La obra del Espíritu Santo en la vida de Jesús
En la vida de Jesús encontramos una presencia amplia y poderosa del Espíritu. Incluso el principio mismo de su existencia encarnada fue obra del Espíritu Santo. Tanto la predicción como el relato del nacimiento de Jesús apunta hacia una obra especial del Espíritu. Después de informar a María de que iba a tener un hijo, el ángel explicó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (Lc. 1:35). Después de que sucediese la concepción, el ángel se apareció a José, que lógicamente estaba confundido, y le explicó: “José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es” (Mt. 1:20). Las palabras con las que se inicia la narración son: “El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando comprometida María, su madre, con José, antes que vivieran juntos se halló que había concebido del Espíritu Santo” (Mt. 1:18).9
El anuncio que hace Juan el Bautista del ministerio de Jesús también resalta el lugar del Espíritu Santo. El Bautista estaba él mismo lleno del Espíritu Santo, incluso ya dentro del vientre materno (Lc. 1:15). Su mensaje resaltaba que al contrario que su propio bautismo, que únicamente era de agua, Jesús bautizaría con el Espíritu Santo (Mr. 1:8). Mateo (3:11) y Lucas (3:16) añadieron “y con fuego”. Juan no afirma tener el Espíritu; y no dice que él dé el Espíritu. Atribuye al Mesías que va a venir la facultad de dar el Espíritu.
El Espíritu está presente de forma espectacular desde el principio mismo del ministerio público de Jesús, si lo identificamos con su bautismo, cuando el Espíritu Santo vino sobre él de forma apreciable (Mt. 3:16, Mr. 1:10; Lc. 3:22, Jn. 1:32). Juan deja claro que Juan el Bautista también vio al Espíritu y dio testimonio de ello. Ninguno de los relatos menciona ninguna manifestación particular inmediata, o sea, ningún efecto visible o algo similar. Sin embargo, sabemos que inmediatamente después, Jesús estaba “lleno del Espíritu Santo” (Lc. 4:1). Los autores efectivamente nos dejan deducir de los hechos subsiguientes justo lo que fueron las obras del Espíritu Santo en la vida de Jesús.
El resultado inmediato de que Jesús fuese lleno del Espíritu fue sufrir su mayor tentación, o serie de tentaciones, al inicio de su ministerio público. Jesús fue dirigido por el Espíritu Santo hacia la situación en la que se produjo la tentación. En Mateo 4:1 y Lucas 4:1-2 se describe a Jesús siendo conducido por el Espíritu Santo hacia el desierto. La frase de Marcos es más contundente: “Luego el Espíritu lo impulsó al desierto” (1:12). Jesús es prácticamente “empujado” por el Espíritu. Lo que merece la pena destacar aquí es que la presencia del Espíritu Santo en la vida de Jesús le conduce directa e inmediatamente hacia un conflicto con las fuerzas del mal. Aparentemente había que sacar a la luz la antítesis entre el Espíritu Santo y el mal en el mundo.
El resto del ministerio de Jesús también se llevó a cabo bajo el poder y la dirección del Espíritu. Esto fue patente en las enseñanzas de Jesús. Lucas nos cuenta que tras la tentación “Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea, y se difundió su fama por toda la tierra de alrededor” (4:14). Entonces empezó a enseñar en todas las sinagogas. Al llegar a su ciudad, Nazaret, entró en la sinagoga y se puso a leer. Leyó Isaías 61:1-2, y afirmó que se había cumplido en él (Lc. 4:18-21), de esa manera confirmaba que su ministerio era resultado de la obra del Espíritu Santo en él.
Lo que es cierto de las enseñanzas de Jesús también lo es de sus milagros, en particular del exorcismo de demonios. La confrontación entre el Espíritu Santo y las fuerzas malignas que existen en el mundo es manifiesta. En una ocasión los fariseos dijeron que Jesús expulsaba demonios por el príncipe de los demonios. Jesús señaló la contradicción interna existente en esta afirmación (Mt. 12:25-27) y después rebatió: “Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios” (v. 28). Su condena a las palabras de los fariseos como “blasfemia contra el Espíritu” (v. 31) y su advertencia de que “el que hable contra el Espíritu Santo, no será perdonado” (v. 32) son evidencias de que lo que ha hecho lo ha hecho por el poder del Espíritu Santo. Jesús aparentemente estaba negando que él fuera el origen de sus milagros, y se lo estaba atribuyendo en su lugar al Espíritu Santo.
No sólo sus enseñanzas y milagros, toda la vida de Jesús en aquel entonces estaba “en el Espíritu Santo”. Cuando los setenta regresaron de su misión y contaron que incluso los demonios se les sujetaban en nombre de Jesús (Lc. 10:17), Jesús “se regocijó en el Espíritu” (v. 21). Incluso sus emociones estaban “en el Espíritu Santo”. Esta es la descripción de alguien completamente lleno del Espíritu.
No hay evidencia de que la presencia del Espíritu Santo aumente en la vida de Jesús. No existen una serie de experiencias de la venida del Espíritu Santo, sólo la concepción y el bautismo. Sin embargo, hay un aumento progresivo de los efectos de la presencia del Espíritu. Tampoco encontramos ninguna evidencia de fenómenos de éxtasis en la vida de Jesús. Desde luego hay ocasiones en las que parece haber cierta urgencia por realizar su tarea (como cuando dice: “Me es necesario hacer las obras del que me envió, mientras dura el día; la noche viene, cuando nadie puede trabajar” [Jn. 9:4]). Pero no encontramos en la vida de Jesús el tipo de fenómeno carismático que se cuenta en Hechos y que Pablo discute en 1 Corintios 12-14. No sólo no se recoge ningún fenómeno de este tipo que él haya experimentado, sino que tampoco tenemos ninguna enseñanza suya a este respecto.
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