La enseñanza de la extensión del pecado en el Antiguo Testamento
La universalidad del pecado se enseña de varias maneras y en varios lugares en las Escrituras. En el Antiguo Testamento, no solemos encontrar declaraciones generales sobre todas las personas en todos los tiempos, sino sobre todos lo que vivían en los tiempos sobre los que se escribió. En el tiempo de Noé, el pecado de la raza era tan grande y tan extenso que Dios decidió destruirlo todo (con excepción de Noé y su familia y de los animales que se introdujeron en el arca). La descripción es vívida: “Vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos de su corazón solo era de continuo el mal” (Gn. 6:5). Dios lamentó haber hecho la humanidad y decidió borrar toda la humanidad, junto con toda las cosas vivas, porque la corrupción era mundial: “La tierra se corrompió delante de Dios, y estaba la tierra llena de violencia” (Gn. 6:11). Noé parece ser una excepción: él encontró favor a los ojos del Señor, se le describía como “hombre justo, era perfecto entre los hombres de su tiempo” (v. 9). Sin embargo, aunque destacaba entre los que le rodean, fue culpable del pecado de ebriedad (9:21), que también se condena en otra parte de las Escrituras (Hab. 2:15; Ef. 5:18).
Incluso después de que el diluvio destruyera a los malvados de la tierra, Dios todavía dijo: “el corazón del hombre se inclina al mal desde su juventud” (Gn. 8:21). David describe la corrupción de sus contemporáneos en los términos que Pablo cita en Romanos 3. En Salmos 14 y 53, que son casi idénticos, la corrupción se expresa como universal: “Se han corrompido, hacen obras despreciables, no hay quien haga lo bueno...Todos se desviaron, a una se han corrompido; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Sal. 14:1, 3). Una vez más, hay pocos justos entre los que cometen maldad (v. 5). Sin embargo, David no sugiere que la rectitud sea un logro personal en lugar de un don de la gracia del Señor. Proverbios 20 implica que la búsqueda de un hombre recto y fiel no tendrá éxito “Muchos hay que proclaman su propia bondad, pero un hombre de verdad, ¿quién lo hallará?” (v. 6). “¿Quién puede decir: ‘Yo he limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado?’” (v. 9). Entre estas dos preguntas retóricas hay declaraciones sobre un hombre justo y un rey que se sienta en el trono para juzgar (vv. 7-8 ), pero aparentemente ni siquiera ellos pueden reclamar crédito para la rectitud.
Una declaración categórica sobre la pecaminosidad del hombre la encontramos en 1 Reyes 8:46: “porque no hay hombre que no peque” (cf. Ro. 3:23). David hace una afirmación similar cuando pide misericordia de Dios: “No entres en juicio con tu siervo, porque no se justificará delante de ti ningún ser humano” (Sal. 143:2). La misma idea está implícita en el Salmo 130:3 “Jah, si miras los pecados, ¿quién, Señor, podrá mantenerse?” El escritor de Eclesiastés dice: “Ciertamente no hay en la tierra hombre tan justo, que haga el bien y nunca peque” (Ecl. 7:20).
Estas afirmaciones de la pecaminosidad universal de la raza humana deberían ser consideradas como calificadoras de todas las referencias de las Escrituras a las personas perfectas o sin culpa (por ejemplo Sal. 37:37; Prov. 11:5). Incluso aquellos a los que se describe específicamente como perfectos tienen fallos, como Noé. Lo mismo ocurre con Job (cf. Job 1:8 y 14:16-17, donde Job se refiere a sus transgresiones). Abraham era un hombre de gran fe; el Señor incluso le ordena que sea perfecto (Gn. 17:1). Sin embargo, sus acciones probaron que no carecía de pecado. Al engendrar un hijo, Ismael, con Agar, mostró que no creía en la habilidad de Dios para cumplir su promesa de darle un heredero: Abraham demostró falta de integridad también dos veces al presentar a su esposa Sara como su hermana (Gn. 12, 20). Moisés era sin duda un hombre de Dios, pero su falta de confianza hizo que no se le permitiera entrar con el pueblo de Israel en la Tierra Prometida (Núm. 20:10-13). David era un hombre conforme al corazón de Dios (1 S. 13:14). Sin embargo, sus pecados fueron graves y ocasionaron el gran salmo de arrepentimiento (Sal. 51). Isaías 53:6 se esfuerza por universalizar su descripción metafórica de los pecadores: “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.”
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