Cristología "desde arriba" (enfoque metafísico)

Con el término “Cristología desde arriba” hacemos referencia a la estrategia y la orientación básica de la cristología de los primeros siglos de la iglesia. También fue, en gran manera, la cristología de la ortodoxia durante la era precrítica cuando no se cuestionaba la fiabilidad histórica de las Escrituras. En el siglo XX, este enfoque de la cristología se asoció especialmente con Karl Barth, Rudolf Bultmann y Emil Brunner en uno de sus primeros libros "The Mediator". Algunas características principales de la cristología desde arriba son evidentes en esa obra:

1. La base para entender a Cristo no es el Jesús histórico, sino el kerygma, la proclamación de la iglesia sobre Cristo. Brunner afirma:

"Estamos obligados a oponernos a la idea de que la fe cristiana surge de la observación histórica, de la imagen histórica de Jesús de Nazaret. El cristianismo mismo siempre ha sabido lo contrario. La fe cristiana sólo surge del testimonio sobre Cristo que hay en el mensaje predicado y en la palabra escrita de las Escrituras. La imagen histórica sin duda está incluida en esta última...; pero esta imagen en sí misma no es la base del conocimiento".

2. En cristología, hay una destacada preferencia por los escritos de Pablo y del cuarto Evangelio frente a los Evangelios sinópticos. Los primeros contienen de forma más explícita interpretaciones teológicas, mientras que los sinópticos están básicamente relatando de forma prosaica acciones y enseñanzas de Jesús. Este principio está muy unido al primero:

"Si una vez que se llega a la convicción de que la fe cristiana no surge de la imagen del Jesús histórico, sino del testimonio sobre Cristo como tal –esto incluye el testimonio de los profetas y también de los apóstoles– y eso se basa en este testimonio, entonces inevitablemente la preferencia por los Evangelios sinópticos y por las verdaderas palabras de Jesús, que era la posición normal de la última generación, desaparecerá".

3. La fe en Cristo no se basa en pruebas racionales ni queda legitimada por ellas. No se puede probar científicamente. El contenido en el que se cree está fuera de la esfera de la razón natural y de la investigación histórica y en consecuencia no se puede probar de forma concluyente. Aunque la investigación histórica puede servir para eliminar obstáculos a varias creencias (por ejemplo, creer en la deidad de Jesucristo), no puede servir para establecer estas creencias. “Jesús enseñó a un grupo de discípulos a orillas del mar” es una frase abierta a la investigación histórica; “Jesús es la segunda persona de la Trinidad” no. Aceptamos las frases históricas cuando se nos persuade racionalmente. Aceptamos la proclamación por fe.

Brunner hizo una distinción que clarifica el sentido en que, para él, la cristología es histórica y en qué sentido no lo es. Esta distinción es la de “Cristo en la carne” y “Cristo según de la carne.” Por “Cristo en la carne” Brunner entiende que Dios se encarnó, la Palabra se hizo carne y entró en la historia. El “Cristo según la carne” es el Cristo conocido por los historiógrafos, los cronistas, con sus métodos de investigación. Conocer al “Cristo en la carne” es conocer algo más que el “Cristo según la carne.” El creyente conoce a Cristo como el que ha venido en la carne, como aquel de quien los cronistas y los historiadores humanistas deben tener algo que decir. Pero él conoce a este “Cristo en la carne” de una manera en la que ellos no pueden conocer nada; él le conoce por lo tanto como alguien bastante diferente, y eso es lo que importa. Porque el conocimiento de otros –del cronista y del historiador humanista– todavía no es el conocimiento de Cristo, de la “Palabra hecha carne,” sino que es el conocimiento “según la carne.”

Brunner resalta el Cristo en la carne, pero no ignora al Cristo según la carne. Porque aunque la fe nunca surge de la observación de los hechos, sino del testimonio de la iglesia y de la Palabra de Dios, el hecho de que Dios se ha “hecho carne” significa que la fe está de alguna manera conectada con la observación. El testimonio de la iglesia y las Escrituras siempre incluye la imagen de Jesús.