Individualismo y competitividad
Otro punto de vista es que el pecado deriva del individualismo y la competitividad. En medio del énfasis neoortodoxo sobre la pecaminosidad humana, en particular en la década de los años 1930, surgieron voces de protesta. Uno de los objetores fue Harrison Sacket Elliot, profesor de educación cristiana en el Union Theological Seminary de New York. Como muchos otros que buscaban un regreso al tema de la bondad y la perfección de la humanidad, Elliot había estado influido por el instrumentalismo en la filosofía de John Dewey y su enfoque progresivo en la educación.
Elliot no se limitó a reinterpretar la idea de la pecaminosidad humana, como teólogos como Tennant habían hecho. Más bien negaba que los humanos fueran en absoluto pecadores. Reconocía la existencia del pecado y el hecho de que los humanos pecaran, pero la idea de la depravación o corrupción innata no tenía cabida en su pensamiento. Su argumento tiene cuatro puntos básicos:
1. La idea de Karl Barth y Emil Brunner de que toda auto-afirmación humana es pecadora está relacionada y proviene de ver a Dios de una forma autoritaria como soberano absoluto o como un padre que insiste en la sumisión total a su voluntad. Todo lo que sea menos que eso se considera rebelión. Sociológicamente, esta idea de Dios se relaciona con una visión autoritaria de las instituciones humanas, incluida la familia. Sin embargo, para Elliot el pecado de un hijo no está en reafirmar su voluntad frente a la de su padre, sino en asumir que lo que es y lo que ha conseguido es su propia obra independiente. El pecado es una negación o un mal uso del talento particular de uno y de su herencia social. Es una lucha egoísta, individualista contra otros humanos y contra Dios en lugar de cooperar con ellos. En contraste con este punto de vista autoritario, que hace que la relación entre los humanos y Dios sea de alguna manera adversativa en su naturaleza, Elliot resalta la camaradería entre los dos. Aunque no necesariamente iguales, trabajarán juntos para conseguir objetivos comunes. Los seres humanos tomarán iniciativa y responsabilidad, tomarán decisiones, pero también reconocerán su dependencia de Dios, cuyos recursos utilizan.
2. La idea de los humanos como pecadores ni resiste ni puede resistir el análisis lógico. El “pecado” desafía una definición exacta. No representa ninguna entidad en concreto, pero en realidad es una etiqueta para todo un conjunto de actos diferentes. La interpretación del pecado varía mucho y se ve influida significativamente por la situación cultural. Elliot rechaza todo intento de reducir el pecado a un tipo particular de comportamiento, y especialmente al egoísmo. Aunque se ha caracterizado el “pecado americano” como el esfuerzo egoísta del “rudo individualismo,” no se puede generalizar que toda iniciativa, todo esfuerzo egoísta, sea equivocado. Podría ser acertado caracterizar el egoísmo del individualismo supercompetitivo, superagresivo como pecado, pero ¿qué pasa con las personas que son víctimas de esta competitividad y cuyo problema es la preocupación, el temor, la incapacidad de ser dueños de su propia vida?” Esas personas tienen que ser más egoístas. Para ellos el egoísmo no es pecado.
3. La idea de los humanos como pecadores puede ser psicológicamente insana y dañina. En particular, sacrificarse por los demás en un esfuerzo por expiar nuestra condición pecadora puede llevar a abandonar los propios derechos legítimos. Además, el énfasis en el pecado y la culpa puede hacer que los individuos se vuelvan hacia sí mismos de forma destructiva.
4. Los análisis psicológicos de la condición humana no han llevado a la conclusión de que los humanos sean pecadores. La idea de la pecaminosidad asume que ciertas tendencias e impulsos en realidad son innatos e inflexibles, incapaces de ser alterados o modificados. Sin embargo, la evidencia parece indicar que los humanos son bastante maleables. Elliot sostiene que no hay tendencias innatas definidas en los humanos, ni buenas ni malas. “La tendencia innata es amoral en el sentido de que no hay nada en la naturaleza con la que nazca un individuo que predetermine si será un santo o un demonio. Que se desarrollen las posibilidades ‘divinas’ o ‘demoníacas’ depende de lo que le suceda a esta naturaleza original con las experiencias de la vida. La personalidad individual es de origen social.”
Por lo tanto, Elliot ve el pecado no como algo innato, sino como algo aprendido. No es egoísmo o reafirmación per se, sino egoísmo o reafirmación en un grado excesivo: la crueldad, la competitividad entre individuos. Sin embargo, esto no tiene por qué ser así. Aunque la humanidad puede utilizar los recursos de sus mentes para desarrollar instrumentos de poder desconocidos en el mundo animal, también pueden sustituir las fuertes relaciones de competitividad por relaciones de cooperación que van más allá de la ayuda mutua que se da en el mundo animal.
Elliot propone que ya que la competitividad entre individuos no es inherente, sino adquirida como una “segunda naturaleza,” por así decirlo, se puede modificar socialmente, principalmente por medio de la educación. Sin embargo, la educación no siempre ha tenido éxito, como ha observado Niebuhr. En lugar de utilizar la ciencia para aliviar el sufrimiento humano, los humanos la han utilizado para elaborar instrumentos de destrucción que utilizan en contra de sus semejantes.
Elliot, reconociendo la legitimidad de la crítica de Niebuhr, sostiene que el problema no está en la inteligencia humana, sino en la estrategia actual para desarrollarla y utilizarla. Hay dos dificultades en la manera en que normalmente se ha llevado a cabo la educación liberal. Una es que ha sido demasiado intelectual. Se ha centrado la atención casi exclusivamente en entrenar la mente, prestando poca o nula atención a las emociones. El segundo problema es todavía más pertinente para el asunto que estamos tratando. La educación ha sido un asunto individual, dando por hecho que las personas con iniciativa propia resolverán los problemas de la sociedad. Sin embargo, la experiencia demuestra que la razón se convierte en el siervo, y no en el amo, del deseo de poder del individuo. Si hay un llamamiento a atender las necesidades sociales, se subordina rápidamente a las preocupaciones egoístas del individuo. Elliot sugiere que en lugar de enfatizar la actividad individual, la competición y el éxito, la educación debe resaltar las actividades cooperativas en las que los individuos contribuyan a un objetivo común y reciban los beneficios del éxito del grupo. Si el tipo equivocado de educación y condicionamiento social han conducido al “pecado” de la competitividad individual, la educación adecuada debería eliminarlo.
Desde la perspectiva de medio siglo después, las sugerencias de Elliot resultan casi graciosas, como ocurre con algunos de los defensores recientes de este punto de vista. La educación progresista la han probado y hallado inadecuada tanto los teólogos cristianos como muchos educadores seculares. La esperanza de ver una modificación radical de la naturaleza humana no se ha materializado con la introducción de situaciones de aprendizaje no competitivas. Es más, nuestra sociedad no sólo no parece estar estructurada de forma menos competitiva, sino que puede que sea incluso más competitiva que en los tiempos en que Elliot escribía.
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