Negación del pecado y autoengaño

También tenemos la negación del pecado, de diferentes maneras. Se le puede dar otro nombre para que ya no sea reconocido como pecado. Se puede considerar un asunto de enfermedad, de privación, de ignorancia o quizá de un desajuste social en el peor de los casos. Karl Menninger escribió sobre este fenómeno en su libro "Whatever Became of Sin?" (¿Qué le sucedió al pecado?). Negar la existencia del pecado es una manera de deshacerse de la penosa conciencia de nuestro mal comportamiento.

Otra manera de negar el pecado es admitir lo equivocado de nuestras acciones, pero no aceptar nuestra responsabilidad en ellas. Vemos que esta dinámica funciona en el primer pecado. Cuando se enfrentó a la pregunta del Señor: “¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?” (Gn. 3:11), Adán respondió echando la culpa a otro: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí” (v. 12). La reacción inmediata de Adán fue la de negar la responsabilidad personal: él sólo había comido inducido por Eva. Pero el intento de Adán de echar la culpa implicaba todavía más porque lo que dijo fue: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.” Adán intentó pasar la culpa incluso a Dios, porque si Dios no le hubiera dado la mujer a Adán, este no habría estado expuesto a tentación. La mujer aprendió rápidamente del ejemplo de su marido: “La serpiente me engañó, y comí” (v. 13). La serpiente no tenía a nadie a quien echar la culpa, así que el proceso se detuvo allí. Sin embargo, es de destacar que el juicio cayó sobre los tres: Adán, Eva y la serpiente. El hecho de que alguien más hubiera instigado los respectivos pecados de Adán y Eva no eliminó su responsabilidad. Tanto los pecadores como el instigador fueron castigados.

Intentar pasar nuestra responsabilidad a otros es una práctica común. Ya que dentro de nosotros suele haber una sensación de culpa que se intenta erradicar desesperadamente. Pero intentar pasar nuestra responsabilidad a otro agrava el pecado y hace que el arrepentimiento sea menos probable. Todas las excusas y explicaciones que ofrecemos por nuestras acciones son signos de la profundidad de nuestro pecado. Apelar al determinismo para explicar y justificar el pecado es sencillamente una forma sofisticada de negación.

Por otra parte, el autoengaño es el problema subyacente a la negación del pecado. Jeremías escribió: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (17:9). Los hipócritas de los que a menudo hablaba Jesús probablemente se engañaban a sí mismos antes de intentar engañar a otros. Señaló hasta qué puntos tan ridículos puede llevar el autoengaño: “Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?” (Mt. 7:3). David denunció la injusticia del hombre rico en la parábola de Natán que tomó la única oveja del hombre pobre, pero no se da cuenta de la idea central de la parábola (su propia injusticia al tomar a la mujer de Urías) hasta que Natán se lo hace ver (2 S. 12:1-15).

 

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