Karl Barth

Como desarrolló en su "Church Dogmatics", la cristología de Karl Barth se relaciona con su idea sobre la revelación y con la manera que Kierkegaard tenía de entender el papel de la historia en la fe. Kierkegaard hablaba del “divino incógnito,” queriendo decir que la deidad de Cristo estaba totalmente oculta en su humanidad. Como resultado, la observación e incluso la descripción detallada del hombre Jesús y lo que hizo y dijo no revela nada de su deidad.

Barth cree totalmente en la humanidad de Jesús, aunque no ve nada especial en ella. Señala que es difícil conseguir información histórica sobre Jesús, y que incluso cuando lo hacemos, ésta no es realmente significativa para la fe: “Jesucristo de hecho es también el Rabbi de Nazaret, del que históricamente tan difícil es conseguir información, y cuando se consigue, suele ser un tanto tópica como la de cualquier otro fundador de una religión e incluso como la que se tiene de representantes posteriores de Su misma ‘religión.’” Para Barth, la vida humana de Jesús, tanto lo que decía como lo que hacía, no resulta muy reveladora de la naturaleza de Dios. Es más, la información que obtenemos sobre Jesús por el uso del método histórico sirve más para ocultar que para revelar su deidad. Esto es, por supuesto, coherente con el punto de vista de Barth sobre la revelación, según el cual los sucesos que se relatan en las Escrituras no son reveladores en sí mismos. Cada evento es revelador sólo cuando Dios se manifiesta a sí mismo en un encuentro con alguien que está leyendo o escuchando sobre ello. Los eventos y las palabras que los recogen son el vehículo mediante el cual se produce la revelación; no son la revelación objetiva.

Según Barth, pues, incluso aunque supiéramos correctamente todo lo que Jesús dijo e hizo, no conoceríamos a Dios mediante ello. Algunas formas populares de apologética intentan argumentar que por los milagros, la conducta y las enseñanzas inusuales de Jesús, este debía haber sido Dios. Estos asuntos se presentan como pruebas irrefutables de su deidad, no hay más que examinar la evidencia. Sin embargo, desde el punto de vista de Barth, incluso si se pudiera hacer una crónica completa de la vida de Jesús, sería más opaca que transparente. Evidencia de esto aparece en tiempos de la vida de Jesús.

Muchos de los que vieron lo que hizo y oyeron lo que dijo no estaban convencidos de su deidad. Algunos únicamente estaban sorprendidos de que él, el hijo de José el carpintero, pudiera hablar como lo hacía. Algunos reconocían que lo que hacía era sobrenatural, pero no sentían a Dios en lo que observaban. Al contrario, llegaban a la conclusión de que lo que hacía lo hacía por el poder de Belcebú, el príncipe de los demonios. La carne y la sangre no le revelaron a Pedro que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios vivo; más bien fue el Padre en el cielo el que convenció a Pedro de esta verdad. Y así debe ser con nosotros también. No podemos conocer a Dios conociendo el Jesús de la historia.