El modelo de trascendencia de Soren Kierkegaard

El concepto de trascendencia divina de Søren Kierkegaard tuvo muchas influencias en el de Karl Barth. Aunque hay algunos elementos extremos en el pensamiento de Kierkegaard, ofrece maneras genuinamente creativas de expresar la idea de trascendencia. Dos de ellas son los que Martin Heinecken ha expuesto bajo las etiquetas de distinción cualitativa y más allá dimensional.

Por distinción cualitativa se entiende que la diferencia entre Dios y los humanos no es solo una diferencia de grado. Dios no es sólo como nosotros, sino más. Nosotros somos de una clase fundamentalmente distinta. Por lo tanto a Dios no se le puede conocer tomando los mejores elementos de la humanidad y amplificándolos. Al ser cualitativamente distinto, no se puede extrapolar a Dios de las ideas, personalidad o carácter humanos.

Subrayando esta posición está la idea de que las cualidades no se pueden reducir a cantidades. Ninguna acumulación de una cantidad adicional puede dar una cualidad nueva. Hay una diferencia que no se puede traspasar sólo con incrementos. Por ejemplo, aunque uno tome algodón y lo refine una y otra vez, no se convierte en seda. La seda simplemente es algo diferente. Ejemplos de simples adiciones que parecen dar como resultado nuevas cualidades son en realidad ilusiones. Y así ocurre con los intentos de alcanzar a Dios intelectual (pruebas de la existencia de Dios) o moralmente (salvación por obras). De vez en cuando nos parecerá haberlo logrado, pero este éxito es más aparente que real. No podemos alcanzar a Dios añadiendo más información o más obras, porque Dios es Dios, no es simplemente una forma superlativa de humanidad.

Si, como Barth, considerásemos el concepto de Kierkegaard sobre la distinción cualitativa entre Dios y los humanos como algo de ámbito infinito, la religión y la teología serían imposibles porque ni siquiera Dios podría eliminar esa brecha y alcanzarnos. Pero no es necesario hacer la distinción infinita para preservar la idea de que la diferencia entre Dios y nosotros es de clase y no meramente de grado.

El otro aspecto provechoso del modelo de trascendencia de Kierkegaard es el más allá dimensional. No se trata sólo de que medido en dimensiones humanas, Dios sea infinito. Es que también está en una dimensión diferente. Es un poco como la diferencia entre una figura en dos dimensiones (plano horizontal) y una figura tridimensional. En el segundo caso, la dimensión añadida (la vertical) no sólo cruza el plano horizontal, también lo trasciende.

Sin embargo, el concepto del más allá dimensional debería ser ampliado. Dios está más allá de nosotros dimensionalmente no en el sentido de otra medida espacial, sino por una diferencia cualitativa. Este es el sentido amplio de dimensión. Pensemos, por ejemplo, que el sonido es una dimensión diferente a la de la vista. La pregunta: ¿de qué color es la nota Do central? no se puede contestar (aunque una respuesta “correcta” sería blanca, al menos en el piano). El color y el sonido son dos dimensiones diferentes; están implicados dos sentidos totalmente diferentes.

El concepto de más allá dimensional nos permite pensar en la inmanencia y en la trascendencia juntas. Dios está en el mismo lugar que nosotros, pero no tenemos acceso a él de una forma sencilla, porque está en una dimensión diferente. Está en un nivel diferente o en un ámbito de realidad distinto. Nos pueden servir de ejemplos los distintos sonidos que hay en una habitación. La mayoría de ellos no se pueden apreciar con el sentido normal del oído. Sin embargo, si introducimos un receptor de radio y ajustamos las frecuencias del dial, descubriremos una amplia variedad de sonidos. Todas estas ondas de radio estaban inmanentes dentro de la habitación, pero eran modulaciones de frecuencias de radio indetectables por el oído humano sin una ayuda. De la misma manera Dios está cerca de nosotros; su presencia e influencia están por todas partes. Sin embargo como está en un ámbito de realidad espiritual, no podemos llegar a él mediante un mero movimiento geográfico. Hace falta un cambio de estado para realizar esa transición, un cambio que normalmente supone la muerte. Por lo tanto, Dios puede estar cerca, muy cerca y sin embargo estar también muy lejos de nosotros, como señalan muchas referencias de las Escrituras (por ejemplo Jer. 23:23; Ef. 4:6).