Mal específico como resultado de pecados específicos

Algunos males específicos son el resultado de pecados específicos o al menos de imprudencias. Algunas de las situaciones malas de la vida son causadas por las malas acciones de otros. La muerte de un policía se puede atribuir al delincuente que empuñó el arma. Aunque puede haber muchas razones complejas tras este acto, el hecho básico sigue siendo que el policía murió por la acción de otra persona. El asesinato, los abusos infantiles, el robo y la violación son males que provienen de las elecciones pecaminosas tomadas por individuos pecadores. En algunos casos, la víctima es inocente del mal que sucede, pero en otros casos contribuye o provoca la mala acción.

En bastantes casos, atraemos el mal hacia nosotros mismos con nuestras acciones pecaminosas e imprudentes. Debemos tener mucho cuidado con esto. Los amigos de Job solían atribuir sus infortunios únicamente a sus pecados (ej. Job 22). Pero Jesús señaló que la tragedia no siempre es el resultado de un pecado específico. Cuando sus discípulos le preguntaron sobre un hombre que había nacido ciego: “Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres, para que haya nacido ciego?” Jesús contestó: “No es que pecó este, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él” (Jn. 9:2-3). Jesús no estaba negando que el hombre ni sus padres hubieran pecado, sino que estaba refutando la idea de que la ceguera era el resultado de un pecado específico. Es imprudente atribuir los infortunios automáticamente al pecado que uno ha cometido. Sin embargo, hay una tendencia a considerar los infortunios como castigos enviados por Dios, y sentirse culpable o echar la culpa a Dios por ser injusto al enviarnos un castigo que no creemos merecer. La pregunta “¿Por qué?” a menudo refleja la idea errónea de que Dios envía cada suceso como respuesta directa a nuestras acciones. Si Dios envía por igual el sol y la lluvia sobre los justos e injustos, en un mundo en el que el pecado ha hecho estragos en la naturaleza y traído enfermedades, el infortunio puede ocurrirles de igual manera a los justos y a los injustos. Seguramente, Dios ha garantizado todo lo que sucede, pero no necesariamente habrá dirigido cada enfermedad específica como respuesta a algún pecado específico.

Pero tras hacer esta advertencia, es necesario que señalemos que hay ejemplos de pecado que traen consigo resultados desafortunados para el pecador en particular. Un ejemplo es David, cuyo pecado con Betsabé y el asesinato de Urías trajo como resultado la muerte del hijo de David y Betsabé así como un conflicto en la propia casa de David. Esto debería pensarse más en términos de los efectos naturales de ciertos actos que del castigo de Dios. No conocemos las circunstancias, puede que ciertas condiciones del momento del adulterio trajeran consigo un defecto genético en el niño. En el caso de la violación de Tamar por Amnón y el asesinato de Amnón por Absalón y su sedición en contra de David, puede haber sucedido que las semillas fueran sembradas por el conocimiento que los hijos tenían del pecado de su padre, o porque David no fuera capaz de ejercer la disciplina en sus hijos por su propio sentido de culpabilidad y su sentimiento de que sería hipócrita de su parte reprender a sus hijos por hacer algo que él también había hecho. En otras palabras, el pecado de David puede haberle llevado a ser indulgente con sus hijos, lo cual a su vez les llevó a pecar. Mucho del mal que se relata en las Escrituras le sucede a la gente debido a su propio pecado, o al de alguien cercano a ellos. Un ejemplo destacado es Acán y su familia, que fueron lapidados por el pecado que él había cometido en Jericó (Js. 7:24-25).

Pablo dijo: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado, pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará, porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna” (Gá. 6:7-8). Aunque Pablo seguramente estaba pensando principalmente en la dimensión eterna de las consecuencias del pecado, el contexto (la primera parte del capítulo 6) parece indicar que tuvo también en mente los efectos temporales. Hay ciertas relaciones de causa – efecto en el ámbito espiritual y en el físico. Violar la ley en contra del adulterio (Éx. 20:14) puede traer consigo la destrucción de relaciones de confianza, no sólo con el esposo, sino también con los hijos; algunos pueden perder también a su familia. Dios no está necesariamente castigando al ofensor infligiéndole estos resultados, sino que el acto del adulterio puede poner en marcha una cadena de efectos adversos. Beber de forma regular puede destruir nuestra salud mediante una cirrosis hepática. Dios no está atacando al bebedor; más bien el pecado de emborracharse trae consigo esa enfermedad. Sin embargo, esto no quiere decir que Dios no pueda utilizar los resultados naturales del pecado para castigar a la gente.

Lo que hemos estado diciendo sobre el pecado (violar la ley de Dios) también es cierto para el comportamiento poco aconsejable e imprudente. Algunos de nuestros problemas son el resultado de nuestro comportamiento alocado e imprudente. Una organización de seguros de tráfico ha comentado recientemente que el 90% de las personas que sufren heridas graves en un accidente de tráfico no llevaban puestos los cinturones de seguridad en el momento del accidente, y el número de los que murieron era más alto: 93%. Aunque no hay manera de calcular cuántas de estas personas no habrían muerto si hubieran llevado el cinturón, parece claro que la pregunta “¿Por qué permite Dios que suceda esto?” no es la más importante. De hecho, incluso se podría considerar inapropiada. Además de ignorar las normas de seguridad en el tráfico, otras contribuciones importantes al mal que experimentamos pueden ser la descuidada administración financiera y las malas prácticas sanitarias.

Crea tu propia página web con Webador