Naturaleza de Dios y el estado de la ley
Al igual que los pasajes bíblicos aparecen dentro de un contexto, lo mismo hacen las doctrinas. Abstraer una doctrina de su contexto produce distorsión en la misma. En cualquier asunto de estudio teológico, el contexto más amplio es, por supuesto, la doctrina de Dios, especialmente cuando se trata de una relación con Dios, como en la expiación.
La naturaleza de Dios es de santidad perfecta y completa. Esto no es un asunto optativo o arbitrario; es la manera de ser de Dios por naturaleza. Al ser contrario a su naturaleza, el pecado le resulta repulsivo a Dios. Él es alérgico al pecado, por así decirlo. No puede soportarlo.
Otro factor importante a considerar cuando elaboramos nuestra teoría sobre la expiación es el estatus de la ley espiritual y moral de Dios. No se debería pensar en la ley como si fuera algo impersonal y ajeno a Dios, sino como una expresión de la persona y la voluntad de Dios. No manda amar ni prohíbe el asesinato sólo porque decide hacerlo. De su misma naturaleza surge la aceptación de ciertas acciones y la prohibición de otras. Dios dice que el amor es bueno porque él mismo es amor. Mentir es malo porque Dios mismo no puede mentir.
Esto significa que, en efecto, la ley es como una copia escrita de la naturaleza de Dios. Cuando nos relacionamos con ella, ya sea de forma positiva o negativa, no nos estamos relacionando con un documento impersonal o un conjunto de regulaciones. Más bien, estamos obedeciendo o desobedeciendo al mismo Dios. Desobedecer la ley es serio, no porque la ley tenga algún valor o dignidad inherente que debe ser conservada, sino porque desobedecerla es en realidad un ataque a la naturaleza de Dios. Por tanto, el legalismo –la actitud de que la ley debe ser obedecida por el bien de la misma– es inaceptable. En realidad hay que entender la ley como un medio de relacionarse con un Dios personal.
Algunos ponen objeciones a la idea de que la naturaleza de Dios se puede expresar en forma de proposición, que la voluntad de Dios es, en cierta forma, codificable. Tras esta objeción parece encontrarse un cierto escepticismo kantiano: nunca podemos conocer las realidades últimas, porque la única base de conocimiento válida es el sentido de la percepción. Desde luego las declaraciones que dicen expresar la voluntad de Dios (la ley) trascienden la experiencia sensorial y por tanto debemos considerarlas carentes de fundamento. También existe con frecuencia una objeción según el concepto de Friedrich Schleiermacher de que la religión no es principalmente un asunto de doctrina, sino de sentimientos. Pero si mantenemos que Dios es una realidad objetiva, y que ha revelado una verdad racional, objetiva sobre sí mismo, seguro que hay espacio para la ley como representación objetiva de su voluntad, e incluso de su naturaleza.
Por tanto, la violación de la ley, ya sea por transgresión o porque no se ha podido cumplir con ella, acarrea las serias consecuencias de poder ser castigado y especialmente de morir. A Adán y Eva se les dijo que el día que comieran de la fruta prohibida sin duda morirían (Gn. 2:15-17). El Señor le dijo a Ezequiel que “el alma que peque, esa morirá” (Ez. 18:20). Según Pablo “la paga del pecado es muerte” (Ro. 6:23) y “el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción” (Gá. 6:8). Hay un vínculo definido entre el pecado y el estar expuesto a ser castigado. En particular en la última cita (Gá. 6:7-8) resulta evidente la conexión causa–efecto entre el pecado y el castigo. Sin embargo, en todos los casos se entiende que el castigo es inevitable, y no una simple posibilidad.
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