El punto de vista relacional

Muchos teólogos modernos no conciben la imagen de Dios como algo que está dentro de la naturaleza humana. De hecho, ellos normalmente no preguntan qué es el humano o qué tipo de naturaleza puede tener un humano. Más bien piensan en la imagen de Dios como el hecho de experimentar una relación. Se puede decir que los humanos están hechos a imagen o que muestran la imagen cuando establecen una relación particular, que en realidad es la imagen.

Emil Brunner sostenía que la palabra de Dios es la clave para entender la imagen, no sólo espistemológicamente, sino también ontológicamente. No sólo nos dice cuál es la imagen de Dios, sino que realmente constituye la imagen. Sólo cuando tenemos fe en Jesucristo poseemos de verdad la imagen de Dios y podemos entender por lo tanto nuestra propia naturaleza.

Brunner distinguía entre dos sentidos de la imagen de Dios: el formal y el material. La imagen formal es el humanum, lo que hace a una persona humana, distinguiendo al hombre de los animales, como ser racional, responsable y libre. Las personas aunque pecadoras no han perdido este aspecto de la imagen de Dios. De hecho, la habilidad para pecar hace presuponer que lo tienen. Esto es lo que quiere decir la descripción del Antiguo Testamento de que los humanos están hechos a imagen y semejanza de Dios.

El sentido material de la imagen es el acto de la respuesta, la relación con Dios. Cuando los hombres responden a las palabras de Dios: “Eres mío” diciendo: “Sí, soy tuyo,” la imagen material está presente. La imagen material puede estar presente o ausente, pero la formal no. Incluso la gente que no responde a Dios tiene responsabilidad. Brunner describe la imagen material utilizando el ejemplo del reflejo en un espejo. La luz que refleja no queda impresa de forma permanente en la superficie del espejo, porque es un espejo, no una fotografía. No es la fuente de la luz, ni la posee. De forma similar, cuando nos volvemos hacia Dios, reflejamos su imagen completamente. Al igual que el espejo que cuando no se gira hacia la luz para reflejarla todavía sigue relacionado con ella, incluso cuando nos rebelamos y rechazamos a Dios, seguimos siendo responsables ante Dios y por lo tanto seguimos siendo seres humanos.

Brunner no restringe su discusión a la relación del humano con Dios. Además del mandamiento de amar a Dios hay un segundo mandamiento: amar a los demás seres humanos. Nuestra “responsabilidad en el amor” empieza a cumplirse cuando nos relacionamos con nuestro prójimo. No podemos ser humanos de forma aislada. La genuina humanidad la constituye el amor a los demás no la brillantez intelectual de una persona.

Karl Barth también mantuvo un punto de vista relacional sobre la imagen de Dios. Al principio no utilizaba la expresión “imagen de Dios,” pero hablaba de una unidad entre Dios y los humanos que era algo como la unidad entre la madre y el feto. Esta unidad se ha perdido desde la caída, aunque la caída no fue un suceso temporal que ocurrió en un momento dado de la raza humana. En el segundo periodo del pensamiento de Barth, el periodo de su controversia con Emil Brunner, negó vigorosamente cualquier tipo de conexión entre Dios y el humano, ninguna capacidad humana de recibir la Palabra de Dios.

La tercera etapa del pensamiento de Barth sobre la imagen es la más novedosa. En esta etapa Barth habla de que la imagen todavía está presente dentro del ser humano, dado que sigue siendo humano. Barth ve la imagen de Dios no sólo como la relación vertical entre el ser humano y Dios, sino también en la relación horizontal entre humanos. La imagen no es algo que el ser humano es o hace. Más bien, la imagen se relaciona con el hecho de que Dios deseó dar existencia a un ser que, como él, puede ser un compañero.

Evidencia de cierto tipo de relación entre la divinidad se puede encontrar en la forma misma de la decisión de crear: “Hagamos al hombre.” Barth mantiene que dentro del mismo ser de Dios hay un homólogo; por lo tanto Dios experimenta un armonioso encuentro consigo mismo y un autodescubrimiento. Los humanos reflejan este aspecto de la naturaleza de Dios a dos niveles: experimentan la relación con Dios y ente sí. La similitud entre Dios y el humano, es la de que ambos experimentan la confrontación Yo – Tú.

