Fidelidad
Si la autenticidad de Dios es ser verdad y su veracidad es que diga la verdad, entonces la fidelidad significa que él ha demostrado ser verdad. Dios mantiene todas sus promesas. Debido a su capacidad y poder ilimitados, nunca se puede comprometer a hacer algo que sería incapaz de hacer. Nunca tiene que revisar su palabra o renegar de una promesa. Como Balaam dijo a Balac: “Dios no es un hombre para que mienta; ni hijo de hombre para que se arrepienta. ¿Acaso dice y no hace? ¿Acaso promete y no cumple?” (Núm. 23:19). Pablo es más conciso: “Fiel es el que os llama, el cual también lo hará” (1 Ts. 5:24). Descripciones similares de Dios como fiel se encuentran en 1 Corintios 1:9; 2 Corintios 1:18- 22; 2 Timoteo 2:13 y 1 Pedro 4:19.
La fidelidad de Dios se demuestra de forma repetida a lo largo de todas las páginas de las Escrituras. Él siempre cumple lo que dijo que haría. Su promesa a Abraham de un hijo se cumplió cuando Abraham y Sara tenían setenta y cinco y sesenta y cinco años de edad respectivamente. Sara ya había pasado la edad de tener hijos y además era estéril. La promesa se repitió después de veinticinco años; pero sin signos del esperado heredero, incluso Abraham perdió la esperanza de que Dios cumpliera la promesa y actuó por sí mismo para tener un hijo (Ismael). Sin embargo, Dios demostró su fidelidad: el hijo que había prometido nació (Isaac). Años más tarde, Dios le ordenó a Abraham matar a ese hijo. Una vez más demostró ser fiel proporcionando un sustituto para el sacrificio. De la misma manera, parecía improbable que el pueblo de Israel llegara a poseer un día la tierra prometida debido a la esclavitud que le mantenía unido a Egipto. Las bendiciones prometidas a la nación parecían dudosas cuando estaban en cautividad. Y la primera promesa (Gn. 3:15) de un Redentor parecía muy lejos de cumplirse. Sin embargo, en todas estas situaciones, el Señor demostró ser fiel a sus promesas.
Como en sus otros atributos morales, el Señor espera que los creyentes emulen su fidelidad. El pueblo de Dios no debe dar su palabra a la ligera. Y cuando dan su palabra, tienen que mantenerse fieles a ella (Ecl. 5:4-5). Deben mantener no solo las promesas hechas a Dios (Sal. 61:5, 8; 66:13), sino también las que hacen a otros seres humanos (Js. 9:16-21).
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