Calvinismo o Arminianismo

Debemos pensar si la prioridad lógica está en el plan de Dios o en la acción humana. Aunque los calvinistas y arminianos están de acuerdo en que las acciones humanas están incluidas en el plan de Dios, discrepan en cuál es causa y cuál es resultado. ¿La gente hace lo que hace porque Dios ha decidido que esa es exactamente la manera en la que van a actuar o Dios prevé lo que harán y en base a eso toma su decisión de lo que va a suceder?

1. Los calvinistas creen que el plan de Dios es lógicamente primero y que las decisiones y acciones humanas son la consecuencia. Con respecto al asunto particular de la aceptación o rechazo de la salvación, Dios en su plan ha escogido que algunos crean y por tanto reciban la oferta de la vida eterna. Él sabe por adelantado lo que sucederá porque ha decidido lo que va a suceder. Esto es así con respecto a todas las demás decisiones y acciones humanas también. Dios no depende de lo que decidan los seres humanos. Por tanto, no se trata de que Dios determine que lo que los humanos hagan tenga que pasar, ni escoge para la vida eterna a aquellos que prevé que creerán. Más bien, la decisión de Dios ha asegurado que todos los individuos actúen de una forma en particular.

2. Los arminianos, ponen un énfasis más fuerte en la libertad humana. Dios permite y espera que los humanos ejerciten la voluntad que se les ha dado. Si esto no fuera así, no encontraríamos las invitaciones bíblicas a escoger a Dios, los pasajes “todos los que”, como: “Venid a mí todos los que estéis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mt. 11:28). El mismo ofrecimiento de tales invitaciones implica que el oyente tiene una posibilidad genuina de aceptarlas o rechazarlas. Sin embargo, esto parece una incoherencia respecto a la posición de que las decisiones de Dios han garantizado el futuro. Si hubiera sido así, no habría necesidad de hacer invitaciones a los seres humanos, porque las decisiones de Dios sobre lo que pasaría ocurrirían sin importar lo que ellos hicieran. Los arminianos por lo tanto buscan otra manera de considerar las decisiones de Dios.

La clave está en entender el papel del conocimiento previo de Dios en la formación y ejecución del plan divino. En Romanos 8:29 Pablo dice: “A los que antes conoció, también los predestinó.” De este versículo el arminiano saca la conclusión de que la elección de Dios o la determinación del destino de cada individuo es el resultado de su conocimiento previo. Por tanto, aquellos que Dios supo previamente que creerían son los que decidió que se salvarían. Una declaración similar se puede hacer de todas las acciones humanas, de todos los otros aspectos de la vida de hecho. Dios sabe lo que vamos a hacer todos nosotros. Por lo tanto determina lo que preve que va a ocurrir. Adviértase que la acción humana y sus efectos no son resultado de la decisión de Dios. La acción humana es lógicamente anterior. Sobre esta base, se conserva el concepto de libre albedrío. Todos los individuos tienen opciones genuinas. Son los humanos los que garantizan sus acciones; Dios simplemente se limita a consentir. Uno podría decir que según el punto de vista arminiano este aspecto del plan de Dios está condicionado por la decisión humana; desde el punto de vista calvinista, por otro lado, el plan de Dios es incondicional.

Juan Calvino (1509-1564)

Jacobo Arminio (1560-1609)

 

