La autopercepción de Jesús
Al buscar la evidencia bíblica de la deidad de Cristo, empezamos con la percepción que Jesús tenía de sí mismo. ¿Qué pensaba y creía Jesús sobre sí mismo? Algunos han argumentado que Jesús nunca dijo que fuera Dios. Su mensaje fue enteramente sobre el Padre, no sobre él. Por lo tanto se nos pide que creamos con Jesús, no en Jesús. ¿Cómo encajan realmente las evidencias de las Escrituras con esta opinión?
Es verdad que Jesús no proclamó de forma explícita y abierta su deidad. No dijo textualmente: “Soy Dios.” Lo que encontramos, sin embargo, son afirmaciones que serían inadecuadas si las hiciera alguien que fuera menos que Dios. Por ejemplo, Jesús dijo que enviaría a “sus ángeles” (Mt. 13:41); en otra parte se habla de ellos como de “los ángeles de Dios” (Lc. 12:8-9; 15:10). Esa referencia es particularmente significativa, porque habla no sólo de los ángeles, sino también del reino como suyo: “Enviará el Hijo del hombre a sus ángeles, y recogerán de su Reino a todos los que sirven de tropiezo y a los que hacen maldad.” Se hace referencia a este reino repetidamente como el reino de Dios, incluso en el evangelio de Mateo, donde uno esperaría encontrar “reino de los cielos.”
Más significativo todavía son las prerrogativas que Jesús reclamaba. En particular, su afirmación de poder perdonar los pecados trajo como consecuencia un cargo de blasfemia contra él. Cuando el paralítico fue bajado del tejado por sus cuatro amigos, Jesús no respondió con un comentario sobre la condición física del hombre o su necesidad de curación. Más bien el comentario fue, “Hijo, tus pecados te son perdonados” (Mr. 2:5). La reacción de los escribas indica el significado que ellos daban a sus palabras: “¿Por qué habla este de ese modo? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?” (v. 7). Robert Stein señala que su reacción muestra que ellos interpretan el comentario de Jesús como que “está ejerciendo una prerrogativa divina, el poder de perdonar realmente los pecados.” Aquí había una excelente oportunidad para que Jesús clarificara la situación, para corregir a los escribas si es que ellos habían entendido mal la importancia de sus palabras. Sin embargo, no lo hizo. Su respuesta fue muy instructiva: “Y conociendo luego Jesús en su espíritu que pensaban de esta manera dentro de sí mismos, les preguntó: —¿Por qué pensáis así? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o decirle: “Levántate, toma tu camilla y anda”? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados—dijo al paralítico—: A ti te digo: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (vv. 8-11).
Jesús también reclamó otras prerrogativas. En Mateo 25:31-46 habla de juzgar al mundo. Se sentará en el trono de gloria y apartará las ovejas de los cabritos. El poder de juzgar la condición espiritual y de asignar el destino eterno de toda la gente le pertenece. Desde luego este es un poder que sólo Dios puede ejercer. Jesús hizo otras reclamaciones directas. Apreciamos, al examinar los evangelios, que éstas se hacen más explícitas en las últimas etapas del ministerio de Jesús. Al principio permitía que la gente sacara conclusiones sobre él del poder de su enseñanza moral y sus milagros. Por lo tanto este segmento del ministerio de Jesús da cierto apoyo a las teorías de Harnack y otros. Sin embargo, en las últimas etapas, se centra mucho más en sí mismo. Por ejemplo, podríamos comparar el sermón del monte con el discurso en el aposento alto. En el primero, el mensaje se centra en el Padre y en el reino. En el segundo, Jesús es mucho más el centro de atención. Por tanto la idea de que Jesús dirigió nuestra fe hacia el Padre y no hacia sí mismo es difícil de sostener.
