Introducción a la Apologética

 La apologética como defensa de la fe cristiana constituye una suerte de disciplina pre-evangelizadora capaz de alisar el camino hacia la creencia en Jesús como Hijo de Dios y Salvador del mundo. Muchos creyentes se sienten inseguros cuando están en presencia de personas escépticas. Solamente están a gusto entre cristianos que profesan su misma fe y valores. Esto se debe, en parte, a su poca preparación doctrinal o teológica. Tienen fe, pero no saben dar razones de la misma porque carecen de argumentos lógicos y de la capacidad de expresarlos claramente. Esta deficiencia es la que viene a suplir la apologética.

En las sociedades modernas abundan los mitos y las suposiciones falsas acerca de la Biblia y el cristianismo. Algunos creen que Jesús nunca existió. Otros piensan que la idea de Dios es irracional y que los milagros no pueden darse en un universo sometido a leyes inquebrantables como las de la física y la química. Los hay también que opinan que no existen evidencias en favor de la resurrección de Jesús; que la Biblia no es fiable puesto que supuestamente fue escrita cientos de años después de que muriera el Maestro; que los libros apócrifos (no incluidos en el canon bíblico) tienen la misma relevancia que los demás; que todas las religiones, en el fondo, vienen a decir lo mismo; que el cristianismo no es racional y, en fin, que si Dios existiera no habría maldad en el mundo. Pues bien, la apologética ofrece respuestas coherentes a todas estas creencias erróneas.

La palabra griega apología, de donde proviene apologética, aparece unas 17 veces en el Nuevo Testamento, tanto en forma de sustantivo como de verbo, y siempre suele traducirse como defensa de la fe cristiana. Aunque en la Biblia no hay una teoría concreta sobre la apología, esta idea de defender razonadamente la fe resulta evidente en pasajes como Filipenses 1:7-16 y 1Pedro 3:15. Ya en el siglo II, a los seguidores de Cristo que argumentaban a favor de su fe se les empezó a llamar apologistas, debido sobre todo a los títulos que ponían a sus escritos. Sin embargo, no fue hasta finales del siglo XVIII que la apologética empezó a considerarse como una disciplina teológica diferenciada. En la actualidad, los apologistas cristianos tratan temas muy diversos relacionados con el cristianismo, no solo de carácter teológico o religioso sino también culturales, filosóficos, éticos, históricos y científicos.

Es evidente que la fe cristiana, como todo aquello que pertenece al ámbito del espíritu, no puede ser probada mediante la razón positiva o la ciencia experimental. Sin embargo, esto no significa que tales realidades trascendentes sean contrarias a la razón humana. El cristianismo puede ser comparado con las demás religiones y sometido a un escrutinio racional o intelectual. Profesar la fe cristiana no es algo que dependa inevitablemente del lugar de nacimiento, la educación recibida, la tradición cultural o los sentimientos de cada cual. Ciertamente, buena parte de la religiosidad popular, con todo su folklore y manifestaciones culturales, puede depender de tales cosas. Sin embargo, el cristianismo de Cristo es algo diferente porque interpela a cada persona y la invita a tomar una decisión reflexiva individual. No importa la procedencia geográfica, étnica, cultural, sentimental, etc., la decisión de hacerse o no cristiano depende, por supuesto, de lo emotivo, pero sobre todo de la capacidad racional de cada ser humano. La fe que caracteriza la verdadera profesión cristiana es siempre el producto de la investigación personal, así como de la voluntad de creer y de la razón. Únicamente se llega a confiar en algo cuando existen auténticas razones para hacerlo.

De manera que la apologética cristiana ofrece evidencias y argumentos a favor del cristianismo y, a la vez, procura responder a todas aquellas objeciones contra la fe, formuladas desde la increencia, poniendo de manifiesto la falacia racional que subyace detrás de muchas ideas ateas.

Algunos teólogos, como el suizo Karl Barth (1886-1968) entre otros, manifestaron cierta hostilidad hacia la apologética, asegurando que esta no sería el negocio propio del teólogo. Él creía que intentar hacer atractivo el mensaje cristiano al mundo resulta peligroso porque el apologeta lleva siempre las de perder. El creyente que sale buscando al enemigo no creyente pero “portando una bandera blanca” e intentando mediar con justicia entre la creencia y la incredulidad, desde una posición éticamente más elevada, está condenado al fracaso y, por tanto, a que el cristianismo salga perjudicado. ¿Cómo llegó a esta conclusión? Quizás porque se centró sobre todo en los sentimientos y reacciones típicamente humanas que despierta toda defensa ideológica.

Es verdad que, en ocasiones, al ser cuestionados sobre asuntos teológicos, los creyentes suelen percibir al interlocutor como una amenaza para la seguridad de las propias creencias. Casi de forma refleja, se tiende a contraatacar no solo las ideas sino también a la persona que las defiende. Y esta actitud, que evidentemente no es cristiana, puede llegar a parecerse mucho a la conocida lógica bélica de suponer que la mejor defensa es un buen ataque. Así nacieron todas las guerras de religión y las inquisiciones de quienes pretendían erradicar las herejías, o los errores doctrinales, quemando a los disidentes religiosos en el supuesto fuego justiciero de tantas hogueras, a lo largo de la historia. Ahora bien, ¿debe la defensa de la fe provocar persecución, ataques, descalificación personal de los oponentes o auténticas peleas dialécticas? ¿Era esta la voluntad del Señor Jesucristo? ¿Acaso no habló, más bien, de la necesidad cristiana de “poner la otra mejilla”?

Karl Barth argumentaba que la mejor apologética cristiana es simplemente una declaración transparente de la fe porque cuando se comparte clara y eficazmente la pureza del Evangelio, ocurren cosas en los corazones de las personas. Al manifestarse verdaderamente el Espíritu de Dios, las personas se dan cuenta de ello y reaccionan al respecto. La defensa de la esperanza cristiana no debe amedrentarnos, ni provocarnos temor, ni turbar nuestro ánimo, porque es una empresa del Señor. Esto significa que debemos llevarla a cabo santificando a Dios en nuestros corazones. Y santificar a Dios pasa también por respetar al ser humano.

Otros teólogos de la misma época, como Emil Brunner (1889-1966), no opinaban lo mismo que Barth con respeto a la relevancia de la apologética. Según Brunner, la tarea principal de dicha disciplina no era racionalizar la fe sino poner de manifiesto la falsedad de la comprensión que la razón tiene de sí misma. Así pues, la apologética sería siempre necesaria ya que defiende la fe cristiana de las interpretaciones erróneas que genera el uso pecaminoso de la razón humana.

El Señor Jesús dijo: "Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen" (Mt. 5:44). La apologética que no se hace con mansedumbre, con reverencia y respeto hacia nuestro interlocutor, no es apologética cristiana. Como escribió el apóstol Pedro (1 P. 3:14-15): "Por tanto, no os amedrentéis por temor de ellos, ni os conturbéis, sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros". Es evidente que la razón no podrá jamás sustituir a la fe. El misterio de lo milagroso siempre seguirá siendo un misterio para la razón humana. No obstante, la fe cristiana se fundamenta en evidencias lógicas y asequibles a la mente del hombre. La apologética se ocupa precisamente de estas últimas.