Naturaleza antrópica de la revelación especial

El Dios que es revelado es un ser trascendente, fuera de nuestra experiencia sensorial. La Biblia reclama que Dios es ilimitado en su conocimiento y poder; no está sujeto a los confines del espacio y el tiempo. En consecuencia, la revelación debe implicar una condescendencia por parte de Dios (en el buen sentido de esa palabra). Los seres humanos no pueden llegar a investigar a Dios y aunque pudiesen no lo entenderían. Así que Dios se ha revelado a sí mismo de forma antrópica. Esto no debería considerarse un antropomorfismo como tal, sino simplemente como una revelación que se produce en lenguaje humano y en categorías de pensamiento y acción humanas.

Este carácter antrópico implica el uso de lenguajes humanos comunes de la época. Se creía que el koiné griego era un lenguaje especial creado por Dios ya que era distinto del griego clásico. Por supuesto, ahora sabemos que sólo era una lengua vernácula. En las Escrituras aparecen modismos de aquel tiempo. Y se utilizan maneras normales y corrientes de describir la naturaleza, de medir la distancia y el tiempo, etc.

La revelación también es antrópica en el sentido de que a menudo toma formas que pertenecen a la experiencia humana normal, diaria. Por ejemplo, Dios utilizaba con frecuencia sueños para revelarse a sí mismo. Pero pocas experiencias son tan comunes como los sueños. No el tipo de experiencia particular empleada, sino el contenido específico que se aportaba y la utilización especial que se hacía de esta experiencia era lo que distinguía la revelación de lo que era normal y natural. Lo mismo ocurre con la encarnación. Cuando Dios apareció ante la humanidad se valió de la modalidad de un ser humano normal. Aparentemente Jesús no tenía ningún signo distintivo. La mayoría de las personas le tomaban por un ser humano normal y corriente, el hijo de José el carpintero. Él vino como un humano, no como un ángel o como un ser fácilmente reconocible como un dios.

Desde luego, había revelaciones que rompían claramente con la experiencia típica. La voz del Padre hablando desde el cielo (Jn. 12:28) fue una de ellas. Los milagros resultaron llamativos por su efecto. Sin embargo, mucha de la revelación tomó la forma de los sucesos naturales.

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