en el que está escrito el libro de Daniel es propio de un período anterior al segundo siglo antes de Jesucristo y que dicho libro era ya ampliamente conocido para el segundo siglo, lo cual es prueba de que el original debió haberse publicado mucho antes.

Es ya clásica la famosa crítica de que los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) no coinciden al cien por ciento entre sí, ni tampoco con el de Juan, lo cual sería supuestamente un inconveniente para aceptar su fiabilidad. Es cierto que el 91% del evangelio de Marcos está contenido también en el de Mateo y que el 53% de Marcos se encuentra asimismo en Lucas, pero esto de ninguna manera demuestra que sean falsos. Los cuatro evangelios son únicos, como Jesús mismo. Describen a una persona única y se fijan en diversos aspectos y eventos únicos relacionados con Jesús. Cada evangelista recoge detalles importantes para su particular visión del Maestro. Fueron esos evangelios los que integraron a la Iglesia mediante la acción del Espíritu Santo y no al revés. El hecho de que Dios usara a autores diferentes, con sus respectivos criterios, experiencias, conocimientos y materiales documentales, no afecta en absoluto a la confiabilidad o a la veracidad de los mismos.

Se ha dicho asimismo que el evangelio de Juan es antisemita y diferente de los demás. Es verdad que el 90% del texto de Juan no aparece en los sinópticos y que, como se ha dicho, cada uno de los cuatro evangelios fue diseñado para retratarnos al Mesías con una luz diferente. Por otro lado, si los cuatro evangelios fueran idénticos o casi idénticos, eso significaría que tres de ellos eran innecesarios. No es un evangelio antisemita como algunos dicen. Lo que ocurre es que cuando Juan, que era judío, se refiere a “los judíos” de forma negativa o en un sentido aparentemente despectivo, es perfectamente razonable suponer que no estaba hablando del pueblo judío en general, sino de los líderes religiosos de Judea. Juan no se hubiera tirado piedras sobre su propio tejado, ya que él mismo era judío y no abandonó su cultura hebrea.

Otros dicen que la historia real de Jesús es diferente a la que retratan los evangelios en el Nuevo Testamento. La crítica histórica rechaza su nacimiento virginal, su naturaleza divina y su resurrección y así, al desmitificar a Jesús, se le convierte solo en un hombre bueno o en un maestro de moral. Sin embargo, tales argumentos no pueden ser demostrados convincentemente y, desde luego, este no es el Cristo que presenta la Biblia.

Por último, también se afirma que el apóstol Pablo fundó una nueva religión en la que se abandonaron casi todas las enseñanzas de Jesús. Es verdad que en la época de Constantino (300 d.C.), la iglesia institucional fue evolucionando desde la cultura judía hasta convertirse en una institución claramente gentil. Pero Pablo nada tuvo que ver con ello. Él nunca apoyó el culto o la adoración a María, a los santos, a sus imágenes o la salvación por obras, etc. La teología de Pablo está profundamente arraigada en las enseñanzas de Jesús y de los apóstoles. De manera que el gran apóstol de los gentiles nunca llegó a fundar una nueva religión.

 

La Biblia transforma la vida del ser humano

La Palabra de Dios tiene poder para dar vida y cambiar la existencia de las personas. La lectura de la Biblia nos permite conocer mejor a Jesús, descubrir nuestros errores, nuestro pecado y obtener fuerzas para no volver a caer y para vencer el mal. De esta manera somos transformados. Si al leer tu Biblia descubres que Dios te está hablando a través de ella, es porque el Espíritu Santo te está dando la oportunidad de solucionar algo que no está bien en tu vida. Es porque aún estás a tiempo de corregirlo, de arrepentirte y entregarte por completo a Cristo.