Un punto de vista moderadamente calvinista

A pesar de las dificultades para relacionar soberanía divina con libertad humana, podemos llegar a la conclusión desde un punto de vista bíblico de que el plan de Dios es incondicional más que condicionado por la elección humana. Simplemente no hay nada en la Biblia que sugiera que Dios escoge a los humanos por lo que ellos vayan a hacer por sí mismos. El concepto arminiano de preconocimiento ('prognōsis'), por atractivo que sea, no se ve avalado por las Escrituras. La palabra significa más que tener simplemente un conocimiento por adelantado o precognición de lo que va a suceder. Parece que en el trasfondo está el concepto hebreo de 'yada, que a menudo significaba algo más que simple concienciación. Cuando Pablo dice que Dios conocía de antemano al pueblo de Israel, no se estaba refiriendo únicamente a un conocimiento por adelantado que tenía Dios. Desde luego, está claro que Dios eligió a Israel no porque supiera por adelantado que iba a tener una respuesta favorable. Si Dios hubiera anticipado esa respuesta, se habría equivocado sin duda alguna. Adviértase que en Romanos 11:2 Pablo dice: “No ha desechado Dios a su pueblo, al cual desde antes conoció” y que a continuación hay una discusión sobre la infidelidad de Israel. Desde luego en este pasaje la presciencia debe ser algo más que un conocimiento previo. En Hechos 2:23, la presciencia se vincula a la voluntad de Dios. Es más, en 1 Pedro 1 leemos que los elegidos son escogidos según el previo conocimiento de Dios (v. 2) y que Cristo estaba destinado desde antes de la fundación del mundo (v. 20). Sugerir que estar destinado aquí significa meramente tener un conocimiento previo es privar a estos versículos de su significado real. Debemos concluir que el preconocimiento tal como se utiliza en Romanos 8:29 lleva consigo la idea de disposición favorable o selección además de la de conocimiento previo.

Además, hay pasajes donde está bastante explícita la naturaleza incondicional del plan seleccionador de Dios. Esto se ve en la declaración de Pablo respecto a la elección de Jacob frente a Esaú: “No habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal (para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciera no por las obras, sino por el que llama ('ek tou kalountos') cuando Dios le dijo a Rebeca: ‘El mayor servirá al menor.’ Como está escrito: ‘A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí’” (Ro. 9:11-13). Pablo parece tomarse muchas molestias en subrayar la naturaleza inmerecida e incondicional de la elección de Jacob por parte de Dios. Más tarde en el mismo capítulo Pablo comenta: “De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece” (v. 18). El significado de la imagen posterior del alfarero y el barro es difícil que pase desapercibida (vv. 20-24). De forma parecida Jesús le dijo a sus discípulos: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn. 15:16). Debido a estas consideraciones y otras similares, debemos concluir que el plan de Dios es incondicional y no condicionado por las acciones humanas previstas.

En este punto debemos plantear la cuestión de si Dios puede crear seres genuinamente libres y a la vez hacer que sean ciertas todas las cosas que van a pasar, incluyendo las decisiones y acciones libres de esos seres. La clave para resolver el problema es la distinción entre hacer que las cosas sean ciertas y hacer que sean necesarias. En el primero Dios decide que va a ocurrir algo; en el segundo decreta que debe ocurrir algo. En el primer caso, el ser humano no actuará de una manera contraria al curso de acción que Dios ha escogido; en el segundo, el ser humano no puede actuar de una manera contraria a la que Dios ha escogido. Lo que estamos diciendo es que Dios garantiza que una persona que podría actuar (o pudiera haber actuado) de una forma diferente en realidad actúe de una forma en particular (la manera en que Dios quiere que lo haga).

¿Qué significa decir que soy libre? Significa que no estoy obligado. Por lo tanto, soy libre para hacer lo que me plazca. Pero ¿soy libre con respecto a lo que me place o no? Para decirlo de una forma diferente: puedo escoger una acción frente a otra porque atrae más mi atención, pero no puedo controlar totalmente la atracción que cada una de esas cosas ejerce sobre mí. Ese es un asunto bastante diferente. Tomo todas mis decisiones, pero esas decisiones están influenciadas por ciertas características mías que no soy capaz de alterar por propia elección. Si, por ejemplo, me ofrecen para cenar hígado o cualquier otro plato, soy libre para elegir el hígado, pero no desearé hacerlo. No tengo un control consciente sobre que no me guste el hígado. Esto es algo que forma parte de mi persona. A este respecto mi libertad queda limitada. No sé si mis genes o mi condicionamiento ambiental han causado que no me guste el hígado, pero está claro que únicamente con desearlo no puedo alterar esta característica mía.

