La Pobreza

La Biblia tiene mucho que decir sobre los pobres. El Antiguo Testamento indica que Dios siente una preocupación especial por los pobres, como cuando libera a los israelitas de la esclavitud y pobreza que experimentaban en Egipto. Se puede apreciar en las advertencias que hace Dios contra el maltrato a los pobres y oprimidos. Un ejemplo de esas órdenes es Deuteronomio 15:9: “Guárdate de albergar en tu corazón este pensamiento perverso: ‘Cerca está el séptimo año, el de la remisión’, para mirar con malos ojos a tu hermano pobre y no darle nada, pues él podría clamar contra ti a Jehová, y se te contaría como pecado.”

Se hacían toda una serie de provisiones para el bienestar de los pobres. Cada tres años había que dar un diezmo al levita, el extranjero, el huérfano y la viuda (Dt. 14:28-29). Una promesa iba unida al fiel cumplimiento de este mandato “para que Jehová, tu Dios, te bendiga en toda obra que tus manos hagan.” El año sabático (cada séptimo año) era particularmente significativo: los segadores no tenían que segar los campos, y se permitía a los pobres que recogieran lo que crecía (Éx. 23:10-11); Lv. 25:3-6); los esclavos hebreos tenían que ser liberados a los 6 años de servicio (Éx. 21:2). También estaba el sabático de los sabáticos, el año del jubileo, el año cincuenta, cuando el campo volvía a su dueño original (Lv. 25:8-17). En todo momento parte de la producción de los campos y viñedos tenía que dejarse a los pobres para que la recogieran (Lv. 19:9-10), y un hambriento podía comer fruta y arrancar mies en el campo, pero no podía llevárselo (Dt. 23:24-25). Los que hacían préstamos a los pobres tenían que hacerlo sin ningún tipo de interés (Éx. 22:25). Ningún hebreo pobre que se vendiese a sí mismo debía tomarse como esclavo, tenía que considerarse como siervo contratado (Lv. 25:39-40) y no ser tratado duramente (v.43). Nadie debía tomar en prenda la rueda superior o inferior del molino, ya que la vida prácticamente dependía de ellas (Dt. 24:6).

En particular, se debía tener mucho cuidado en hacer justicia a los pobres: “No violarás el derecho del pobre en su pleito” (Éx. 23:6). Amós predicó en contra de los que desobedecían esta orden: “Yo sé de vuestras muchas rebeliones y de vuestros grandes pecados; sé que afligís al justo, recibís cohecho y en los tribunales hacéis perder su causa a los pobres” (Am. 5:12). El salmista también denuncia a los que persiguen a los pobres: “Con arrogancia, el malo persigue al pobre; será atrapado en las trampas que ha preparado...[El malo] acecha en oculto, como el león desde su cueva; acecha para atrapar al pobre; atrapa al pobre trayéndolo a su red” (Sal. 10:2, 9).

Jesús mismo era uno de los pobres. Esto queda claro en el relato de cuando le trajeron a Jerusalén de niño para el ritual de la purificación. La ley decía que había que sacrificar un cordero y una tórtola o una paloma. Sin embargo,Y si no tiene lo suficiente para un cordero, tomará entonces dos tórtolas o dos palominos, uno para holocausto y otro para expiación. El sacerdote hará expiación por ella, y quedará limpia” (Lv. 12:6-8). Que la familia de Jesús ofreciera “un par de tórtolas o dos palominos” (Lc. 2:24) en lugar de un cordero nos indica su pobreza. Aunque Jesús en su ministerio no parece que sufriera verdadera necesidad o privación, desde luego no tenía abundancia y aparentemente a menudo dependía de la hospitalidad de otras personas como María, Marta y Lázaro. Se refirió a esta falta de medios cuando dijo: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde recostar su cabeza” (Mt. 8:20).

Las enseñanzas de Jesús tratan mucho sobre los pobres y la pobreza. Citando Isaías 61:1-2 indicaba que había venido a predicar buenas nuevas a los pobres (Lc. 4:18, 21). La preocupación por los pobres se encuentra en el centro mismo de su ministerio. Habla de lo bienaventurados que son los pobres (Lc. 6:20). Entre las cosas que quería que se le dijeran a Juan estaba la de que a los pobres se les anunciaba el evangelio (Lc. 7:22). Jesús también señaló en repetidas ocasiones el peligro de la riqueza: “Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios” (Mr. 10:25). En la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro, el hombre rico tras la muerte está en el lugar del tormento, pero Lázaro está en el seno de Abraham. Abraham le dice al hombre rico: “Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, males; pero ahora este es consolado aquí, y tú atormentado” (Lc. 16:25). Debería señalarse que la riqueza en sí misma no es más causa de discriminación que la pobreza. Es la preocupación por la riqueza (Mr. 10:17-31; Lc. 8:14; cf. 1 Ti. 6:10) o el abuso de la riqueza el objetivo de las advertencias y condenas de Jesús.

Santiago también tiene algunas cosas agudas que decir sobre tratar mal a los pobres dentro de la congregación. Describe una situación en la que un hombre rico muy bien vestido llega a la asamblea. Se arma un gran alboroto en torno a él y se le ofrece un buen sitio. Por otra parte, cuando llega un hombre pobre se le pide que se siente en un lugar más discreto. La distinción a favor del hombre rico es objeto de una severa crítica: “¿No hacéis distinciones entre vosotros mismos y venís a ser jueces con malos pensamientos? Hermanos míos amados, oíd: ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que lo aman?” (Stgo. 2:4-5).

Muchas otras partes de la Biblia resaltan que los pobres y los ricos son iguales ante Dios y que los rectos pobres son superiores a los ricos impíos. Leemos en el libro de Proverbios: “Más vale el buen nombre que las muchas riquezas, y la buena fama vale más que la plata y el oro. El rico y el pobre tienen en común que a ambos los hizo Jehová” (Prov. 22:1-2). Antes en el mismo libro encontramos: “Mejor es el pobre que camina en integridad que el fatuo de labios perversos... Una satisfacción es para el hombre hacer misericordia, y mejor es un pobre que un mentiroso” (19:1, 22). A Dios no le importa si se tiene mucha o poca riqueza. Dios ha dado la riqueza y ha decidido dónde distribuirla; él es la causa de las diferentes circunstancias individuales. La iglesia debería adoptar la perspectiva de Dios sobre la riqueza y la pobreza y considerar de igual manera a los ricos y a los pobres.