Personalidad colectiva

También es importante para entender el pecado social el concepto bíblico de la personalidad colectiva. En particular en la historia de la nación de Israel, las acciones de los individuos no se consideraron aisladas de las acciones del grupo. Aunque en ocasiones las acciones de un subgrupo se separaron de los del resto de la nación (como en el caso de Coré y los que se rebelaron con él), en otros momentos todo el grupo sufrió por las acciones de uno o unos pocos. Un ejemplo se encuentra en Josué 7. Debido al pecado de Acán, treinta y seis hombres de Israel murieron en Hai, tres mil hombres huyeron y la nación entera sufrió la humillación de la derrota. Cuando el malhechor fue descubierto, no sólo se le apedreó, sino que también se hizo lo mismo con su familia. El principio de que todo un grupo está ligado a las acciones de uno de los de su grupo no era raro en otras naciones tampoco. Goliat y David lucharon uno contra otro sabiendo que los resultados de su lucha individual determinarían el resultado del conflicto entre sus naciones.

Pablo desarrolla la idea de la personalidad colectiva de forma más llamativa en su discusión sobre el efecto del pecado de Adán sobre toda la raza humana. A través de una persona el pecado llegó a la raza humana, y la muerte a través del pecado, y esta muerte se ha extendido a todas las personas (Ro. 5:12). Hay un carácter entrelazado en la raza humana, de manera que no funcionamos de forma aislada. El pecado de Adán trajo juicio, aflicción y muerte a todas y cada una de las personas que jamás haya vivido.

Resulta interesante que, muchos sociólogos modernos y otros científicos conductistas nos cuenten que no podemos separar al individuo y sus acciones de la sociedad en su conjunto. De las decisiones y acciones de nuestras vidas, siempre nos encontramos funcionando dentro del contexto de la sociedad y estamos condicionados por sus realidades. En diversas maneras las realidades sociales afectan o incluso gobiernan al cristiano en este mundo. De algunas de estas influencias somos conscientes, de otras no.

Una influencia social que afecta a todos los individuos son simplemente las realidades políticas de la vida. Piense en la vida dentro de una democracia política. Aunque todos los ciudadanos de la nación tienen voz y voto, al final la mayoría es la que manda y la que predomina. Si el gobierno ha decidido sobre algo con lo que algunos ciudadanos no están de acuerdo por motivos éticos, tienen poca opción en esta materia. Pueden expresar su desacuerdo mediante varias formas de protesta, pero es probable que éstas tengan un efecto limitado. El país procederá con sus políticas sobre armamento militar, trato racial y medioambiental sin tener en cuenta esas convicciones. Y utilizará el dinero de sus impuestos para financiar estas acciones. Realmente no tienen opción, a menos que estén dispuestos a enfrentarse a castigos y a prisión. En otras palabras, podríamos sentirnos obligados a contribuir a lo que es contrario a nuestras convicciones morales. En algunos casos, el gobierno puede que en realidad se esté oponiendo a la práctica de la fe de un cristiano. Aunque esto era sin duda así para aquellos que vivían en sociedades comunistas o fascistas opresivas, puede que también sea verdad, de una forma más limitada, en cualquier otro sistema de gobierno.

Nuestras vocaciones también pueden imponernos ciertas restricciones o limitaciones. Podemos encontrar en una industria ciertos factores tan arraigados que es difícil evitar las prácticas pecadoras o no éticas.

También puede que nos enfrentemos a ciertas elecciones morales en las que no existe una buena manera de actuar. Lo mejor que uno puede hacer es escoger el menor de dos males. Desde luego esto es triste, un recordatorio de hasta qué punto nuestro mundo es un mundo caído y estropeado, torcido y distorsionado diferente de lo que Dios originalmente pretendía que fuera. A veces, además, se puede resolver o aliviar un problema sólo al precio de agravar otro. Tomamos nuestras decisiones morales dentro de muchos contextos posibles, sobre los cuales tenemos poco o ningún control. Representan limitaciones muy reales a nuestra libertad y a nuestras opciones como individuos.