Hay, pues, limitaciones sobre quién soy y lo que deseo y quiero. Desde luego no escogí los genes; ni elegí a mis padres o la localización geográfica y cultural de mi nacimiento. Mi libertad, por tanto, tiene ciertas limitaciones. Y aquí es donde surge la cuestión: “¿Quién establece estos factores?” La respuesta teísta es “Dios.”

Soy libre para escoger entre varias opciones. Pero mi elección estará influenciada por lo que soy. Por lo tanto, mi libertad debe ser entendida como mi habilidad para escoger entre varias opciones a la luz de lo que soy. Y lo que soy es el resultado de la decisión y actividad de Dios. Dios controla todas las circunstancias relacionadas con mi situación en la vida. Hace que haya en mi vida (o permite que aparezcan) factores que hacen que me resulte atractiva, incluso muy atractiva, una opción en particular. A través de todos los factores que he experimentado en el pasado él ha influido en el tipo de persona que soy ahora. De hecho él ha influido en lo que tenía que pasar deseando que fuera a mí al que se diese vida.

Cada vez que se concibe un niño, hay un infinito número de posibilidades. Una incontable variedad de combinaciones genéticas pueden surgir de la unión del esperma y el óvulo. No sabemos por qué surge una combinación en particular. Ahora, para este argumento, pensemos en la posibilidad de un hipotético individuo cuya combinación genética difiera sólo muy ligeramente de la mía. Es idéntico a mí prácticamente en todo; responde en cada situación de la vida como yo lo haría. Pero en un momento en particular él escogerá mover el dedo a la izquierda cuando yo lo muevo a la derecha. No estoy obligado a mover el dedo a la derecha, pero elijo libremente hacerlo. Ahora, al asegurarse de que yo y no mi hipotético doble, fuera el que existiese, y estableciendo las circunstancias de mi vida, Dios garantiza que yo en un particular momento escoja libremente mover el dedo hacia la derecha.

Esto en muchas maneras se parece al argumento de Gottfried von Leibniz en su "Teodicea". Dios conoce todas las infinitas posibilidades. Escoge cuál de ellas hará realidad. Y seleccionando meticulosamente a los mismos individuos a los que da el ser, los individuos que responderán a estímulos específicos exactamente como él desea, y asegurándose de que esos factores específicos están presentes, garantiza las decisiones y acciones libres de esos individuos. Donde nuestro punto de vista difiere del de Leibniz es en que vemos las decisiones de Dios completamente libres en este asunto, no están para nada determinadas. Es más, al garantizar las acciones humanas Dios no se limita a escoger dar la vida a un ser para luego dejarlo que actúe en un mundo mecánico y determinista. Dios está obrando de forma activa en este mundo, influyendo en lo que sucede. De esta manera, se evitan las connotaciones deístas del punto de vista de Leibniz.

La posición defendida aquí es lo que B. B. Warfield considera la forma más suave de calvinismo (hay, de hecho, algunos calvinistas que no creen que merezca ni siquiera ser llamada calvinismo). Warfield denominó a esta posición “congruismo,” porque mantiene que Dios obra de forma congruente con la voluntad individual; esto es, Dios obra de una manera tan persuasiva en la voluntad del individuo que la persona libremente escoge la opción que Dios desea. Con respecto a la oferta de salvación, esto significa que Dios no empieza regenerando a los que escoge, transformando sus almas para que crean; más bien, obra de una forma atractiva y persuasiva para que ellos escojan creer, y después los regenera. Lo que estamos añadiendo a esta posición es la idea de que Dios está operativo en la vida del individuo mucho antes de que obre de forma regeneradora y persuasiva: Dios desde la eternidad ha decidido que el individuo potencial que llega realmente a existir es el que responderá a esta serie de circunstancias precisamente como Dios quiere.

