La ausencia de pecado en Jesús

Otro tema importante sobre la humanidad de Jesús es la cuestión de si Jesús pecó o incluso si podía pecar. Tanto en los pasajes didácticos como en los materiales narrativos, la Biblia es bastante clara en este tema.

Los pasajes didácticos o directamente declaratorios son considerables en número. El escritor de Hebreos dice que Jesús “fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (He. 4:15). Se describe a Jesús como “sumo sacerdote [que] nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos” (7:26), y “sin mancha” (9:14). Pedro, que por supuesto conocía bien a Jesús, declaró que él era “El Hijo del Dios viviente” (Jn. 6:69), y enseñó que Jesús “no cometió pecado ni se halló engaño en su boca” (1 P. 2:22). Juan dijo “no hay pecado en él” (1 Jn. 3:5). Pablo también afirmó que Cristo “no conoció pecado” (2 Co. 5:21).

El mismo Jesús afirmó explícita e implícitamente que era justo. Preguntó a sus oyentes: “¿Quién de vosotros puede acusarme de pecado?” (Jn. 8:46); nadie contestó. También mantenía: “porque yo hago siempre lo que le agrada [al que me envió]” (Jn. 8:29). Una vez más: “yo he guardado los mandamientos de mi Padre” (Jn. 15:10). Enseñó a sus discípulos que confesaran sus pecados y pidieran perdón, pero en ninguna parte se recoge que él se confesara ni pidiera perdón por sus propios pecados. Aunque fue al templo, no tenemos constancia de que ofreciese sacrificio por sí mismo o sus pecados. No se le acusó nunca de ningún pecado, excepto del de blasfemia; y por supuesto, si era Dios, lo que hizo (o sea, declarar perdonados los pecados) no era una blasfemia. Aunque no haya pruebas categóricas de que Jesús careciera de pecado, hay muchos testimonios de su inocencia de los cargos por los que fue crucificado. La mujer de Pilato advirtió: “No tengas nada que ver con este justo” (Mt. 27:19); el ladrón en la cruz dijo: “Este ningún mal hizo” (Lc. 23:41); e incluso Judas dijo: “Yo he pecado entregando sangre inocente” (Mt. 27:4).

La carencia de pecado de Jesús se confirma con las narraciones de los evangelios. Hay relatos de tentación, pero no de pecado. Nada de lo que se diga de él está en conflicto con la ley revelada por Dios sobre lo que está bien y lo que está mal; todo lo que hizo estaba en relación con el Padre. Por tanto, basándose en la afirmación directa y en el silencio sobre ciertos puntos, debemos concluir que la Biblia uniformemente da testimonio de la falta de pecado de Jesús.

Sin embargo, de esta consideración surge un problema. ¿Jesús era completamente humano si nunca pecó? O para decirlo de otra manera, la humanidad de Jesús, si estaba libre de todo pecado de naturaleza o actuación activa, ¿es la misma que nuestra humanidad? Para algunos esto parece ser un problema serio. Porque ser humano, por definición, es ser tentado y pecar. ¿El carecer de pecado no deja a Jesús completamente fuera de nuestra clase de humanidad? Esta cuestión plantea duda sobre lo genuino de las tentaciones de Jesús.

A. E. Taylor ha expuesto el caso de forma directa y clara: “Si un hombre no comete ciertas transgresiones... debe ser porque nunca se ha sentido atraído hacia ellas.” Pero ¿realmente es así? Parece que lo que se está dando por supuesto aquí es que si algo es posible, debe convertirse en realidad, y al contrario, algo que no ocurre nunca o que no se convierte en realidad es que no debe haber sido posible. Sin embargo tenemos la declaración del escritor de la carta a los Hebreos que dice que Jesús en realidad si fue tentado en todo según nuestra semejanza (4:15). Más allá de eso, la descripción de las tentaciones de Jesús indican gran intensidad. Por ejemplo, pensemos en la agonía de Getsemaní cuando luchaba por cumplir la voluntad del Padre (Lc. 22:44).

Pero ¿podría haber pecado Jesús? Las Escrituras nos dicen que Dios no puede ser tentado por el mal ni tentar a nadie (St. 1:13). Entonces, ¿era realmente posible que Jesús, siendo Dios, pecase? Y si no, ¿su tentación era genuina? Aquí nos encontramos con uno de los grandes misterios de la fe, las dos naturalezas de Jesús. Aunque Jesús pudiera haber pecado, está claro que no lo habría hecho. Las luchas y tentaciones eran genuinas, pero el resultado siempre era seguro.

¿Una persona que no sucumbe ante la tentación realmente la siente, o no, como sostiene Taylor? Leon Morris argumenta que lo contrario de la afirmación de Taylor es correcto. La persona que resiste conoce la auténtica fuerza de la tentación. La carencia de pecado apunta hacia una tentación más intensa no a una menos intensa. “El hombre que se rinde ante una tentación particular no sabe cuál es todo su poder. Se ha rendido mientras la tentación todavía se tenía algo guardado. Sólo el hombre que no cae en la tentación[,] que, en lo que se refiere a esa tentación en particular, no tiene pecado, conoce toda la extensión de esa tentación.”

Uno podría plantearse preguntas sobre algunos puntos del argumento de Morris. Por ejemplo: “¿Se puede medir la fuerza de la tentación por un estándar objetivo o por su efecto subjetivo?” “¿No es posible que alguien que haya caído en la tentación lo haya hecho en el punto de su máxima fuerza?” Pero el argumento que está haciendo es no obstante válido. Simplemente no se puede concluir que si no se ha cometido pecado es porque no se ha experimentado la tentación; lo contrario muy bien puede ser cierto.

Pero la cuestión permanece: “¿Una persona que no peca es realmente humana?” Si decimos no, estamos manteniendo que el pecado es parte de la esencia de la naturaleza humana. Tal punto de vista debe ser considerado una seria herejía por cualquiera que crea que el hombre ha sido creado por Dios, ya que Dios entonces sería la causa del pecado, el creador de una naturaleza que es esencialmente mala. Desde el momento en que mantenemos que, por el contrario, el pecado no forma parte de la esencia de la naturaleza humana, en lugar de preguntar: “¿Jesús era tan humano como nosotros?” deberíamos preguntar: “¿Somos tan humanos como Jesús?” Porque el tipo de humanidad que nosotros poseemos no es naturaleza humana pura. La auténtica humanidad creada por Dios en nuestro caso ha sido corrompida y estropeada. Sólo ha habido tres seres humanos puros: Adán y Eva (antes de la caída), y Jesús. El resto de nosotros no somos más que versiones de humanidad rotas y corruptas. Jesús no sólo es tan humano como nosotros; es más. Nuestra humanidad no es el estándar por el que tenemos que medir la suya. Su humanidad, verdadera y sin adulterar, es el estándar por el que nosotros tenemos que medirnos.