Nuestras decisiones morales pueden también circunscribirse a estructuras intelectuales. Cada uno de nosotros está expuesto en diferente medida a todo un conjunto de ideologías que difieren en su grado de absolutismo. Dan un ángulo particular a nuestras mentes. Alguien criado en una sociedad que piensa que una raza en particular es superior a otra puede tener dificultades para percibir las cosas de otra manera. Un individuo así puede creer que tiene suficiente justificación por prejuicio. Una acción discriminatoria o explotadora puede parecer natural y adecuada. De forma similar, la influencia condicional de nuestra iglesia, grupo religioso o nación puede limitar severamente nuestra perspectiva y afectar de forma adversa nuestras acciones en todas las esferas de la vida.

Las influencias de la familia también imponen límites en la libertad moral personal. Una de las frases más curiosas de las Escrituras es la afirmación de que Dios visitará los pecados de los padres sobre los hijos (Éx. 20:5). Esto se podría tomar como una promesa rencorosa de Dios para vengarse en los inocentes descendientes de los antepasados culpables. En su lugar, debería tomarse como una declaración de que los patrones de acción pecadores y sus consecuencias se transmiten de generación en generación. Esta transmisión puede ser genética, hereditaria. O puede ser medioambiental, que procede del ejemplo o del condicionamiento. Innumerables patrones de comportamiento se repiten generación tras generación. La mayoría de los maltratadores de niños, por ejemplo, fueron en su momento maltratados por sus padres. Y el alcoholismo con frecuencia se reproduce en los hijos.

Incluso la presencia de enfermedades en la raza humana puede inducir al mal o fomentarlo. Por ejemplo, una población con una plaga de gusanos muy extendida no tiene la energía, la determinación, ni la habilidad de luchar contra otros problemas sociales.

El simple hecho de vivir donde vivimos contribuye poderosamente a distintos males de los que no somos conscientes. ¿Cuánta gente por ejemplo, que mal gasta su recursos en lujos y exigen carne de la mejor calidad se dan cuenta de a cuántas personas se les está negando una dieta adecuada como consecuencia de ello? A la mayoría de nosotros, si viviésemos entre los menos afortunados económicamente, probablemente nos resultaría difícil atiborrarnos con la comida que se podría utilizar para mantenerlos con vida. Sin embargo, como hay varios miles de kilómetros de distancia, no sentimos lo impropio de nuestro estilo de vida. Simplemente no pensamos en lo que nuestras acciones están haciendo al ecosistema total del que estas otras personas también forman parte.

Debería quedar claro que estamos condicionados y severamente limitados por las realidades sociales. La situación social particular en la que nos encontramos involuntariamente –incluyendo el sistema político y económico, nuestro contexto intelectual y familiar, incluso la localización geográfica en la que hemos nacido– inevitablemente contribuye a las condiciones del mal y en algunos casos hace inevitable el pecado. El pecado es un elemento de la presente estructura social de la cual el individuo no puede escapar.

Es importante que veamos todo esto en el contexto de la caída. El relato en Génesis 3 enumera maldiciones específicas que se producen tras la caída, o quizá deberíamos decir aspectos específicos de la maldición. Se mencionan el carácter difícil del trabajo, los cardos y espinos, y la angustiosa naturaleza del nacimiento. Sin embargo, parece probable que esta lista no sea exhaustiva. La maldición desde luego incluye estas cosas, pero no hay razón para creer que sean las únicas. Puede incluir también el tipo de estructuras sociales que hemos descrito aquí. En Romanos 8:18-25 Pablo habla del carácter cósmico del pecado. Toda la creación fue sujeta a vanidad (v. 20). Está esperando al momento en que “será libertada de la esclavitud de corrupción a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora” (vv. 21-22). Si el pecado de la humanidad ha distorsionado toda la creación, desde luego sus estructuras sociales están incluidas.