¿Que Dios haya garantizado las acciones y las decisiones humanas es compatible con la libertad humana? Nuestra forma de responder depende de lo que entendamos por libertad. Según la posición que estamos exponiendo, la respuesta a la pregunta: “¿Podría haber escogido el individuo de manera diferente?” es sí, mientras que la respuesta a la pregunta “Pero ¿lo habría hecho?” es no. Según nuestra manera de entender la libertad humana, para que ésta exista sólo hay que contestar afirmativamente a la primera pregunta. Pero otros podrían argumentar que la libertad humana existe sólo si se responde afirmativamente a las dos preguntas; esto es, que el individuo no sólo pueda escoger de forma diferente, sino que también pueda desear hacerlo. Desde su punto de vista, la libertad significa espontaneidad total, elección al azar. Nosotros les diríamos que en lo que se refiere a las decisiones y acciones humanas, nada es completamente espontáneo o al azar. El comportamiento humano es en cierto modo predecible; cuanto mejor conocemos a un individuo, mejor podemos anticipar sus reacciones. Por ejemplo, un amigo cercano puede decir: “Estaba seguro de que ibas a decir eso.” Las cadenas de televisión pueden predecir los resultados de unas elecciones analizando unos pocos distritos electorales destacados. Concluimos que si la libertad significa elección al azar, la libertad humana es prácticamente imposible. Pero si la libertad significa habilidad para escoger entre opciones, la libertad humana existe y es compatible con el hecho de que Dios haya garantizado las decisiones y acciones humanas.

Deberíamos señalar que si la certeza de los resultados es incompatible con la libertad, el preconocimiento divino, como entiende el arminiano ese término, presenta tanta dificultad para la libertad humana como la preordenación divina. Porque si Dios ya sabe lo que voy a hacer, debe ser cierto que voy a hacerlo. Si no fuera seguro, Dios no podría saberlo; podría equivocarse (podría actuar de forma diferente a lo que él espera). Pero si lo que hago es cierto, seguro que lo haré, lo sepa yo o no. ¡Sucederá! Pero entonces ¿soy libre? Desde el punto de vista de los que creen que la definición de libertad conlleva la implicación de que no puede ser seguro que ese evento en particular sucederá, presumiblemente no soy libre. Para ellos, el preconocimiento divino es tan incompatible con la libertad humana como la divina preordenación.

Podría parecer que la elección divina que hemos defendido es en parte la misma que la idea de presciencia arminiana. Sin embargo, hay una diferencia significativa. En la idea arminiana hay una presciencia de entidades que realmente existen. Dios simplemente escoge confirmar, por así decirlo, lo que prevé que los individuos reales decidirán hacer. Sin embargo, desde nuestro punto de vista, Dios conoce previamente todas las posibilidades. Dios prevé lo que posibles seres harán si se les coloca en una situación determinada con todas las influencias que estarán presentes en ese momento del tiempo y el espacio. Sobre esta base, escoge cuál de los posibles individuos tendrá existencia y qué circunstancias e influencias estarán presentes. Él sabe previamente lo que estos individuos harán libremente, porque él en efecto tomó esta decisión escogiéndolos en particular para darles vida. Con respecto a la salvación, esto significa que, en orden lógico Dios decidió que crearía a los humanos, que ellos caerían, y que de entre ese grupo al que daría la existencia, y que estarían todos bajo la maldición del pecado, algunos individuos actuarían como él deseaba, escogerían libremente responderle.

Nuestra posición de que Dios ha hecho ciertas todas las cosas que ocurren plantea otra cuestión: ¿No hay una cierta contradicción entre lo que Dios ordena y dice que desea y lo que realmente quiere? Por ejemplo, el pecado está prohibido universalmente, sin embargo, aparentemente parece decidir que ocurrirá. Desde luego matar está prohibido en las Escrituras, y sin embargo la muerte de Jesús ejecutado aparentemente era el deseo de Dios (Lc. 22:22; Hechos 2:23). Es más, se nos dice que Dios no desea que ninguno perezca (2 P. 3:9), no obstante aparentemente no parece querer que todos se salven, ya que no todos lo harán. ¿Cómo vamos a reconciliar estas consideraciones aparentemente contradictorias?

