El templo del Espíritu Santo
Completando el concepto trinitario de Pablo sobre la iglesia, tenemos la imagen de la iglesia como templo del Espíritu. Es el Espíritu que creó a la iglesia en Pentecostés, donde bautizó a los discípulos y convirtió a tres mil dando vida así a la iglesia. Y ha seguido poblando la iglesia: “porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, tanto judíos como griegos, tanto esclavos como libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Co. 12:13).
La iglesia ahora está habitada por el Espíritu individual y colectivamente. Pablo escribe a los corintios: “¿Acaso no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios está en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Co. 3:16-17). Pablo más tarde les dice: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual habéis recibido de Dios, y que no sois vuestros?” (1 Co. 6:19). En otra parte describe a los creyentes como “un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Ef. 2:21-22). Y es un contexto donde encontramos la imagen de Cristo como piedra angular del templo, Pedro habla de creyentes como “casa espiritual” (1 P. 2:5).
Morando en la iglesia, el Espíritu Santo imparte su vida a ella. Las cualidades que forman parte de su naturaleza y a las que se denomina “fruto del Espíritu” las encontraremos en la iglesia: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza (Gá. 5:22-23). La presencia de tales cualidades indica la actividad del Espíritu Santo y por tanto, en cierto sentido, lo genuino de la iglesia.
Es el Espíritu Santo el que transmite poder a la iglesia. Jesús lo indica así en Hechos 1:8: “Pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra”. Debido a la inminente venida del Espíritu con poder, Jesús hace a sus discípulos la increíble promesa de que ellos harían obras incluso mayores que las que él había hecho (Jn. 14:12). Por tanto Jesús les dijo: “Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré” (Jn. 16:7). Es el Espíritu el que hace lo que sea necesario para convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio (v. 8).
La promesa se cumplió muy pronto. No sólo respondieron tres mil personas a la predicación de Pedro en Pentecostés (Hch. 2:41), también el Señor añadió diariamente más personas que se iban salvando (Hch. 2:47). Llenos del Espíritu, los discípulos dieron testimonio de la resurrección de Jesús con valentía y gran poder (Hch. 4:31, 33). No se puede justificar la efectividad del ministerio de estos primeros creyentes basándose en sus habilidades o esfuerzos. Eran personas normales y corrientes. Los resultados eran consecuencia del ministerio del Espíritu Santo.
Como hemos observado anteriormente el Espíritu, al ser uno, también produce unidad en el cuerpo. Esto no significa uniformidad, sino unidad en objetivo y acción. A la iglesia primitiva se la describe como “de un corazón y un alma” (Hch. 4:32). Incluso tenían todas las cosas materiales en común (2:44-45; 4:32, 34-35). El Espíritu había creado en ellos una mayor conciencia de pertenecer a un grupo que a una entidad individual, y por eso veían sus posesiones no como “mías” o “tuyas” , sino como “nuestras”.
El Espíritu Santo, habitando en la iglesia, también crea sensibilidad hacia la dirección del Señor. Jesús había prometido permanecer con sus discípulos (Mt. 28:20; Jn. 14:18, 23). Sin embargo, también había dicho que tenía que irse para que el Espíritu Santo pudiera venir (Jn. 16:7). Concluimos que el Espíritu que habita en nosotros es el medio a través del cual Jesús está presente en nosotros. Así Pablo escribió: “Pero vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios está en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, pero el espíritu vive a causa de la justicia” (Ro. 8:9- 10). Pablo utiliza de forma intercambiable las ideas de Cristo en nosotros y el Espíritu habitando en nosotros.
Al habitar el Espíritu en los discípulos de Jesús, les hizo recordar las enseñanzas del Señor (Jn. 14:26) y les guió a toda la verdad (Jn. 16:13). Esta obra del Espíritu se refleja de forma extraordinaria en el caso de Pedro. En una visión, a Pedro se le pide que mate y coma ciertos animales impuros que han sido bajados a la tierra en una especie de gran lienzo (Hch. 10:11-13). La primera respuesta de Pedro fue: “Señor, no” (v. 14), porque era muy consciente de la prohibición de comer animales impuros. La tradición le decía que debía abstenerse. Sin embargo, pronto Pedro se dio cuenta de que la esencia del mensaje no era que debía comer animales impuros, sino que debía llevar el evangelio a los gentiles de la misma manera que lo llevaba a los judíos (vv. 17-48). El Espíritu Santo hace que los creyentes que son obstinados se vuelvan receptivos y obedientes a la dirección del Señor.
El Espíritu es en cierto sentido también el soberano de la iglesia. Porque es él el que capacita al cuerpo dispensándole dones, que en algunos casos son personas para que cumplan distintos oficios y en otros casos son habilidades especiales. Él decide cuándo conceder un don, y a quién concederlo. Pablo escribe: “Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1 Co. 12:11).
Finalmente, el Espíritu Santo hace que la iglesia sea santa y pura. Porque al igual que el templo era un lugar santo y sagrado en el antiguo pacto porque Dios habitaba en él, así también lo son los creyentes santificados en el nuevo pacto porque son el templo del Espíritu Santo (1 Co. 6:19-20).
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