Consideraciones prácticas: un testimonio y una eficacia común

Varias consideraciones prácticas argumentan a favor de la unión cristiana:

1. El testimonio común que puede presentar un grupo muy unido. Ya hemos mencionado anteriormente que Jesús oró por la unidad de los creyentes para que su testimonio concertado influyera en el mundo (Jn. 17:21). Los primeros creyentes se caracterizaban por la singularidad de su propósito, y eran muy eficaces en su testimonio. Quizá haya una relación lógica de causa-efecto entre los dos: “La multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma. Ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos” (Hch. 4:32-33).

La compañía de creyentes tiende a crecer cuando su testimonio se unifica, mientras que puede haber un efecto negativo o neutralizador cuando compiten o se critican entre sí. Esta verdad es bastante evidente en Estados Unidos, donde las peleas entre denominaciones desaniman a la gente a asociarse con la fe cristiana. Sin embargo, el problema se agrava en las zonas no cristianas, donde los nativos, que tienen ante sí múltiples grupos de misioneros, deben elegir no sólo si hacerse cristianos, sino también qué tipo de cristianos quieren ser: presbiterianos, bautistas, luteranos, o cualquier otro. En algunos casos puede haber incluso representantes de dos o más variedades de la misma denominación. No debería sorprender que los conversos potenciales se rindiesen desalentados, incapaces de escoger entre opciones que básicamente parecen la misma. Desde luego el testimonio del evangelio no se ve reforzado con la existencia de grupos que están en competencia.

2. La eficacia. Si no hay unidad entre los cristianos, se produce una duplicidad de esfuerzos. Toda congregación local cree que es necesario tener cierta estructura y procedimientos, como los que tienen todo consejo misionero y cualquier facultad o seminario cristiano. El resultado es una gran pérdida de recursos para el reino de Dios. Piense como ejemplo extremo una plaza en el Medio oeste de Estados Unidos. En cada lado de la plaza hay una iglesia. Los cuatro edificios son viejos, con un servicio de calefacción ineficaz y que necesita ser reparado. El presupuesto de las cuatro congregaciones es pequeño. Los salarios de los pastores bajos. En consecuencia, las congregaciones a menudo están dirigidas por pastores jóvenes, por pastores sin experiencia o por hombres ya bastante mayores. Lo normal en esas zonas es que los programas de educación cristianos sean mediocres. Pero lo que es más desalentador es que los cultos, los mensajes y los programas de las cuatro congregaciones ¡son prácticamente los mismos! Un visitante casi no encontraría diferencias significativas entre ellos.

Un experto en gestión empresarial consideraría esta situación como un desastroso uso de los recursos. En lugar de cuatro iglesias con problemas, tendría más sentido unirlas en una sola congregación. Las cuatro propiedades se podrían vender y la nueva congregación se trasladaría a una estructura más eficaz. Se podría conseguir un equipo de especialistas competente ofreciendo las compensaciones adecuadas, y las ofrendas a las misiones se podrían incrementar gracias a haber reducido los costes. Lo que estamos proponiendo a nivel local sería muy deseable a niveles más amplios también. Aunque algunos pueden considerar esta sugerencia como aplicar la mentalidad de la General Motors a la obra de la iglesia, en realidad se trata de gestionar bien los recursos cristianos.