Debemos distinguir entre dos sentidos diferentes de la voluntad de Dios, a los que nos referiremos como “deseo” de Dios (voluntad 1) y “voluntad” de Dios (voluntad 2). El primero es la intención general de Dios, los valores que le complacen. El segundo es la intención específica de Dios en una situación concreta, lo que él decide que tiene que suceder. Hay veces, muchas, en las que Dios decide permitir, y por lo tanto garantiza que suceda, lo que en realidad no desea. Este es el caso del pecado. Dios no desea que ocurra el pecado. Sin embargo, hay ocasiones, en las que simplemente dice, en efecto: “Que así sea”, permitiendo que un humano escoja libremente actuar de forma pecaminosa. El tratamiento que José recibió de parte de sus hermanos no complació a Dios; no fue coherente con su forma de ser. Sin embargo, Dios decidió permitirlo; no intervino para evitarlo. Y es más, Dios utilizó su acción para producir lo que realmente ellos intentaban evitar: el dominio de José.

Dios no disfruta con la destrucción de los impíos. Le causa pena. Sin embargo, él escoge permitir que ellos, por su propia voluntad, rechacen creer. Por qué hace esto, no lo sabemos. Pero esto de lo que estamos hablando no es tan especial y extraño como podríamos creer en un primer momento. No es muy distinto a lo que a veces hacen los padres con sus hijos. Una madre puede querer que su hijo no se comporte de una manera en especial, y puede que se lo diga así. Sin embargo, en ciertas situaciones la madre puede que vea a su hijo, sin que él se dé cuenta, actuar de la forma prohibida, pero elige no actuar para evitarlo. Es claro que el deseo de la madre es que su hijo no actúe de esa manera, sin embargo su voluntad es que haga lo que él ha decidido hacer. Eligiendo no intervenir para evitar el acto, la madre realmente está escogiendo que suceda.

Debemos entender que la voluntad de Dios permite el pecado en lugar de provocarlo. Dios nunca dice: “¡Comete este pecado!” Pero permitiendo las condiciones que conducen a una persona a cometer un pecado y no evitándolo, Dios realmente escoge que se peque. Si se mantiene que el fracaso para prevenir algo constituye causalidad o responsabilidad, entonces Dios tendría que ser considerado, en este sentido secundario, como causante de maldad. Pero deberíamos señalar que esta no es la manera en que se suele asignar la responsabilidad.

Otro tema que debe ser examinado concierne a si nuestro punto de vista sobre el plan de Dios que todo lo abarca elimina nuestro aliciente para actuar. Si Dios ya ha garantizado lo que va a ocurrir, ¿merece la pena que nosotros intentemos cumplir con su voluntad? ¿Lo que hagamos supondrá realmente alguna diferencia en lo que tiene que ocurrir? Este tema se relaciona en particular con la evangelización. Si Dios ya ha escogido (elegido) a los que van a salvarse y a los que no, ¿qué diferencia hay en que nosotros (o cualquier otro) trate de propagar el evangelio? Nada puede cambiar el hecho de que los elegidos se salvarán y los demás no.

Para responder a esta pregunta habría que tener en cuenta dos cosas:

1. Si Dios ha hecho cierto el fin, su plan incluye los medios para llegar a ese fin. Su plan puede incluir también que nuestro testimonio sea el medio a través del cual una persona elegida llegue a tener fe.

2. No conocemos con detalle el plan de Dios. Así que debemos proceder según lo que Dios ha revelado de su deseo. Según esto, debemos dar testimonio. Esto puede significar que parte de nuestro tiempo lo pasemos con alguien que al final no entrará en el reino de los cielos. Pero no significa que perdamos el tiempo. Podría ser el medio para cumplir con otra parte del plan de Dios. Y al final, Dios mide nuestro servicio por la fidelidad y no por el éxito.