Barth señala que tanto en Génesis 1:27 como en 5:1-2 la frase de que el hombre fue hecho a imagen de Dios va unida a las palabras “varón y hembra los creó.” Por lo tanto la imagen de Dios en los humanos hay que buscarla en que los creo varón y hembra. Dentro de Dios y dentro del humano hay un “Yo” y un “Tú” enfrentados. La humanidad no existe como una individualidad solitaria, sino como dos personas frente a frente.

Barth señala otro punto: que aprendemos de la humanidad estudiando a Cristo, no a los humanos. Hay diferencias significativas entre su humanidad y la nuestra, porque él era naturaleza humana tal como se pretendía que lo fuera. Sólo a través de la revelación podemos saber cómo se creó la humanidad, y Jesús es la forma más completa de esa revelación. No podemos determinar de forma independiente lo que es la naturaleza humana y saber por lo tanto cómo era Jesús.

¿Qué hay de la humanidad de Jesús? Es “para otros hombres.” La presencia de la imagen de Dios en nosotros, que es lo que nos hace humanos, conlleva cuatro puntos:

  1. Vemos a nuestros vecinos como a nuestro prójimo.

  2. Hablamos y nos escuchamos unos a otros.

  3. Nos ayudamos unos a otros.

  4. Hacemos estas cosas con gusto.

Para resumir la doctrina de Barth sobre la imagen de Dios: sabemos por Génesis 1:26-27 que la imagen consiste en que los humanos reflejan la comunión interna y el encuentro en Dios. El encuentro interno con un humano reside en el hecho de que la raza humana ha sido creada varón y hembra. Por lo tanto hay un enfrentamiento Yo – Tú en la humanidad al igual que lo hay en la relación del humano con Dios. También sabemos, observando a Jesús como significado completo de la humanidad, que la imagen de Dios consiste en ser para otros. Por tanto también desde esta perspectiva, estar en relación con otros es lo que constituye la imagen.

Aunque hubo en un momento dado un agrio desacuerdo entre Barth y Brunner, se acabó consiguiendo un acuerdo gradual entre los puntos de vista de ambos hombres. Los dos representantes del enfoque relacional llegaron a compartir varios principios básicos:

1. La imagen de Dios y la naturaleza del hombre se entienden mejor a través del estudio de la persona de Jesús que de la naturaleza del hombre per se.

2. Entendemos la imagen mediante la revelación divina.

3. La imagen de Dios no se puede entender según cualidades estructurales que hay en los humanos; no es algo que los humanos sean o posean. Más bien, la imagen es una relación con Dios; es algo que experimenta el humano. Por lo tanto, es algo dinámico y no estático.

4. La relación de un hombre con Dios, que constituye la imagen de Dios, es paralela a la relación entre humanos. Barth pone más énfasis en la relación varón–hembra; Brunner amplía más el círculo de relaciones, esto es, la sociedad.

5. La imagen de Dios es universal; se encuentra en todos los humanos y en todos los tiempos y lugares. Por lo tanto, está presente en los seres pecadores. Incluso dándole la espalda a Dios, no se puede negar el hecho de que estamos relacionados con él de una manera en que ninguna otra criatura lo está. Siempre hay una relación, ya sea positiva o negativa.

No se puede ni es necesario sacar ninguna conclusión sobre qué debería haber en la naturaleza de una persona que le proporcionase la habilidad para tener ese tipo de relación. Brunner y Barth nunca se preguntan si se requiere una estructura especial para que la imagen de Dios esté presente en un humano. Incluso la imagen formal de la que habla Brunner es relacional, no estructural.

Como el existencialismo es la filosofía que subyace en el punto de vista relacional de la imagen de Dios, es importante revisar algunas de sus características. Una de estas es el la de quitar el énfasis a las esencias o las sustancias. Lo importante aquí es: “¿Es?” (“¿Existe?”), no “¿Qué es?” Se teme que cualquier cualidad se haga objetiva y pase a ser una especie de realidad estructural permanente. En su lugar, poniendo el énfasis en la voluntad y la acción subsiguiente, lo que importa de una persona o cosa individual es, según el existencialismo, lo que ésta hace. La realidad es más que una entidad que siempre está ahí y que se acepta; al contrario, es algo que uno crea. Todo esto es coherente con el punto de vista de Brunner y Barth sobre la revelación, según el cual la Biblia no es inherentemente la Palabra de Dios, sino que se convierte en la Palabra de Dios cuando Dios se encuentra con el ser humano a través de ella o en ella. De la misma manera, el existencialismo subyace en su idea de la imagen de Dios. Esta no es una entidad que un hombre posee, sino la experiencia que está presente cuando una relación está activa.