La autoridad que Jesús reclamaba y ejercitaba se ve también claramente con respecto al sábado. Dios había establecido que el sábado fuera sagrado (Éx. 20:8-11). Sólo Dios podía derogar o modificar esta regulación. Sin embargo, pensemos en lo que sucedió cuando los discípulos de Jesús recogieron grano en sábado, y los fariseos pusieron objeciones porque se estaban violando las leyes del sábado (al menos su versión de ellas). Jesús respondió señalando que David había violado una de las leyes comiendo del pan reservado para los sacerdotes. Después volviendo directamente a la situación de la que hablaban, Jesús afirmó: ”El sábado fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del sábado. Por tanto, el Hijo del hombre es Señor aun del sábado” (Mr. 2:27-28). Está claro que estaba reclamando el derecho de redefinir el estatus del sábado, un derecho que pertenece sólo a alguien que sea prácticamente igual a Dios.
Vemos también que dice tener una relación inusual con el Padre, en particular en los relatos de Juan. Por ejemplo, Jesús dice ser uno con el Padre (Jn. 10:30), y que quien le conoce a él y le ve conoce y ve al Padre (Jn. 14:7-9). En Juan 8:58 habla de preexistencia: “Jesús les dijo: —De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuera, yo soy.” Fijémonos aquí que en lugar de decir “yo era” dice “yo soy.” Leon Morris sugiere que se quiere dar por implicado un contraste entre “un modo de ser que tiene un principio definido” y uno “que es eterno.” También es posible que aquí Jesús se esté refiriendo a “la fórmula YO SOY” con la que Dios se identifica a sí mismo en Éxodo 3:14-15. Porque en este caso, la fórmula “Yo soy” denota existencia. El verbo no es copulativo (como, por ejemplo en “yo soy el buen pastor”; “yo soy el camino, la verdad y la vida”). Otra alusión a la preexistencia la encontramos en Juan 3:13, donde Jesús afirma: “Nadie subió al cielo sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo.” También se habla de que obra de forma simultánea y en los mismos términos que el Padre: “Respondió Jesús y le dijo: —El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada con él” (Jn. 14:23). Aunque algunas declaraciones de Jesús pueden parecernos un tanto vagas, no hay duda de cómo las interpretaban sus enemigos. Después de su afirmación de que existía antes de Abraham, la inmediata reacción de los judíos fue recoger piedras para arrojárselas (Jn. 8:59). Desde luego esto indica que le consideraban culpable de blasfemia, porque la lapidación era el castigo para la blasfemia (Lv. 24:16). Si hubieran intentado lapidarle sólo porque estaban enfadados debido a sus desfavorables referencias hacia ellos, según la ley habrían sido culpables de intento de asesinato.
En ciertos aspectos, la indicación más clara de cómo se percibía Jesús a sí mismo la encontramos en conexión con su juicio y condena. El cargo, según el relato de Juan era el de que “se hizo a sí mismo hijo de Dios” (Jn. 19:7). Mateo cuenta que el sumo sacerdote dijo en el juicio: “Te conjuro por el Dios viviente que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios” (Mt. 26:63). “Jesús le dijo: Tú lo has dicho. Y además os digo que desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder de Dios y viniendo en las nubes del cielo.” Esta es la declaración más clara de deidad que uno se puede encontrar en los evangelios. Algunos argumentan que Jesús estaba hablando de forma satírica, y que en realidad estaba diciendo: “Tú dices eso, no yo.” Es verdad que el pronombre personal se utiliza aquí para complementar la segunda persona del singular del verbo, sugiriendo que el énfasis de la frase recae en el sujeto: ¡Tú dices eso! Sin embargo, es necesario hacer dos observaciones adicionales:
(1) Jesús continuó hablando de su poder y su segunda venida, lo que confirmaba, más que contradecía, su cargo.
