Rechazo de la omnipotencia de Dios: Finitismo

Una manera de resolver la tensión del problema que hemos descrito es abandonar la idea de la omnipotencia de Dios. A menudo esto toma la forma de dualismo, como es el caso del zoroastrismo y del maniqueísmo. Esta segunda filosofía, que llegó en un momento posterior y fue más influyente en el cristianismo, fue especialmente atractiva para Agustín durante un tiempo, ya que ofrecía una explicación a su preocupación interna. Los dualismos proponen que no hay uno, sino dos principios últimos en el universo: Dios y el poder del mal. Normalmente se piensa en el mal como una fuerza no creada, que siempre ha estado presente. Por tanto hay una lucha entre Dios y el poder del mal, sin que se tenga certeza del resultado final. Dios intenta vencer al mal, y lo haría si pudiera, pero simplemente es incapaz de hacerlo.

Un ejemplo del siglo XX del finitismo es el de Edgar S. Brightman, profesor de filosofía durante muchos años en la Universidad de Boston, y portavoz destacado de lo que se conoce como personalismo o idealismo personal. Él desarrolló el concepto del Dios finito como solución al problema del mal. El Dios de Brightman es una conciencia personal de duración eterna, una voluntad eternamente activa, que trabaja con lo “Dado.” Lo “Dado” está formado en parte por las leyes de la razón eternas y no creadas: lógica, relaciones matemáticas e Ideas platónicas. También consta de “procesos de concienciación no racional igualmente no creados y eternos que exhiben todas las cualidades últimas de los objetos percibidos ('qualia'), impulsos y deseos desordenados, experiencias como el dolor y el sufrimiento, las formas del espacio y el tiempo, y cualquier cosa que en Dios sea fuente del mal irracional.” Todos los elementos constitutivos de lo “Dado” se distinguen por dos características:

(1) Son eternos dentro de la experiencia de Dios.

(2) No son producto de la voluntad o de una actividad creativa.

El concepto de mal irracional necesita un poco de exposición. Hay bondades intrínsecas, que son buenas en y por sí mismas. También hay bondades instrumentales, que pueden ser los medios para conseguir el bien, pero que también pueden convertirse en males instrumentales. A veces una misma cosa es a la vez buena y mala. El mismo tren puede llevar a una persona santa y a un grupo de criminales a la misma ciudad, donde harán respectivamente, el bien y el mal. Por lo tanto, instrumentalmente, es bueno y malo. Mucho de lo que nos parece malo puede convertirse en bueno bajo la atención y actividad de Dios. Pero no ocurre lo mismo con el mal irracional. El mal irracional es como un número irracional en matemáticas, que es una cantidad no expresable en números racionales. De forma similar, un mal irracional “es un mal que no es expresable en términos de bondad, sin importar las operaciones que se realicen con él.” Hay algo que en efecto limita lo que Dios es capaz de desear. Brightman dice que “todos los finistas teístas están de acuerdo en que en el universo hay algo que no ha sido creado por Dios y que no es resultado de autolimitación voluntaria, que Dios encuentra un obstáculo o instrumento a su voluntad.” Al contrario que esos teístas, que dicen que Dios no queda limitado por el libre albedrío humano, sino que consciente y voluntariamente se limita a sí mismo al escoger dar esto a los humanos, Brightman insiste en que Dios se encuentra con el libre albedrío humano y debe trabajar con ello.

Brightman es bastante crítico con lo que él llama “teísmo absoluto”, que conlleva la proposición de que todo lo que aparentemente es malo en realidad es bueno. Se opone en particular a su efecto sobre las consideraciones éticas y morales. Argumentando que todo lo que parece un mal irredimible es en realidad bueno, en efecto el teísmo absoluto ha abierto la puerta para que alguien argumente que lo que parece ser bueno en realidad sea malo. Esto puede desembocar en un escepticismo completo en cuanto a los valores. Además, resta valor a los esfuerzos morales. Si todo es ya perfecto ¿por qué tratar de mejorarlo? El finitismo, por otra parte, se basa en un reconocimiento realista del bien y el mal y la distinción entre ambos. Y motiva nuestra participación en la lucha contra el mal: El finitismo es un reto inspirador al eterno esfuerzo moral cooperador: una cooperación entre Dios y el hombre. Al contrario que la mayoría de los finistas, que sostienen un dualismo en el que algo externo a Dios limita lo que él puede hacer, Brightman entiende que esta limitación forma parte de la naturaleza misma de Dios. Dice que deberíamos hablar de un Dios cuya voluntad es finita en lugar de hablar de un Dios finito.

En cierta manera el finitismo de Brightman resuelve la dificultad. Explica la presencia del mal rechazando prácticamente el concepto de la omnipotencia divina. Sin embargo, al hacer esto, paga un gran precio. Se puede decir que lo que el finitismo ha resuelto no es el problema del mal, sino el problema del problema del mal. Esto es, ofrece una explicación de por qué existe el mal, pero no ofrece un estímulo para creer que el mal al final podrá ser vencido. No hay seguridad en el resultado. Probablemente de lo que dice Brightman se podría deducir que Dios ha estado obrando desde la eternidad, pero sin embargo no ha sido capaz de acabar con el mal. Si esto es así, entonces ¿qué base tenemos para asumir que en un futuro conseguirá hacer lo que no ha podido conseguir hasta ahora? Y en estas condiciones, ¿existe motivación para que nosotros participemos en esta lucha? Puede asegurarnos que la victoria será suya, pero al estar limitado su conocimiento y su poder, podría estar equivocado. La sugerencia de que Dios lleva ventaja porque ha sido capaz de hacer progresos a su favor al introducir como aliados en la batalla a seres inteligentes, los humanos, no resulta convincente, ya que no queda del todo claro que todos los seres humanos o incluso los más capaces o los más inteligentes estén de parte de Dios. Por lo tanto, muy bien podría darse un triunfo del mal en lugar de un triunfo del bien. Dos guerras mundiales, así como más guerras limitadas y otras pruebas de tragedia y crueldad, hacen difícil para cualquier persona de nuestro siglo extraer algún tipo de ánimo de la sugerencia de que la humanidad se ha unido a Dios en la lucha en contra del mal.

Además, el finitismo de Brightman pone una interrogación en la bondad de Dios. Si lo “Dado” con lo que Dios se enfrenta y que es la fuente del mal irracional forma parte de la propia naturaleza de Dios, ¿cómo se le puede llamar bueno? ¿No sucede que, como dice Henry Nelson Wieman, Brightman “une bajo una misma etiqueta de deidad dos realidades diametralmente opuestas, esto es, la perfecta y santa voluntad de Dios y la naturaleza maligna que se opone a esa voluntad”?

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