(2) Jesús tenía una oportunidad ideal aquí para corregir cualquier malentendido en el que se hubiera visto envuelto. No lo hizo. Podía haber evitado la ejecución simplemente negando ser el Hijo de Dios, pero no lo hizo. O bien deseaba morir, aunque fuera por un cargo falso, o bien no respondió porque el cargo imputado era correcto. La reacción de los judíos es instructiva. Cuando el sumo sacerdote dijo: “Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? Ahora mismo habéis oído su blasfemia. ¿Qué os parece?” Y ellos respondieron: “¡Es reo de muerte!” (Mt. 26:65-66). El delito es que Jesús reclamase lo que sólo Dios tiene derecho a reclamar. Aquí tenemos a Jesús afirmando en efecto, mediante la aquiescencia, su igualdad frente al Padre.
Jesús no sólo no negó el cargo de que afirmaba ser Dios, sino que aceptó que sus discípulos le atribuyesen deidad. El caso más claro de esto es la respuesta a Tomás cuando le llama “Señor mío y Dios mío” (Jn. 20:28). Aquí tuvo una excelente oportunidad para corregir este error, si es que lo era, pero Jesús no lo hizo.
Hay indicaciones adicionales de cómo se consideraba Jesús a sí mismo. Una es la manera en la que yuxtaponía sus propias palabras al Antiguo Testamento, las Escrituras de su tiempo. Una y otra vez decía: “Oísteis que fue dicho..... Pero yo os digo.....” (por ejemplo, Mt. 5:21-22, 27-28). Aquí Jesús se atreve a poner su palabra al mismo nivel que la Escritura del Antiguo Testamento. Se podría argumentar que únicamente estaba diciendo que era un profeta de la misma categoría que los profetas del Antiguo Testamento. Sin embargo, los profetas basaban sus declaraciones de autoridad en lo que Dios había dicho o estaba diciendo a través de ellos. Así encontramos la fórmula característica: “La palabra de Jehová vino a mí diciendo...” (Jer. 1:11; Ez. 1:3). Jesús, sin embargo, no cita esa fórmula cuando imparte sus enseñanzas. Dice simplemente: “Pero yo os digo...” Jesús afirma tener el poder de ofrecer enseñanzas que tienen tanta autoridad como las de los profetas del Antiguo Testamento.
Jesús también por implicación, por declaración directa y por obras re-clamaba tener poder sobre la vida y la muerte. Ana en su cántico de alabanza atribuye a Dios el poder de dar la muerte y la vida (1 S. 2:6). En el Salmo 119, el salmista reconoce una docena de veces que es Jehová el que da y conserva la vida. En Juan 5:21 Jesús reclama este poder para sí mismo: “Como el Padre levanta a los muertos y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida.” Quizá la frase más enfática la encontramos en sus palabras a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente.”(Jn. 11:25).
Jesús se aplicó específicamente a sí mismo expresiones que transmitían su forma de entenderse a sí mismo. Una de ella es la de “Hijo de Dios.” Los críticos de las formas encuentran este título en todos los estratos de los Evangelios, prueba clara de que Jesús lo utilizó para hablar de sí mismo. Aunque el título es susceptible de diferentes significados, Jesús le dio un nuevo contenido para describir su especial persona y relación con Dios. Significaba que Jesús tenía una relación con el Padre distinta a la de cualquier ser humano. Los judíos entendían que Jesús estaba por tanto reclamando una relación de filiación especial que se diferenciaba “no sólo cuantitativa, sino cualitativamente; no sólo en grado, sino en clase.” En Juan 5:2-18, por ejemplo, leemos, que reaccionaron con gran hostilidad cuando para defenderse de haber curado en sábado, Jesús vinculó su obra con la del Padre. Como explica Juan: “Por esto los judíos aun más intentaban matarlo, porque no solo quebrantaba el sábado, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios” (v. 18). Según todo lo anterior, parece difícil, excepto basándose en cierto tipo de suposiciones críticas, evitar la conclusión de que Jesús se creía a sí mismo igual al Padre y que poseía el derecho de hacer cosas que sólo Dios tiene el derecho de hacer.
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